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Cerebro dividido: la mano que sabía lo que la boca no podía contar

Una operación contra la epilepsia abrió una ventana inesperada a la mente. En el laboratorio, algunos pacientes podían reconocer con una mano aquello que no conseguían nombrar.

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Ilustración de una prueba visual con una mano que selecciona una llave y un cerebro con la conexión central interrumpida.

En una pantalla aparece un objeto durante una fracción de segundo. El paciente mantiene la mirada en el centro y, cuando le preguntan qué ha visto, no consigue nombrarlo. Sin embargo, su mano izquierda encuentra ese mismo objeto entre varios escondidos de su vista. La boca no puede dar la respuesta; los dedos, sí.

Esta situación resume uno de los resultados más asombrosos de los experimentos de cerebro dividido. No era un truco de magia ni una prueba de que una persona albergara dos personajes enfrentados. Era una manera de observar qué ocurre cuando se interrumpe la principal vía de comunicación entre las dos mitades del cerebro.

La operación no buscaba dividir a nadie

Los protagonistas eran personas con epilepsia grave. En determinados pacientes, las crisis podían propagarse de un hemisferio al otro a través del cuerpo calloso, un gran haz de fibras nerviosas que conecta ambos lados. Seccionar esa vía podía limitar la extensión de las descargas: la cirugía buscaba frenar una tormenta eléctrica, no investigar la identidad humana.

El cuerpo calloso contiene cientos de millones de prolongaciones neuronales, llamadas axones. No es un cable que transporte un único mensaje, sino una enorme infraestructura de intercambio. Por ella circula información que ayuda a coordinar percepciones, movimientos y otras funciones. Tampoco constituye la única conexión entre los hemisferios, un detalle importante para entender qué podía revelar la operación.

A comienzos de la década de 1960, Roger Wolcott Sperry y Michael Gazzaniga estudiaron en California a pacientes operados por los neurocirujanos Joseph Bogen y Philip Vogel. Sperry trabajaba en el Instituto Tecnológico de California, en Pasadena. En 1962, Gazzaniga, Bogen y Sperry publicaron un estudio sobre los efectos de seccionar las comisuras cerebrales humanas.

Lo desconcertante era que, fuera de las pruebas, muchos pacientes podían conversar y desenvolverse sin mostrar una ruptura espectacular de su conducta. No salían del quirófano convertidos en un debate ambulante. Para detectar las consecuencias había que presentar la información de una forma muy controlada, evitando que un hemisferio recibiera lo que se pretendía mostrar únicamente al otro.

El secreto estaba en mirar al centro

La clave experimental era la visión. Si fijas la mirada en un punto, lo situado a su izquierda pertenece al campo visual izquierdo y lo situado a su derecha, al derecho. La información del campo visual izquierdo llega inicialmente al hemisferio derecho, y la del derecho, al izquierdo.

Aquí aparece una confusión muy popular: no se trata de que cada ojo informe solo al hemisferio contrario. Ambos ojos recogen información de ambos lados del campo visual. El reparto depende de dónde aparece el estímulo respecto al punto de fijación, no de cuál de los dos ojos esté mirando.

Los investigadores mostraban imágenes durante un intervalo muy breve. Así reducían la posibilidad de que el paciente moviera los ojos y llevara el estímulo al otro lado del campo visual. El procedimiento tenía algo de prestidigitación, pero al revés: cada precaución servía para impedir que la información encontrara un camino alternativo.

En muchos de los pacientes estudiados, las funciones principales del lenguaje estaban en el hemisferio izquierdo. Si una imagen aparecía a la derecha del punto de fijación, ese hemisferio recibía la información y el paciente podía nombrarla. Si aparecía a la izquierda, llegaba al hemisferio derecho, que no disponía de la misma capacidad para producir una respuesta verbal.

El resultado podía parecer imposible: el paciente no lograba decir qué había aparecido, pero eso no significaba que su cerebro no hubiera procesado la imagen. Había que buscar otra manera de preguntárselo.

Cuando los dedos contestaban por su cuenta

Esa otra manera consistía en permitir una respuesta manual. Cada hemisferio controla principalmente los movimientos del lado contrario del cuerpo. Por eso, la mano izquierda ofrecía una vía especialmente útil para explorar la información que había recibido el hemisferio derecho sin exigirle una explicación hablada.

Tras presentar un objeto en el campo visual izquierdo, los investigadores podían pedir al paciente que lo seleccionara con la mano izquierda entre varias alternativas ocultas a la vista. En esas condiciones, la elección podía ser correcta aunque el paciente no consiguiera nombrar lo mostrado. Reconocer y decir no eran la misma tarea.

También se realizaron pruebas de reconocimiento mediante el tacto. Un objeto colocado en la mano izquierda, sin verlo, enviaba su información principalmente al hemisferio derecho. Algunos pacientes podían demostrar que lo reconocían mediante una selección o una acción, pero tenían dificultades para comunicar verbalmente qué sostenían.

La comparación doméstica sería tener una fotografía en un ordenador que no puede enviarla a la impresora conectada al otro. La fotografía existe; lo que falla es una ruta de salida. La analogía tiene sus límites, pero permite esquivar una conclusión precipitada: que la ausencia de una palabra equivale a la ausencia de conocimiento.

Estas diferencias tampoco eran idénticas en todos los participantes. El alcance de la cirugía y la organización del lenguaje variaban. Los investigadores no estaban examinando cerebros intercambiables, sino personas con historias clínicas distintas. La fuerza del hallazgo estaba en la separación que las pruebas permitían observar entre determinadas capacidades.

Dos hemisferios no son dos inquilinos

Los resultados transformaron el estudio de la especialización cerebral. En 1981, Sperry recibió la mitad del Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos sobre la especialización funcional de los hemisferios. La otra mitad correspondió a David Hubel y Torsten Wiesel por investigaciones sobre el procesamiento de la información visual.

Pero de aquellos experimentos no sale el popular reparto entre un cerebro izquierdo lógico y otro derecho creativo. El lenguaje suele estar lateralizado hacia la izquierda, mientras que determinadas tareas espaciales pueden mostrar ventajas del hemisferio derecho. Eso no convierte el razonamiento o la creatividad en propiedades exclusivas de una mitad.

Tampoco quedó demostrado que los pacientes tuvieran dos personalidades independientes. Las pruebas mostraban qué información estaba disponible para determinadas respuestas bajo condiciones muy específicas. Resolver cómo se relaciona eso con la experiencia consciente es una pregunta bastante más difícil que acertar qué objeto hay detrás de una pantalla.

Además, en la vida cotidiana los dos hemisferios reciben abundante información sobre un mismo entorno. El paciente puede mover los ojos, escuchar, hablar y utilizar señales externas. El laboratorio restringía esas posibilidades precisamente para hacer visible una desconexión que, de otro modo, podía pasar inadvertida.

La escena inicial conserva por eso toda su fuerza: una persona, una pantalla y una mano que acierta donde las palabras se atascan. No hace falta alojar a dos inquilinos en la cabeza para que, de vez en cuando, los dedos tengan una respuesta que la boca no encuentra.

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