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Exin Castillos: la España que levantó fortalezas en el suelo del salón

En 1968, unas piezas de plástico con aspecto de piedra pusieron la arquitectura medieval al alcance de cualquier alfombra. No hacía falta pegamento: bastaban paciencia y ganas de construir.

Ahora ya lo sabes5 min de lecturaCon mini-quiz

Ilustración de un castillo de bloques grises a medio construir sobre la alfombra de un salón de los años sesenta.

En 1968, una fortaleza podía entrar en casa dentro de una caja. Salía de ella por partes: bloques de aspecto pétreo, ventanas, puertas y almenas que aún no protegían nada. Para convertir aquel montón en un castillo había que ponerse a construir. El suelo del salón ofrecía una parcela estupenda, aunque la autoridad competente —quien necesitara pasar por allí— pudiera tener otras ideas.

Exin Castillos proponía una operación sencilla y poderosa: levantar un edificio pieza a pieza y poder deshacerlo después. Su aspecto remitía a la piedra, pero su material era el plástico. La Edad Media había encontrado una puerta de entrada a los hogares españoles, y no necesitaba caballo ni permiso de obras.

Una empresa de plásticos se hace medieval

La historia comienza antes de las almenas. Exin nació en Barcelona en 1951, dentro de una industria juguetera que iba incorporando el plástico a sus productos. Su nombre procedía de Exclusivas Industriales: una denominación bastante menos aventurera que las fortalezas que acabaría poniendo en manos de los niños.

El plástico permitía fabricar muchas unidades de una misma pieza mediante moldes. Para un juego de construcción, aquello era fundamental: los bloques tenían que repetir sus dimensiones con precisión y encajar unos con otros. Una muralla tolera diferencias de color; tolera bastante peor que cada ladrillo tenga una opinión propia sobre su tamaño.

Exin no fue una empresa dedicada únicamente a los castillos. Su catálogo también estuvo ligado a otros grandes nombres del juguete, como Scalextric, que comercializó en España bajo licencia. En una misma cultura doméstica del juego cabían así dos placeres distintos: conducir a toda velocidad por un circuito y pasar un buen rato decidiendo dónde colocar una torre.

El lanzamiento de Exin Castillos llegó en 1968. La propuesta combinaba un sistema de construcción modular con una identidad visual muy reconocible. No ofrecía bloques de colores para representar cualquier cosa: ofrecía piezas que, incluso sueltas, parecían pertenecer a una fortificación.

Esa elección marcó su carácter. El juego invitaba a construir, pero también orientaba la imaginación hacia un territorio concreto: murallas, patios, accesos y torres. Antes de colocar el primer bloque, la caja ya había fijado el escenario. El arquitecto podía ser un niño; el encargo era inequívocamente medieval.

El secreto estaba debajo de cada piedra

El sistema se apoyaba en piezas encajables, con salientes y huecos que permitían unirlas y superponerlas. No hacía falta pegamento. Cada bloque formaba parte de una estructura que podía desmontarse para empezar otra vez, una diferencia importante frente a las maquetas pensadas para quedar terminadas y conservarse tal cual.

La apariencia aportaba buena parte del encanto. Los bloques imitaban una superficie de piedra: no eran sillares de verdad, pero bastaban para que una pared pequeña se leyera como una muralla. El plástico hacía el trabajo mecánico; el relieve y el color hacían el trabajo teatral.

Además de piezas rectas, el sistema incluía elementos curvos para levantar torres circulares. Las ventanas, las puertas y las almenas añadían rasgos arquitectónicos reconocibles. Una torre no dependía solo de que el jugador la llamara torre: su forma ayudaba a identificarla de un vistazo.

Construir exigía ir resolviendo problemas concretos. ¿Cuánto espacio dejar para la entrada? ¿Cómo cerrar una esquina? ¿Quedaban suficientes piezas para subir otro piso? Sin convertir el salón en una escuela de arquitectura, el juego obligaba a relacionar un montón de elementos pequeños con un edificio completo.

La repetición era parte del placer. Una fila de bloques podía parecer poca cosa; varias filas empezaban a tener presencia. Y cuando aparecía la primera almena, cambiaba la lectura del conjunto: aquello dejaba de ser una pared cualquiera. Ya podía recibir un asedio, aunque el ejército atacante procediera de otro cajón de juguetes y no respetara demasiado la cronología.

Copiar la caja o fundar tu propio reino

Las cajas y las instrucciones proporcionaban modelos para construir. Seguirlos permitía reproducir el edificio propuesto, entender cómo se combinaban las piezas y comprobar que el inventario tenía un destino. Era el camino más directo entre abrir el juego y reconocer, sobre la alfombra, el castillo anunciado.

Pero las piezas no quedaban comprometidas con ese único edificio. Una vez desmontado, el mismo material podía dar lugar a otra distribución. Cambiar una torre de sitio, ampliar un patio o levantar una muralla más larga convertía el modelo en punto de partida, no en sentencia.

Ahí estaba una de las grandes diferencias entre un castillo ya fabricado y Exin Castillos. El primero ofrecía un escenario listo para jugar; el segundo hacía del proceso de levantarlo una parte del juego. La fortaleza tenía una historia incluso antes de que aparecieran sus habitantes.

El límite era material y perfectamente visible: las piezas disponibles. Si se gastaban demasiadas en una torre, faltaban para otra zona. Había que redistribuir, reducir o desmontar. Una pequeña economía de bloques sustituía al presupuesto de obra, con la ventaja de que rectificar no requería una excavadora.

También existía una satisfacción muy física. Elegir una pieza, colocarla y verla encajar producía un avance inmediato. Cada gesto dejaba algo construido. Frente a un juguete que respondía pulsando un botón, aquí la transformación dependía de las manos: el paisaje cambiaba porque tú lo estabas haciendo.

Las almenas se quedaron en la memoria

Exin Castillos ocupó un lugar propio dentro del juguete español por esa mezcla de construcción y ambientación. Su aspecto era reconocible sin necesidad de ver el nombre: bloques con apariencia pétrea, torres y remates almenados. El sistema podía desmontarse; su silueta era bastante más difícil de borrar.

La empresa llevó también la construcción por piezas a otro escenario con Exin West, dedicado al Viejo Oeste. El cambio resulta revelador: el atractivo no estaba únicamente en apilar bloques, sino en levantar un mundo identificable. Donde antes había una fortaleza, podían aparecer edificios de una población del Oeste.

El cierre de Exin en 1993 terminó una etapa empresarial, pero no eliminó sus juguetes de la memoria doméstica. Exin Castillos tuvo recuperaciones posteriores y pasó también al terreno del coleccionismo. Las cajas, las instrucciones y las piezas antiguas adquirieron otro valor: además de servir para construir, permitían reconstruir una experiencia de infancia.

La nostalgia tiene aquí un objeto especialmente adecuado. Un castillo terminado puede conservarse, pero también puede volver a ser un montón de piezas. El juguete mantiene abierta esa posibilidad que tantos objetos no ofrecen: regresar al principio sin romperlos.

Y ahí queda su pequeña paradoja. Una fortaleza se construye para resistir; esta se hizo para que pudieras desmontarla. Bastaba separar los bloques, devolverlos a la caja y dejar el solar libre. Al día siguiente, la misma piedra de plástico podía pertenecer a otro reino.

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