El Vasa: el barco que se hundió a los 1.300 metros de su estreno
El 10 de agosto de 1628, Estocolmo despidió entre vítores a su mayor navío de guerra. Una ráfaga de viento bastó para mandarlo al fondo del puerto, donde dormiría 333 años.
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Aquel domingo de agosto de 1628, miles de estocolmenses se agolparon en los muelles. Salía el barco más poderoso que Suecia había construido jamás: el Vasa, con más de 60 metros de eslora, unos 64 cañones y la popa cubierta de esculturas doradas y pintadas. Era el mensaje del rey Gustavo II Adolfo a media Europa: en el Báltico manda Suecia.
El mensaje duró lo que dura un paseo corto. Tras recorrer poco más de un kilómetro, el barco se ladeó, entró agua por las portas de los cañones y se fue a pique a la vista de todos. Murieron unas treinta personas, según las estimaciones habituales.
Una ráfaga y adiós
Ese día soplaba poco viento. Primero salieron unos cañonazos de saludo, y el Vasa largó cuatro de sus diez velas. Una primera racha lo inclinó con fuerza, pero se enderezó. Una segunda lo escoró otra vez, y esta vez el agua penetró por las portas de la cubierta inferior, que estaban abiertas para disparar salvas.
No hubo tormenta ni batalla ni enemigo. El barco se hundió en el puerto de Estocolmo, a una profundidad de unos treinta metros, con los mástiles asomando todavía sobre las olas. Su destino se decidió mucho antes de zarpar.
Un barco con la cabeza demasiado grande
El problema era de diseño. El rey, que seguía el proyecto de cerca, había exigido cambios durante la obra: más longitud, y después una segunda cubierta de cañones, algo muy poco común en Suecia. El constructor, el holandés Henrik Hybertsson, murió antes de la entrega, y el casco quedó en manos de su ayudante.
El resultado fue un casco estrecho para tanto peso arriba, con un lastre insuficiente. Ese lastre no podía aumentarse mucho sin hundir las portas de la cubierta inferior casi a ras de agua. Así, el Vasa era como un hombre alto que intenta caminar sobre una cuerda con un armario a cuestas.
Las pruebas previas tampoco prometían. Antes de zarpar se hizo correr a treinta hombres de un lado a otro de la cubierta para comprobar la estabilidad, y la prueba se detuvo tras tres pasadas porque el barco ya se balanceaba demasiado. No es una leyenda: así consta en las declaraciones de la investigación posterior.
Una investigación sin culpables
Se abrió una investigación en la que declararon el capitán y los responsables de la construcción. Nadie salió condenado. Todos habían seguido las órdenes y las medidas aprobadas, y la única persona a la que nadie podía pedir cuentas era el rey.
En la década de 1660 se recuperaron con campanas de buceo más de cincuenta de sus cañones de bronce. Después, el barco quedó olvidado.
El Vasa vuelve a ver la luz
El Báltico guardó el casco de maravilla. Su agua tiene poca sal y está fría, de modo que la broma, el molusco que devora la madera de los barcos en mares más salados, apenas prospera allí. El roble aguantó.
En los años cincuenta, el investigador aficionado Anders Franzén, que llevaba años buscando pecios en aguas suecas, localizó el casco. El 24 de abril de 1961, tras una compleja operación de rescate, el Vasa volvió a asomar a la superficie y salió de las aguas tras 333 años bajo ellas.
Después empezó otra batalla: evitar que la madera se resquebrajara al secarse. Se la trató durante años con polietilenglicol, una cera sintética soluble en agua que sustituye al líquido de las fibras. Hoy el barco se exhibe en el Museo Vasa de Estocolmo, abierto en 1990, y es uno de los más visitados de Escandinavia.
Lo mejor es que en sus cubiertas se hallaron objetos cotidianos: ropa, monedas, utensilios y restos humanos. El barco que debía presumir de poder acabó siendo una cápsula del tiempo del siglo XVII.
Al final, el mayor fracaso naval de Suecia se convirtió en su pieza de museo más famosa. El Vasa nunca ganó una batalla, pero lleva más de sesenta años ganando visitantes.



