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Mito o realidad: los vikingos llevaban cascos con cuernos

La arqueología ofrece una imagen muy distinta de la que triunfa en disfraces y dibujos. Para entender de dónde salieron esos cuernos, hay que pasar por un escenario de ópera.

Ahora ya lo sabes3 min de lecturaCon mini-quiz

Un casco vikingo sin cuernos en primer plano y otro cornudo de atrezo en un escenario de ópera.
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Veredicto

Mito

Veredicto: mito. No hay pruebas de que los guerreros vikingos llevaran habitualmente cascos con cuernos. En 1943, cuando se excavó un enterramiento en Gjermundbu, Noruega, apareció una pieza que permite ponerle cabeza al asunto: un casco de hierro del siglo X, con protección alrededor de los ojos y sin una sola cornamenta.

El contraste tiene gracia. El accesorio que hoy basta para reconocer a un vikingo en un carnaval no aparece en el casco más célebre que nos ha dejado su época. Para encontrar el origen de esa silueta conviene mirar menos hacia los barcos escandinavos y más hacia los talleres de artistas y los teatros del siglo XIX.

Lo que salió de la tierra

El casco de Gjermundbu apareció fragmentado entre los restos de un enterramiento con armas. Su reconstrucción muestra una cubierta redondeada y una defensa facial que recuerda a unas gafas de hierro. Era equipo para proteger una cabeza, no para convertirla en un perchero.

La época vikinga suele situarse entre finales del siglo VIII y el siglo XI. De esos siglos conservamos muy pocos cascos, así que sería excesivo describir un uniforme obligatorio para todos sus guerreros. Lo que no existe es una base arqueológica para presentar el casco cornudo como su equipo habitual.

Tampoco las representaciones de guerreros de aquel periodo convierten los cuernos en una característica corriente del combate. La imagen popular funciona al revés que la investigación: toma un detalle espectacular y lo transforma en regla general. Un casco sencillo resulta menos reconocible en una camiseta, pero la arqueología no trabaja para las tiendas de recuerdos.

Había cuernos, pero en otros siglos

Parte del enredo nace de un hecho auténtico: en el norte de Europa sí existieron cascos con cuernos. En 1942 se encontraron dos ejemplares de bronce cerca de Veksø, en Dinamarca. Sus largas prolongaciones curvas parecen hechas a medida para confirmar el tópico. Solo hay un pequeño problema: se datan hacia el 900 antes de Cristo.

Eso los sitúa más de un milenio y medio antes del comienzo de la época vikinga. Son piezas de la Edad del Bronce, generalmente interpretadas como objetos ceremoniales. Atribuirlas a los vikingos sería como entregar a un caballero medieval el equipo de un soldado romano y dar el vestuario por resuelto.

También existen imágenes antiguas de figuras con tocados de cuernos o remates semejantes a aves, como las de las placas de Torslunda, halladas en Suecia y anteriores a la época vikinga. Su contexto parece vinculado al ritual. Una figura ceremonial no demuestra cómo se vestía un ejército, igual que una corona no sirve para reconstruir el sombrero cotidiano de toda una población.

La ópera les puso el accesorio definitivo

Durante el siglo XIX, el romanticismo convirtió el pasado medieval y las tradiciones del norte en una gran cantera de inspiración. Pintores, escritores y escenógrafos buscaban héroes de aspecto remoto. Los cuernos ofrecían una solución visual estupenda: desde la última fila, nadie iba a confundir a aquel personaje con un vecino que pasaba por allí.

Un episodio decisivo llegó en 1876, con la primera representación completa de El anillo del nibelungo, de Richard Wagner, en Bayreuth. El figurinista Carl Emil Doepler diseñó un vestuario que incluía cascos con cuernos. Aquellos personajes pertenecían al universo mítico germánico, pero su aspecto contribuyó a fijar la estética que después se asociaría a los vikingos.

Doepler no inventó de la nada todos los antecedentes del tópico. El arte historicista ya llevaba tiempo mezclando pueblos, épocas y leyendas. La fuerza del teatro, y después la repetición en ilustraciones, películas y disfraces, terminó de hacer familiar aquella cabeza cornuda. El casco de hierro quedó en el museo; el de los cuernos consiguió el papel protagonista.

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