La gota de brea que lleva casi un siglo haciéndose esperar
En 1927, un profesor de Queensland puso brea en un embudo y se fue a esperar. Sus gotas caen con años de diferencia y enseñan que lo sólido y lo líquido no siempre se distinguen a simple vista.
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Durante décadas, el momento más importante de un experimento se le escapó a todo el mundo. Nadie estaba mirando. Ni el hombre que lo montó, ni sus sucesores, ni los técnicos que pasaban por delante del embudo con un café en la mano. La gota caía, y cuando alguien se daba cuenta, ya estaba en el fondo del vaso.
Es el rasgo más curioso del experimento de la gota de brea, que arrancó en 1927 en la Universidad de Queensland (Australia) y que sigue en marcha. Aquí esperar no es un trámite: es el método.
Un profesor, un embudo y mucha paciencia
El protagonista inicial fue Thomas Parnell, primer catedrático de Física de la universidad. Quería enseñar a sus alumnos que ciertas sustancias que parecen sólidas son, en realidad, fluidos de una viscosidad descomunal. Para demostrarlo eligió la brea, un derivado del petróleo que a temperatura ambiente es negra, brillante y tan quebradiza que se rompe a martillazos.
La calentó, la vertió en un embudo de vidrio sellado y la dejó reposar tres años para que se asentara. En 1930 cortó el tallo del embudo y la brea quedó libre para fluir. Y entonces empezó la espera: la primera gota tardó ocho años en desprenderse, en 1938.
Parnell murió en 1948 y no llegó a ver la tercera gota, que cayó en 1954. En vida solo se produjeron las dos primeras, y ni siquiera esas las vio caer. Su sucesor, John Mainstone, se encargó del aparato durante décadas, desde 1961 hasta su muerte en 2013.
Qué significa ser «espeso»
La palabra clave es viscosidad: la resistencia de un fluido a moverse. El agua apenas se opone; la miel, bastante; el aceite de oliva, mucho menos que la miel. La brea juega en otra liga. Las mediciones realizadas en el propio experimento la sitúan en torno a 230.000 millones de veces la viscosidad del agua.
Con esa cifra, una gota tarda en formarse alrededor de una década. El tallo del embudo va cediendo a un ritmo imperceptible, el material se acumula en el extremo, forma un bulbo y, tras años de estirarse, el peso vence y la gota cae.
Esto desmonta una idea muy extendida: que sólido y líquido son categorías tajantes. Para la física, lo que cuenta es cómo responde un material a una fuerza y durante cuánto tiempo la aplicas. Golpea la brea con un martillo y se rompe como el cristal. Déjala años sobre una mesa y acabará desparramándose.
Nueve gotas, ningún testigo
El calendario es una especie de cuenta atrás con retraso. La primera gota cayó en 1938; la segunda, en 1947; la tercera, en 1954; y así hasta la octava, en 2000. La novena llegó en 2014, y la décima aún está por llegar. El intervalo se alargó con el tiempo, en parte porque tras la séptima gota, en 1988, se instaló aire acondicionado en la sala, y la temperatura más estable ralentizó la formación de las gotas.
La temperatura importa mucho: cuanto más fría está la brea, más viscosa se vuelve. Por eso, antes de instalar el aire acondicionado, el ritmo de flujo variaba con las estaciones.
Y aquí viene lo mejor. En 1979 la gota cayó en fin de semana, y en 1988 Mainstone se ausentó unos minutos, según contaba para tomar un té, justo cuando cayó. En 2000, un fallo de la cámara de vigilancia impidió grabar la octava gota. La novena, en 2014, tampoco dejó una caída limpia ante la cámara. La primera gota de brea filmada al caer fue la de un experimento similar del Trinity College de Dublín, en julio de 2013.
El experimento recibió en 2005 el premio Ig Nobel de Física, concedido a Parnell y Mainstone a título póstumo en el caso del primero.
Una leyenda de catedral que no era verdad
El experimento sirve también para desmontar un mito. Se dice que los vitrales medievales son más gruesos por abajo porque el vidrio «fluye» con los siglos, como si fuera una brea gigante. No es así. El vidrio a temperatura ambiente es tan rígido que su flujo, de existir, necesitaría tiempos muy superiores a la edad del universo. Las vidrieras son irregulares porque el vidrio antiguo se fabricaba soplado y salía con grosor desigual, y los artesanos solían poner la parte más pesada abajo.
La brea, en cambio, sí fluye de verdad, y a escala humana. Por eso el experimento de Queensland es un ejemplo tan útil: hace visible lo que normalmente es invisible.
Hoy el embudo sigue en el vestíbulo del edificio de Física, con la décima gota formándose sin prisa. Quien pase por delante puede quedarse mirándola un rato, con la certeza de que no verá nada. Y precisamente por eso, quizá lo vea todo.



