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El caso H.M.: el hombre que aprendía sin recordar

Una operación contra la epilepsia dejó a Henry Molaison sin apenas recuerdos nuevos. Sus encuentros con una neuropsicóloga demostraron que aprender y recordar no son lo mismo.

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Unas manos trazan una estrella con ayuda de un espejo sobre una mesa de laboratorio.

Henry Molaison sostiene un lápiz e intenta recorrer el contorno de una estrella. Parece una tarea infantil, salvo por una pequeña crueldad del montaje: solo puede ver su mano y el dibujo reflejados en un espejo. Si mueve el lápiz hacia donde le pide la intuición, se sale. La neuropsicóloga Brenda Milner cuenta los errores.

A comienzos de los años sesenta, Milner lo somete a esta prueba durante tres jornadas. Henry mejora, aunque no recuerda haber practicado antes. Sus manos están aprendiendo algo que él no puede contar. En aquella contradicción cabe una revolución: la memoria no es una sola cosa.

La operación que dejó el pasado a un lado

En 1953, Henry tiene 27 años y una epilepsia grave que los tratamientos disponibles no consiguen controlar. Las crisis dificultan su vida y su trabajo. En Hartford, Connecticut, el neurocirujano William Beecher Scoville intenta reducirlas mediante una intervención que hoy resulta inseparable de sus consecuencias.

Scoville extirpa tejido de la región interna de ambos lóbulos temporales. La intervención afecta a buena parte de la formación hipocampal y a estructuras vecinas. No extrae una supuesta «caja de los recuerdos»: opera una zona cuya función en la memoria todavía se conoce mal.

Las crisis disminuyen, pero aparece un problema devastador. Henry puede conversar, comprender instrucciones y desenvolverse en algunas tareas cotidianas; sin embargo, los acontecimientos nuevos apenas se convierten en recuerdos duraderos. Una persona puede salir de la habitación y, al regresar después, encontrarse con que él no recuerda haberla conocido.

El nombre clínico es amnesia anterógrada: una dificultad extrema para fijar recuerdos posteriores a la lesión. También pierde recuerdos anteriores a la operación, sobre todo de los años más próximos a ella. Conserva muchos conocimientos anteriores, el lenguaje y buena parte de sus capacidades intelectuales. El alcance de sus recuerdos autobiográficos lejanos ha sido objeto de debate. No ha perdido su mente; ha perdido una herramienta esencial para darle continuidad.

Por eso resulta engañoso decir que Henry olvidaba cada día. No había un borrado programado al acostarse ni un contador que llegara siempre a cero. La dificultad estaba en convertir lo que acababa de vivir en algo que pudiera recuperar más tarde.

Una puerta de entrada, no un almacén

Brenda Milner, investigadora del Instituto Neurológico de Montreal, estudia a Henry junto con Scoville. En 1957 publican un trabajo que se convierte en un clásico de la neurociencia: Loss of recent memory after bilateral hippocampal lesions. El caso permite relacionar un daño cerebral concreto con una alteración muy específica.

El hipocampo es una estructura situada en la profundidad del lóbulo temporal. Tenemos uno en cada hemisferio. Su nombre procede del parecido que los primeros anatomistas encontraron con un caballito de mar: una criatura diminuta que acabaría dando nombre a una pieza enorme de nuestra biografía.

El caso H.M. ayuda a establecer que esta región resulta esencial para formar nuevos recuerdos declarativos: los acontecimientos que puedes relatar y los conocimientos que puedes expresar conscientemente. Recordar dónde cenaste ayer pertenece a ese territorio. También aprender el nombre de alguien a quien acabas de conocer.

Pero el hipocampo no es una biblioteca que guarde, por sí sola, todo lo vivido. Trabaja con otras regiones cerebrales en la formación y consolidación de recuerdos. La conservación de muchos conocimientos anteriores a la operación contribuye a mostrar que la memoria duradera depende de redes más amplias.

Hay un detalle importante: la operación dañó más estructuras, no solo el hipocampo. El estudio de Henry abrió el camino; otras investigaciones fueron afinando el mapa. La gran enseñanza seguía en pie: se podía alterar profundamente la formación de recuerdos sin destruir por igual el lenguaje, el razonamiento y todas las formas de aprendizaje.

La estrella que su mano sí recordaba

Volvamos al lápiz. Dibujar mirando un espejo obliga a corregir movimientos que normalmente salen solos. Prueba a escribir tu nombre de esa manera y entenderás por qué aquella estrella era una pequeña pista de obstáculos para los dedos.

Henry va cometiendo menos errores con la práctica. La mejora se conserva entre sesiones, aunque no pueda recordar conscientemente los ensayos anteriores. Si toda memoria dependiera de un único sistema, aquello sería difícil de explicar. Sin embargo, ahí están los resultados.

La prueba se convierte en una demostración célebre de la separación entre memoria declarativa y memoria procedimental, relacionada con el aprendizaje de habilidades. Saber explicar cómo se monta en bicicleta no equivale a mantener el equilibrio. Puedes recitar instrucciones impecables y terminar igualmente en el suelo.

Este aprendizaje se apoya en circuitos distintos de los que Henry tenía gravemente dañados, con participación de estructuras como los ganglios basales y el cerebelo. Su lesión no había cerrado todas las puertas de la memoria. Había dejado algunas abiertas, y Milner encontró una forma de verlas funcionar.

También conservaba una capacidad limitada para mantener información durante un breve intervalo si seguía prestándole atención. Podía retener una cifra repitiéndola mentalmente; una distracción podía hacerla desaparecer. Esa memoria de trabajo no era lo mismo que guardar la cifra para recuperarla al día siguiente.

Medio siglo siendo H.M.

Durante décadas, los artículos científicos lo identificaron mediante las iniciales H.M. para proteger su privacidad. Henry colaboró en numerosas investigaciones hasta su muerte, en 2008, a los 82 años. Después se hizo público su nombre completo: Henry Gustav Molaison.

Su vida permite entender cuánto hacemos con la memoria sin darnos cuenta. Recordar una conversación evita tener que empezar una relación desde cero. Recordar una visita permite esperarla, comentarla después y encajarla en la historia de quien eres. Henry podía participar en un encuentro sin conseguir incorporarlo de forma duradera a su biografía.

No fue simplemente «el hombre sin memoria», aunque la etiqueta resulte irresistible. Conservaba recuerdos, podía mantener brevemente información y aprendía ciertas habilidades. Precisamente esa combinación convirtió su caso en una herramienta científica excepcional: las capacidades preservadas eran tan reveladoras como las perdidas.

Brenda Milner podía regresar con el espejo, el lápiz y la estrella. Para Henry, la sesión anterior no estaba disponible como recuerdo consciente. Pero, al empezar a dibujar, su mano cometía menos errores. No podía contar lo que había aprendido. Podía hacerlo.

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