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🏛️ Historia · 🤔 ¿Por qué…?

¿Por qué los antiguos egipcios se afeitaban las cejas cuando moría un gato?

Heródoto describió un duelo que se llevaba en la cara. Detrás había animales sagrados, una diosa felina y una relación con los gatos bastante más compleja de lo que parece.

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Ilustración de un egipcio con las cejas afeitadas junto a un gato muerto y un pequeño altar de Bastet.

En el siglo V a. C., el historiador griego Heródoto dejó escrita una costumbre egipcia difícil de pasar por alto: cuando moría de forma natural un gato de una casa, sus habitantes se afeitaban las cejas. La pérdida quedaba anunciada en plena cara, sin necesidad de dar explicaciones.

Era una señal de duelo por un animal que tenía un lugar especial en la vida doméstica y religiosa. Los gatos estaban asociados a Bastet, una divinidad protectora. Pero conviene colocar una pequeña etiqueta en esta historia: conocemos ese gesto por el relato de Heródoto, no por un reglamento que obligara a todos los egipcios durante tres milenios.

Un luto que se veía a primera vista

Heródoto incluyó la anécdota en el libro segundo de sus Historias, dedicado a Egipto. Allí comparó el duelo por distintos animales: si moría un gato, se rasuraban las cejas; si moría un perro, se afeitaban la cabeza y todo el cuerpo. El cariño tenía diferentes protocolos capilares.

El afeitado hacía visible la pérdida y encajaba en un mundo donde el pelo podía tener significado ritual. El propio historiador señaló que los egipcios se dejaban crecer el cabello durante el luto por familiares, al contrario de lo que hacían habitualmente. No era simplemente quitar pelo: importaba cambiar el aspecto acostumbrado.

Su testimonio es valioso, aunque no equivale a una fotografía de todo Egipto. Heródoto fue un observador griego que también recogió lo que le contaban. Lo que sí podemos afirmar es que presentó el afeitado de las cejas como una costumbre de duelo, no como un castigo ni como una medida de higiene.

Bastet: mucho más que una gata con joyas

Los gatos tenían razones muy prácticas para ganarse un sitio junto a las personas: cazaban roedores que amenazaban los alimentos almacenados. Ese vecino que patrullaba entre los sacos de cereal podía resultar bastante más útil que un adorno doméstico. Su capacidad para matar serpientes también contribuía a su prestigio.

En el terreno religioso, su gran vínculo era Bastet. Esta diosa tuvo representaciones leoninas y, con el tiempo, adquirió una marcada apariencia felina: podía mostrarse como gata o como mujer con cabeza de gato. Estaba relacionada con la protección y la maternidad, además de la música y la alegría.

Su principal centro de culto era Bubastis, en el delta del Nilo, junto a la actual Zagazig. Heródoto describió las fiestas celebradas allí, con música, baile y viajes en barca. El nombre de la ciudad y el de la diosa quedaron estrechamente unidos.

Eso no significa que cada gato fuese considerado una diosa con bigotes. Los animales podían estar vinculados a una divinidad y recibir veneración sin confundirse sin más con ella. La relación entre el felino doméstico y Bastet ayuda a entender por qué su muerte podía merecer un duelo tan visible.

Momias, ofrendas y un respeto con sombras

Heródoto también contó que los gatos muertos eran llevados a Bubastis para ser embalsamados y enterrados. La arqueología ha encontrado grandes conjuntos de momias felinas en distintos lugares de Egipto. Algunas pertenecieron a animales queridos; muchas otras fueron ofrendas religiosas destinadas a establecer un vínculo con la divinidad.

Aquí aparece la parte menos tierna: el culto también generó una demanda de animales para momificar. Se criaban gatos con ese fin, y el estudio de algunas momias ha revelado muertes provocadas. Venerar a una especie no garantizaba una larga vida a cada uno de sus ejemplares.

La protección de los animales sagrados podía ser, al mismo tiempo, extrema. En el siglo I a. C., Diodoro de Sicilia relató que una multitud mató a un romano que había causado la muerte de un gato. Estos testimonios hablan de castigos severos, pero no permiten reconstruir una única ley aplicada igual en todas las épocas.

En aquel mundo cabían el gato protegido, el gato convertido en ofrenda y el gato llorado en casa. Para este último, según Heródoto, el luto tenía una peculiaridad: durante un tiempo, bastaba mirar a sus dueños a los ojos para notar quién faltaba.

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