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🏛️ Historia

Nellie Bly: la vuelta al mundo en 72 días y una carrera contra la ficción

Una maleta pequeña, barcos de vapor y trenes: así convirtió una reportera de 25 años el viaje de Phileas Fogg en una competición real, con una rival que avanzaba en sentido contrario.

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Ilustración de una reportera con una pequeña bolsa, un barco de vapor, un tren y un reloj de bolsillo.

El 14 de noviembre de 1889, Nellie Bly embarca en Hoboken, Nueva Jersey, con una pequeña bolsa de viaje. Tiene 25 años y una misión que parece salida de una conversación demasiado animada: dar la vuelta al mundo más deprisa que Phileas Fogg, el protagonista de Julio Verne. Su barco, el Augusta Victoria, pone rumbo a Europa. El reloj ya corre.

No lleva un equipo de expedición ni un guardarropa para cada continente. Lleva lo necesario para no perder tiempo. Durante las siguientes semanas, su equipaje será casi una declaración de principios: una mujer puede recorrer el planeta sin necesitar un séquito que la organice.

Una reportera contra el caballero de Verne

Bly se llamaba en realidad Elizabeth Jane Cochran. Su nombre periodístico ya era conocido por una investigación mucho más sombría: en 1887 había fingido una enfermedad mental para entrar en el manicomio de mujeres de Blackwell’s Island, en Nueva York. Pasó allí diez días y denunció las condiciones del centro. No era una turista en busca de una buena fotografía: sabía convertir su presencia en una noticia.

Trabajaba para el New York World, el periódico de Joseph Pulitzer. En 1888 propuso reproducir el recorrido de La vuelta al mundo en ochenta días, publicada como libro en 1873. La idea ofrecía una combinación irresistible para un diario: aventura, suspense y una pregunta que podía renovarse cada mañana. ¿Llegaría a tiempo?

La resistencia inicial tuvo bastante menos imaginación. Se consideraba que una mujer necesitaría un acompañante y demasiado equipaje; el viaje parecía apropiado para un hombre. Bly defendió que podía hacerlo sola. Al año siguiente, el periódico dio luz verde al proyecto.

La comparación con Fogg tenía su gracia. El personaje viajaba con su criado, Passepartout, y disponía de una fortuna. Bly debía sacar partido de los servicios de transporte existentes y de las conexiones entre ellos. Su verdadero enemigo no era la distancia: era el horario. Perder un barco podía costarle días enteros.

Primera parada extraordinaria: la casa del autor

Tras cruzar el Atlántico, Bly llegó a Southampton. Su ruta continuaba por Inglaterra y Francia hasta Brindisi, en el sur de Italia, donde debía embarcar hacia Asia. Pero aceptó un desvío especialmente tentador: visitar a Julio Verne en Amiens.

El encuentro tuvo lugar el 22 de noviembre de 1889. Verne y su esposa, Honorine, recibieron a la periodista en su casa. Allí estaban el escritor que había inventado el desafío y la mujer que pretendía demostrar que su plazo se había quedado largo. Pocas entrevistas permiten sentar al entrevistado frente a una prueba práctica de su propia novela.

Bly no hablaba francés y Verne no hablaba inglés, así que necesitaron ayuda para conversar. El escritor le mostró su estudio y un mapa con el recorrido de Phileas Fogg. Ella explicó su proyecto; él recibió con interés aquella carrera nacida de sus páginas. La visita quedó narrada después en el libro de Bly Around the World in Seventy-Two Days, publicado en 1890.

La diferencia entre ambos itinerarios importa. Fogg era un personaje sometido a obstáculos novelescos, incluidos un rescate y una travesía en elefante. Bly no tenía que reproducir cada peripecia: quería circunnavegar el planeta y regresar antes de ochenta días. Después de Amiens, tocaba dejar al creador de aventuras en casa y volver a los trenes.

Vapor, carbón y una rival al otro lado del planeta

Desde Brindisi, la periodista continuó por mar hacia el canal de Suez. Aquella vía, inaugurada en 1869, permitía pasar del Mediterráneo al mar Rojo sin rodear África. Para una carrera alrededor del mundo, el atajo era enorme: la ingeniería había recortado el mapa.

Después llegaron Adén, Colombo, en la actual Sri Lanka, y los puertos de Penang y Singapur. El viaje combinaba largos trayectos en barcos de vapor con conexiones ferroviarias. No había una máquina capaz de completar sola la hazaña: era una cadena de servicios, cada uno con sus tiempos de navegación, escalas y esperas.

Mientras tanto, otra periodista había salido de Nueva York el mismo 14 de noviembre. Se llamaba Elizabeth Bisland y trabajaba para Cosmopolitan. Su revista la había enviado a competir con Bly, pero hacia el oeste: primero atravesaría Estados Unidos y luego cruzaría el Pacífico. Dos mujeres avanzaban alrededor del planeta en direcciones opuestas, como agujas que recorrieran una esfera desde lados distintos.

Bly no supo que tenía rival hasta llegar a Hong Kong. Allí se enteró de que la carrera contra un personaje literario se había convertido también en una carrera contra otra reportera. El suspense ya venía con dos protagonistas y dos publicaciones interesadas en mantenerlo vivo.

El World alimentó la expectación con un concurso para adivinar cuánto duraría el viaje. Las noticias podían cruzar enormes distancias gracias al telégrafo, aunque no todas las etapas permitían enviar información con la misma rapidez. Los lectores seguían sus progresos sin disponer del seguimiento continuo que hoy darías por hecho.

Antes, en Singapur, Bly había hecho una compra poco compatible con el minimalismo de su equipaje: un mono. El animal la acompañó durante el resto del viaje. Había logrado prescindir de un acompañante humano, pero regresaría con un pasajero que no entendía de conexiones ferroviarias.

El último tren y un reloj que se detiene

La ruta siguió hacia Japón y, desde allí, cruzó el Pacífico a bordo del Oceanic. Bly llegó a San Francisco el 21 de enero de 1890. Ya estaba otra vez en Estados Unidos, pero todavía le faltaba atravesar un continente. La costa de llegada no era la meta.

Además, acumulaba retraso respecto a sus previsiones. Pulitzer puso a su disposición un tren especial para el tramo final. La aventura que había empezado con una bolsa pequeña terminaba respaldada por toda la maquinaria de un gran periódico. A medida que avanzaba hacia el este, su llegada se convertía en un acontecimiento público.

El 25 de enero alcanzó Jersey City. Había completado la vuelta al mundo en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos. Rebajaba en más de una semana el plazo de Fogg. Bisland terminó su recorrido varios días después.

Bly no había viajado en avión ni necesitado un vehículo extraordinario. Su hazaña mostraba lo que podía conseguirse encadenando las redes de vapor y ferrocarril de finales del siglo XIX, con dinero, apoyo periodístico y mucha determinación. El mundo seguía siendo inmenso, pero sus distancias empezaban a medirse en conexiones.

En Amiens quedaba el mapa de una vuelta al mundo inventada. En Nueva Jersey acababa de llegar la mujer que había adelantado a su protagonista. Y entre su equipaje venía un mono: ese detalle se le había escapado incluso a Julio Verne.

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