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Phineas Gage: lo que de verdad cambió la barra que le atravesó el cerebro

Sobrevivió a un accidente brutal y pasó a los manuales como un hombre irreconocible. Pero su vida posterior cuenta una historia bastante más compleja que la leyenda.

Ahora ya lo sabes5 min de lecturaCon mini-quiz

Ilustración de un cráneo y una barra de hierro junto a unas obras ferroviarias, con una diligencia al fondo.

El 13 de septiembre de 1848, Phineas Gage estaba preparando una voladura cerca de Cavendish, en Vermont. Tenía 25 años y dirigía una cuadrilla que abría paso al ferrocarril. Una explosión convirtió su herramienta de trabajo en un proyectil: una barra de hierro le entró por el lado izquierdo de la cara, atravesó el cráneo y salió por arriba.

La barra medía alrededor de 1,10 metros y pesaba unos seis kilos. No era una astilla ni un clavo: era un objeto más largo que un bate de béisbol. Lo extraordinario vino después. Gage podía hablar y, durante su traslado, se mantuvo sentado en una carreta. Cuando llegaron los médicos, tenían delante a un hombre vivo con una lesión que parecía incompatible con estar contándolo.

Una herramienta, pólvora y un instante fatal

El trabajo consistía en perforar agujeros en la roca, introducir pólvora y una mecha, y colocar material de relleno que se apisonaba con una barra. Ese relleno ayudaba a contener la explosión para que rompiera la piedra. Gage manejaba una barra fabricada para esa tarea, con un extremo puntiagudo y otro más ancho.

Durante la operación se produjo una explosión accidental. La reconstrucción habitual atribuye la ignición a una chispa provocada por el contacto del hierro con la roca. La barra salió disparada hacia su cara y cayó a varios metros de distancia.

El médico John Martyn Harlow se hizo cargo de Gage aquella misma tarde. Limpió la herida, retiró fragmentos y trató de controlar una situación que pronto se complicó con infección. Estamos en 1848: faltaban décadas para los antibióticos y la cirugía antiséptica aún no se había establecido.

La supervivencia no fue un paseo. Gage atravesó jornadas críticas, perdió la visión del ojo izquierdo y necesitó una recuperación prolongada. Pero sobrevivió. El accidente no lo mató aquel día ni en las semanas siguientes: viviría casi doce años más.

El hombre que, al parecer, ya no era el mismo

Harlow no se limitó a describir el agujero. También recogió un cambio en la conducta de su paciente. Antes del accidente, Gage había sido un capataz competente, considerado por sus empleadores un trabajador eficaz y capaz de organizar a los demás.

Después, según el relato del médico, se mostraba más irreverente, utilizaba lenguaje grosero y tenía dificultades para mantener sus planes. Podía empeñarse en algo y abandonarlo por otra idea. Sus antiguos empleadores no le devolvieron el puesto de capataz.

Aquí nació la gran pregunta: ¿podía una lesión cerebral alterar la manera de comportarse sin borrar el lenguaje ni impedir el movimiento? El caso ofrecía una pista poderosa. El cerebro no parecía ser solo la maquinaria que permite hablar o levantar una mano; también intervenía en cómo una persona organiza su vida y regula sus impulsos.

Sin embargo, el retrato psicológico que conservamos es limitado. No hubo pruebas estandarizadas de personalidad antes y después del accidente. Además, la descripción más conocida de esos cambios apareció en un informe de Harlow de 1868, veinte años después del suceso y cuando Gage ya había muerto.

Cómo se fabrica un monstruo de manual

Con el tiempo, la historia ganó dramatismo y perdió precisión. Gage empezó a aparecer como un hombre convertido en una especie de monstruo moral: violento, alcohólico, incapaz de trabajar o sin ninguna consideración por los demás. Esas versiones desbordan lo que permiten afirmar los testimonios disponibles.

Hay una diferencia enorme entre tener dificultades para planificar y convertirse en una persona completamente privada de moral. También entre una observación de un médico del siglo XIX y un diagnóstico moderno aplicado a distancia. Gage sufrió cambios de conducta documentados; el catálogo de atrocidades que algunas narraciones le adjudican pertenece a otra categoría.

La historia resultaba demasiado redonda: entra una barra, desaparece una personalidad. Cabía en una clase, impresionaba y parecía explicar el cerebro de un golpe. El inconveniente es que dejaba fuera buena parte de la vida del protagonista.

Gage no pasó todos sus años posteriores apartado del mundo. Se presentó públicamente con la barra, estuvo en el Museo Americano de Barnum, en Nueva York, y después desempeñó distintos trabajos. El detalle importa: sobrevivir no fue lo único que hizo.

La diligencia que complica la leyenda

La etapa más reveladora transcurrió en Chile, adonde viajó en 1852. Allí trabajó durante varios años conduciendo diligencias. No era precisamente sentarse en un carro y dejar que el caballo resolviera la jornada.

Conducir un vehículo de pasajeros exigía manejar animales, atender el recorrido y responder a las incidencias del camino. Ese empleo sostenido encaja mal con la imagen de un hombre absolutamente incapaz de organizarse o convivir con otros.

El dato ha llevado a plantear que Gage pudo recuperar parte de sus capacidades de adaptación. Una rutina laboral exigente quizá le ayudó a desenvolverse mejor. Es una interpretación razonable de su trayectoria, no una recuperación demostrada mediante pruebas que nadie le hizo.

En 1859 regresó a Estados Unidos con problemas de salud y se reunió con su familia en California. Murió en San Francisco el 21 de mayo de 1860, después de sufrir convulsiones. Tenía 36 años. Su biografía había durado mucho más que aquel instante de la explosión, aunque los manuales tendieran a detener el reloj justo allí.

Un cráneo, muchas preguntas

Gage dejó algo excepcional para la investigación: su cráneo y la propia barra. Tras la exhumación de sus restos en 1867, ambos llegaron a Harlow y terminaron en la colección del Museo Anatómico Warren, de Harvard. Su cerebro, en cambio, no se conservó.

Esa ausencia marca el límite de las reconstrucciones. En 1994, un equipo encabezado por Hanna Damasio utilizó el cráneo para estudiar qué regiones frontales pudo dañar el hierro. En 2012, otro trabajo reconstruyó posibles lesiones en las conexiones de sustancia blanca, los haces que comunican distintas zonas cerebrales.

Estos estudios emplean modelos y comparaciones con otros cerebros: no son escáneres de Gage. Aun así, ayudan a entender por qué una lesión puede afectar no solo a una región, sino también a la comunicación entre regiones.

Su caso se convirtió en un clásico para estudiar la relación entre los lóbulos frontales y la conducta. No porque resolviera por sí solo el misterio de la personalidad, sino porque dejó una pregunta imposible de ignorar. En Harvard se conservan el cráneo y el hierro; de los años en que Gage volvió a sujetar unas riendas quedan muchos menos rastros.

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