¿Y tú qué sabes?

🏛️ Historia

La expedición Balmis: 22 niños para llevar la vacuna al otro lado del océano

Sin refrigeración y con un océano por delante, la solución fue mantener la vacuna viva de brazo en brazo. Una enfermera y un grupo de niños hicieron posible el viaje.

Ahora ya lo sabes5 min de lecturaCon mini-quiz

Ilustración de una cuidadora y un médico atendiendo a niños a bordo de un velero de comienzos del siglo XIX.

El 30 de noviembre de 1803, la corbeta María Pita salió del puerto de A Coruña con veintidós niños a bordo. No viajaban como pasajeros corrientes: sus cuerpos eran el medio elegido para transportar una vacuna al otro lado del Atlántico. Sin ellos, el remedio podía perder su actividad mucho antes de llegar a destino.

Al frente iba el médico alicantino Francisco Javier Balmis. Del cuidado de los pequeños se ocupaba Isabel Zendal Gómez, rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña. La Corona pagaba una misión que pretendía llevar protección contra la viruela a los territorios españoles de ultramar. El plan era extraordinario; su equipaje más importante tenía brazos pequeños.

Una enfermedad que también entraba en palacio

La viruela podía matar, dejar ciego o marcar una cara para siempre. Se transmitía entre personas y provocaba fiebre y una erupción característica. Durante siglos, sus epidemias habían atravesado ciudades y continentes. En América, su llegada tras el contacto con los europeos había contribuido a una catástrofe demográfica.

Ni siquiera una corona servía de escudo. En 1794, la infanta María Teresa, hija de Carlos IV, murió de viruela cuando apenas tenía tres años. El rey que después respaldaría la expedición conocía la enfermedad sin necesidad de informes: había entrado en su familia.

La gran novedad llegó de Inglaterra. En 1796, Edward Jenner inoculó al niño James Phipps material procedente de una lesión de viruela vacuna que tenía en la mano la ordeñadora Sarah Nelmes. Más tarde comprobó su protección frente a la viruela humana mediante una práctica que hoy resultaría éticamente inaceptable.

Jenner publicó sus resultados en 1798. La vacunación ofrecía una alternativa a la variolización, que empleaba material de enfermos de viruela humana y podía causar la enfermedad y propagarla. Había una herramienta nueva. Faltaba ponerla al alcance de millones de personas separadas por un océano.

El problema no era encontrar un barco

Ahora puedes pensar en un envío sanitario y ver una caja refrigerada. En 1803 no existía esa posibilidad. El material vacunal se conservaba y transportaba entre cristales, entre otros métodos, pero podía perder eficacia durante un viaje largo. Una travesía atlántica era una apuesta demasiado seria para confiarlo todo a una muestra guardada.

La solución consistió en mantener una cadena de vacunaciones de brazo en brazo. Se inoculaba a unos niños y, cuando sus lesiones ofrecían material adecuado, se recogía para vacunar a los siguientes. La operación se repetía durante el trayecto. No hacía falta que una única muestra sobreviviese a todo el viaje: se iba renovando.

Se trabajaba por parejas para reducir el riesgo de que la cadena se rompiera. Si una inoculación no prendía, la otra podía proporcionar el material necesario. Aquello exigía vigilar los tiempos y las lesiones. El calendario de la expedición también se leía sobre la piel.

Los niños debían ser susceptibles a la infección vacunal: quienes ya estaban inmunizados no servían para mantener esa cadena. Los veintidós que partieron de A Coruña eran menores procedentes de ambientes humildes y de instituciones de acogida. No eran veintidós frascos: eran veintidós personas de las que dependía la misión.

Isabel Zendal y los pasajeros imprescindibles

Balmis dirigía la empresa, pero una expedición con niños necesitaba mucho más que conocimientos médicos. Había que alimentarlos, mantenerlos limpios, atender sus molestias y acompañarlos en una travesía que los alejaba de todo lo conocido. Esa responsabilidad recayó en gran medida sobre Isabel Zendal.

Era la única mujer de la expedición que salió de A Coruña. Entre los niños viajaba su propio hijo, Benito. Su trabajo enlazaba el cuidado cotidiano con la supervivencia del proyecto: una cadena de inoculaciones no se sostenía solo con instrumental y órdenes.

La misión preveía manutención, educación y colocación para los menores. Pero esas disposiciones no borran la desigualdad de partida: eran niños dependientes de decisiones adultas e institucionales. El nombre oficial, Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, describe su finalidad sanitaria; no convierte automáticamente cada aspecto de la empresa en una historia confortable.

Ahí reside una de sus tensiones más difíciles de esquivar. Una campaña concebida para proteger a una población inmensa dependió de utilizar los cuerpos de unos pocos menores. Contar únicamente la hazaña del director deja fuera precisamente a quienes hicieron posible cruzar el océano.

Una expedición que se convirtió en varias

Tras pasar por Canarias, la expedición llegó a Puerto Rico y después a Venezuela. No encontró un continente completamente ajeno a la vacuna: en algunos lugares ya había llegado por otras vías. Su aportación no fue simplemente aparecer con una novedad, sino extenderla y organizar su continuidad.

En Venezuela, la misión se dividió. Balmis continuó hacia Cuba y Nueva España, mientras el subdirector, José Salvany, emprendió la ruta hacia territorios sudamericanos. Era una decisión práctica: un solo grupo no podía cubrir aquella geografía. El mapa exigía multiplicar los caminos y las cadenas de vacunación.

Salvany recorrió regiones de las actuales Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia en condiciones durísimas. Murió en Cochabamba en 1810, todavía vinculado a aquella tarea. Por eso, las fechas de 1803 a 1806 describen el gran viaje de Balmis, pero no abarcan toda la actividad de la expedición.

Tan importante como vacunar era dejar personas capaces de seguir haciéndolo. Se enseñaba la técnica, se distribuía material y se promovían juntas de vacunación. El éxito no consistía en que un médico europeo llegara, inoculara y se marchase. Consistía en que el siguiente niño pudiera vacunarse cuando el barco ya hubiera desaparecido.

El Pacífico también se cruzó de brazo en brazo

En 1805, Balmis salió de Acapulco hacia Filipinas a bordo del Magallanes. Para mantener la vacuna durante aquella travesía se incorporaron veintiséis niños de Nueva España. No fueron, por tanto, los mismos veintidós menores quienes transportaron el material durante todo el recorrido. La cadena también cambiaba de protagonistas.

Isabel Zendal participó en el viaje a Filipinas. Balmis prolongó después su actividad hasta Macao y Cantón, y regresó a España en 1806. Había unido mediante vacunaciones sucesivas puertos separados por dos océanos.

La expedición no acabó por sí sola con la viruela. La erradicación mundial requirió muchas generaciones de vacunación y vigilancia, hasta que la Organización Mundial de la Salud la declaró en 1980. Pero aquel viaje había afrontado una dificultad concreta con una solución extraordinaria: transportar un recurso biológico frágil antes de disponer de refrigeración moderna.

En un mapa, su itinerario parece una línea que enlaza continentes. A bordo, esa línea era otra cosa: el intervalo entre una lesión que estaba lista y un brazo que todavía no había recibido la vacuna.

¿Te ha gustado? Compártelo:WhatsAppX

5 preguntas sobre lo que acabas de leer

¿Te has enterado?

  • ⏱️Tienes 20 segundos por pregunta.
  • 🎲Elige respuesta y apuesta: «ni idea», «creo que sí» o «segurísimo». Cuanto más te la juegas, más ganas… o pierdes.
  • 🤡Cada «segurísimo» fallado sube tu Cuñadómetro.

Fuentes y para saber más

Artículo redactado con ayuda de IA y verificado con fuentes. Cómo lo hacemos · ¿Ves un error? Escríbenos a hola@ytuquesabes.com.

Sigue leyendo

Toda la revista →