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Mito o realidad: el Monopoly lo inventó un vendedor en paro en la Gran Depresión
Charles Darrow convirtió el tablero en un éxito comercial, pero Elizabeth Magie había patentado su antepasado décadas antes. Y quería enseñar algo muy distinto.
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Veredicto
Mito
En 1935, Parker Brothers compró a Charles Darrow los derechos del Monopoly. Aquel vendedor que había estado en paro durante la Gran Depresión parecía encarnar el sueño americano: una buena idea, una mesa de cocina y el salto a la riqueza. Veredicto: mito. Darrow fue decisivo para su éxito comercial, pero el juego tenía una historia anterior y una inventora: Elizabeth Magie.
La casera que quería poner en apuros a los propietarios
El 5 de enero de 1904, Magie obtuvo en Estados Unidos una patente para The Landlord’s Game, el juego del propietario. Faltaba un cuarto de siglo para el crac de 1929. Su tablero ya incluía un recorrido cerrado, terrenos que podían comprarse, alquileres y una cárcel: el parecido con el Monopoly no es una casualidad.
Magie era una inventora y defensora de las ideas del economista Henry George. Él sostenía que el valor del suelo debía beneficiar al conjunto de la sociedad y proponía un impuesto sobre ese valor. Ella decidió trasladar aquella discusión al salón de casa. Menos tratado económico y más pelea por una casilla.
El propósito no era celebrar al jugador capaz de arruinar a sus vecinos, sino mostrar qué ocurría cuando la propiedad y las rentas se concentraban en pocas manos. Si alguna vez has visto cómo un alquiler se llevaba tus últimos billetes, ya conoces la eficacia pedagógica del método.
Magie llegó a plantear dos formas de jugar: una premiaba la concentración de riqueza; la otra buscaba que la prosperidad se compartiera. El contraste era parte de la lección. No bastaba con explicar un sistema económico: había que sentarse a sufrirlo, y después probar una alternativa.
Un tablero que viajó de mano en mano
El invento no saltó directamente de Magie a Darrow. Durante décadas circularon versiones caseras entre estudiantes, profesores y comunidades cuáqueras. Cada grupo podía copiar el tablero, modificar reglas o cambiar los nombres de las calles. Era una creación que viajaba por redes sociales; las de entonces tenían comedor y sillas.
En ese recorrido, una versión quedó vinculada a Atlantic City, la ciudad costera de Nueva Jersey. Sus calles y lugares acabaron dando nombre a las propiedades que reconocerían millones de jugadores en la edición estadounidense. Antes de convertirse en un producto uniforme, el juego había sido una tradición de mesa con variantes locales.
Darrow lo conoció a través de unos amigos, Charles y Esther Todd, durante la Gran Depresión. Después elaboró y vendió su propia versión. Ahí está la diferencia que la leyenda suele borrar: comercializar con éxito un juego no equivale a inventar sus mecanismos.
Cuando Parker Brothers adquirió sus derechos en 1935, la historia del vendedor desempleado ofrecía un relato irresistible. Un hombre corriente se enriquecía con un juego sobre enriquecerse. El argumento encajaba tan bien que las décadas anteriores quedaron fuera de plano.
Quinientos dólares y una ironía de campeonato
Parker Brothers también compró por 500 dólares los derechos de la patente que Magie había obtenido en 1924 para una versión revisada de su juego. Ella no recibió regalías por las ventas del Monopoly. Darrow sí las obtuvo y se hizo millonario.
La diferencia no es solo contable. La versión que triunfó convirtió en objetivo aquello que Magie pretendía someter a examen: acumular propiedades y llevar a los demás a la bancarrota. La crítica al monopolio acabó empaquetada como una competición para construir uno.
En la década de 1970, el economista Ralph Anspach investigó esos antecedentes mientras mantenía una disputa legal por su juego Anti-Monopoly. Su búsqueda ayudó a sacar de nuevo a la luz a Magie y a quienes habían jugado a versiones anteriores a la de Darrow.
Así que la próxima vez que alguien te cobre un alquiler demoledor, piensa en aquella inventora de 1904. Había preparado un juego para mostrar el problema de los propietarios poderosos. Más de un siglo después, seguimos celebrando cuando nos toca ser uno de ellos.



