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🏛️ Historia · 🧐 Mito o realidad

Mito o realidad: los romanos tenían vomitorios para seguir comiendo

El nombre invita al equívoco, pero estos pasadizos servían para mover multitudes. Los excesos de algunos banquetes pertenecen a otra historia.

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Ilustración de un vomitorio romano que comunica un corredor con las gradas, junto a una escena separada de banquete.
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Veredicto

Mito

En el Coliseo de Roma, un vomitorio te llevaba a las gradas, no a una habitación donde devolver la cena. El veredicto es claro: mito. Los romanos utilizaron estos accesos para canalizar al público en los edificios de espectáculos; la supuesta sala para vaciar el estómago entre platos pertenece al malentendido, no al plano del edificio.

El edificio «vomitaba» espectadores

Un vomitorium era un paso de entrada o salida de las gradas de un teatro o anfiteatro. Permitía comunicar los corredores interiores con la zona de asientos, conocida como cávea. Su función se parece mucho a la de los accesos por los que hoy apareces en la grada de un estadio.

El nombre tiene bastante culpa del embrollo. Está emparentado con el verbo latino vomere, «vomitar», que también podía expresar la idea de arrojar o expulsar. Aquí lo que salía a borbotones no era comida: era gente.

El escritor Macrobio, en sus Saturnales, del siglo V, relacionó esos pasos con la salida de una multitud. La imagen resulta muy gráfica: terminado el espectáculo, el edificio parecía expulsar a sus ocupantes. Una metáfora corporal convertida en vocabulario arquitectónico.

En recintos capaces de reunir a miles de espectadores, repartir la circulación entre numerosos accesos era una solución práctica. El protagonista de esta historia no es, por tanto, un comensal con problemas digestivos, sino una multitud buscando su asiento o la salida. Mucho menos escandaloso, aunque bastante más útil.

Los atracones sí tienen fuentes

Entonces, ¿nadie vomitaba para seguir comiendo? Hay textos antiguos que describen esa conducta. Lo falso no es que existieran excesos, sino que los vomitorios fueran habitaciones construidas para practicarlos. Son dos afirmaciones distintas que han acabado sentadas a la misma mesa.

Séneca, en su Consolación a Helvia, censuró a quienes vomitaban para comer y comían para vomitar. El filósofo escribía en el siglo I, de modo que la asociación entre lujo, gula y vómito no es una invención moderna. Los propios romanos podían mirar esos comportamientos con profundo desprecio.

Ahora bien, Séneca estaba formulando una crítica moral, no haciendo una encuesta sobre las costumbres de todo el Imperio. Sus palabras documentan una denuncia de los excesos; no convierten cada casa romana en un restaurante con servicio de vaciado.

También conviene separar el banquete de élite de la alimentación cotidiana. El mundo romano incluía trabajadores, campesinos y personas esclavizadas cuya mesa tenía poco que ver con los festines literarios. El cereal, las legumbres y otros alimentos corrientes cuentan mucho más sobre aquella sociedad que una competición imaginaria por encadenar platos.

Una confusión con muy buena digestión

La receta del mito resulta irresistible: una palabra que suena exactamente a lo que parece, relatos antiguos sobre comilonas y la imagen popular de una Roma entregada al desenfreno. Basta mezclarlo todo para que aparezca una habitación perfectamente reconocible… que no corresponde al significado arquitectónico del término.

La literatura moderna también ayudó a darle alojamiento al equívoco. En 1923, Aldous Huxley utilizó vomitorium con ese sentido relacionado con el vómito en su novela Antic Hay. Eso no lo convierte en inventor de la confusión, pero muestra que esta ya circulaba mucho antes de las redes sociales.

Para comprobar la diferencia, basta enfrentar las dos clases de pruebas: los textos hablan de personas y excesos; los edificios conservan corredores y accesos a las gradas. Ningún atracón cambia la función de un pasadizo.

Así que, si buscas el equivalente moderno de un vomitorio romano, no mires hacia el baño de un restaurante. Mira al túnel de un estadio cuando termina el partido: el que está a punto de echarlo todo fuera es el edificio.

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