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Sueños lúcidos: saber que sueñas mientras sigues dormido

Un movimiento de ojos puede llevar un mensaje desde un sueño hasta un laboratorio. Esa pequeña señal permitió estudiar una experiencia que parecía imposible: darse cuenta sin despertar.

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Una persona dormida conecta mediante señales oculares una ciudad soñada con un monitor de laboratorio.

Alan Worsley está dormido, pero acaba de enterarse de algo que normalmente solo sabrías al despertar: lo que está viviendo es un sueño. No abre los ojos ni se incorpora. En cambio, mueve la mirada siguiendo una secuencia acordada antes de acostarse. Fuera de su sueño, unos aparatos registran el mensaje.

Es la mañana del 12 de abril de 1975. El psicólogo británico Keith Hearne trabaja con Worsley en la Universidad de Hull. Aquellas señales oculares se convertirán en la primera demostración experimental de que alguien puede reconocer que sueña y comunicarlo mientras sigue dormido. El durmiente tiene una noticia y encuentra una rendija por la que hacerla llegar.

La paradoja tiene nombre: sueño lúcido. No hace falta despertarse dentro de una segunda realidad, ni disponer de poderes especiales. Basta con que, durante el sueño, aparezca una certeza: «Esto es un sueño». Lo extraordinario es que esa certeza no tiene por qué romperlo.

Enterarte no te convierte en director de la película

En un sueño corriente puedes aceptar situaciones disparatadas con una naturalidad admirable. Tu casa tiene otra planta, un familiar habla con voz de presentador y llegas a un examen que no sabías que existía. El cerebro monta el escenario y tú, por lo general, no le pides la licencia de obras.

La lucidez introduce una diferencia: reconoces el estado en el que estás. Esa capacidad de observar tu propia experiencia pertenece a lo que los psicólogos llaman metacognición. Sigues participando en la escena, pero también puedes identificarla como un producto del sueño.

Reconocer el sueño y controlar su contenido son cosas distintas. Puedes saber perfectamente que estás soñando y no conseguir cambiar el lugar, hacer aparecer a alguien o salir volando. También puedes influir en lo que ocurre sin alcanzar un dominio completo. Ser consciente no te entrega automáticamente el mando a distancia.

Esta separación importa porque las versiones populares del sueño lúcido suelen centrarse en las hazañas: atravesar paredes, visitar lugares imposibles o transformar una pesadilla. Para la investigación, la pregunta básica es anterior y más sencilla: ¿sabía esa persona, mientras soñaba, que estaba soñando?

El psiquiatra y escritor neerlandés Frederik van Eeden propuso el término «sueño lúcido» en un trabajo publicado en 1913. Había registrado y clasificado sus propias experiencias oníricas. Su aportación dio nombre a un fenómeno que ya contaba con descripciones anteriores, pero todavía faltaba una manera convincente de detectarlo desde fuera.

La contraseña que atravesó los párpados

El problema era metodológico. Si alguien contaba al despertar que había sido consciente durante un sueño, su relato resultaba valioso, pero seguía siendo retrospectivo. ¿Cómo marcar el momento de la lucidez sin despertar al durmiente y estropear precisamente aquello que se quería estudiar?

Hearne encontró una vía en los ojos. Durante el sueño de movimientos oculares rápidos, o sueño REM, estos pueden moverse aunque los párpados permanezcan cerrados. Sus desplazamientos se registran mediante un electrooculograma: electrodos colocados cerca de los ojos detectan cambios eléctricos asociados al movimiento.

Worsley, que tenía experiencia con sueños lúcidos, podía ejecutar una secuencia convenida al reconocer que estaba soñando. Una sucesión deliberada de movimientos hacia un lado y otro dejaba una marca distinguible en el registro. No era un discurso desde la almohada, pero sí una contraseña.

La señal ocular no se estudiaba aislada. Había que situarla junto a los registros que permitían identificar el sueño REM. La fuerza del procedimiento estaba en reunir ambos hechos: el participante enviaba el aviso y los instrumentos indicaban que seguía en ese estado de sueño.

De forma independiente, Stephen LaBerge desarrolló investigaciones semejantes en la Universidad de Stanford. En 1981, él y sus colaboradores publicaron resultados con señales oculares realizadas durante sueños lúcidos. El fenómeno dejaba de depender únicamente del relato de la mañana: ahora podía dejar una huella con hora y posición en un registro de laboratorio.

Un cerebro activo en un cuerpo casi inmóvil

El sueño REM había sido identificado en 1953 por Eugene Aserinsky y Nathaniel Kleitman en la Universidad de Chicago. Observaron periodos de movimientos rápidos de los ojos durante el sueño, asociados a una actividad cerebral característica. Al despertar a los participantes en esas fases, obtenían con frecuencia relatos de sueños.

Dormir no consiste en apagar el cerebro como quien baja el interruptor del salón. A lo largo de la noche se alternan distintas fases, y el REM presenta una actividad cerebral intensa. Los sueños también pueden aparecer fuera de él, aunque esta fase es especialmente importante para estudiar las experiencias oníricas vívidas y la lucidez.

Al mismo tiempo, durante el REM disminuye mucho el tono de buena parte de la musculatura esquelética. Esa atonía muscular limita la ejecución física de los movimientos soñados. Puedes estar corriendo por una calle dentro del sueño sin que tus piernas reproduzcan la carrera sobre el colchón.

Los músculos que mueven los ojos quedan fuera de esa inmovilización general. Ahí estaba la oportunidad experimental: utilizar un canal que seguía disponible. La misma fase que dificulta representar el sueño con el cuerpo permite enviar señales con la mirada.

La lucidez tampoco convierte el REM en una vigilia normal. La persona puede reconocer el sueño sin recuperar todas las capacidades y el criterio que tiene despierta. Es una combinación peculiar: la escena continúa, pero dentro de ella aparece cierta conciencia de su naturaleza.

¿Se puede conversar con alguien que está soñando?

Una señal convenida abre una posibilidad todavía más extraña: hacer una pregunta desde fuera y recibir una respuesta desde dentro. En 2021, un estudio coordinado por Karen Konkoly y otros investigadores reunió experimentos realizados por equipos de Estados Unidos, Francia, Alemania y los Países Bajos.

Los investigadores consiguieron, en algunos episodios de sueño REM lúcido, que los participantes percibieran preguntas o instrucciones y respondieran mediante movimientos oculares o contracciones de músculos faciales. Entre las tareas había operaciones aritméticas sencillas. El intercambio no funcionaba en cada intento, pero demostró que la comunicación podía ir en ambas direcciones.

Eso no significa que el laboratorio pueda ver el paisaje del sueño. Las señales ofrecen respuestas limitadas; para conocer la experiencia completa sigue haciendo falta el relato posterior. La diferencia es que ahora ciertos acontecimientos pueden quedar anclados al momento en que suceden, no solo a la memoria de quien despierta.

El soñador puede estar rodeado de una ciudad inexistente, mientras a unos centímetros de su almohada alguien espera una respuesta. La ciudad no cruza al laboratorio. Basta con algo mucho más pequeño: una mirada a la izquierda, otra a la derecha, y un mensaje enviado sin abrir los ojos.

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