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El experimento del malvavisco: ¿voluntad o confianza?

Un dulce, una espera y una promesa convirtieron un juego infantil en un supuesto oráculo del éxito. Las revisiones científicas cuentan una historia bastante más interesante.

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Ilustración de un niño ante un malvavisco, una campanilla y una puerta tras la que esperan dos golosinas.

Un niño está sentado ante una golosina. Puede comérsela, pero hay una oferta mejor: si espera a que vuelva el adulto, recibirá dos. El investigador sale de la habitación. Ahora quedan el niño, el dulce y un silencio que debe de parecer larguísimo.

Esta escena, repetida con distintas variantes por el psicólogo Walter Mischel y sus colaboradores, acabó convertida en una especie de examen del porvenir. Aguantar parecía anunciar mejores notas y más dominio de uno mismo. Pero entre una golosina intacta y una vida resuelta hay bastante más distancia de la que cabe en una mesa infantil.

Una tentación a la altura de los ojos

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, Mischel investigó la demora de la gratificación con niños de edad preescolar, muchos de ellos de la Bing Nursery School, vinculada a la Universidad de Stanford, en California. Quería entender cómo conseguimos renunciar a una recompensa inmediata para obtener otra mayor después.

El malvavisco, esa nube de azúcar que da nombre al experimento, no fue el único reclamo. También se utilizaron otras golosinas y alimentos, según la prueba y las preferencias infantiles. Lo importante no era el menú, sino el conflicto: algo apetecible ahora o algo mejor más tarde.

En una versión conocida, el niño podía hacer volver al investigador tocando una campanilla. Si interrumpía la espera, recibía la recompensa pequeña; si resistía hasta el regreso del adulto, obtenía la mayor. Algunas pruebas permitían esperar hasta unos quince minutos. Para alguien de cuatro años, aquello no era precisamente un trámite.

Además, no existió una única prueba idéntica repetida sin cambios. Los investigadores modificaban las condiciones para averiguar qué facilitaba o dificultaba la espera. Esa parte del trabajo, menos célebre que la golosina, resultó esencial.

El truco no era apretar los dientes

Algunos niños se tapaban los ojos. Otros miraban hacia otro lado, cantaban o se entretenían con sus manos. Más que librar un combate solemne contra sus deseos, buscaban maneras de quitarse el dulce de la cabeza. La distracción era una herramienta, no una trampa.

Los experimentos mostraron que dirigir la atención hacia la recompensa podía hacer más difícil esperar. Apartarla ayudaba. También importaba cómo se pensaba en el objeto: recrearse en su sabor no producía el mismo efecto que atender a características menos apetitosas, como su forma.

Una nube podía ser un bocado irresistible o una figura blanca y esponjosa. El objeto seguía allí; cambiaba su representación mental. Es una diferencia pequeña sobre el papel y enorme cuando tienes la tentación delante de la nariz.

El hallazgo cuestionaba una imagen muy popular de la voluntad: la de un músculo invisible que unos niños poseen y otros no. La capacidad de esperar dependía también de estrategias y circunstancias que podían modificarse. El laboratorio no solo estaba clasificando niños pacientes: estaba estudiando cómo se fabrica un rato de paciencia.

Cuando la golosina se convirtió en oráculo

Años después, Mischel y sus colaboradores volvieron a estudiar a parte de aquellos participantes. En un trabajo publicado en 1988 describieron asociaciones entre la espera preescolar y ciertas competencias durante la adolescencia, evaluadas mediante cuestionarios a los padres. Otros seguimientos relacionaron la demora con resultados académicos, incluidas puntuaciones en el SAT, una prueba utilizada en el acceso universitario estadounidense.

El resultado tenía un atractivo periodístico irresistible. Un cuarto de hora en una habitación parecía contener una biografía en miniatura. La versión popular fue simplificando el mensaje hasta dejarlo casi en un eslogan: quien resiste al dulce triunfa después.

Sin embargo, una asociación no demuestra que esperar cause esos resultados. Los niños no habían sido asignados al azar a tener más o menos autocontrol durante toda su infancia. Su desarrollo, su familia y sus experiencias previas viajaban con ellos hasta la mesa del experimento.

Además, los primeros participantes procedían de un entorno universitario particular, y los seguimientos dependían de quienes podían ser localizados y evaluados. Eso limitaba cuánto podía generalizarse. Un resultado interesante no equivalía a un pronóstico individual: el cronómetro no era una bola de cristal con azúcar.

La revisión que devolvió a la familia a la sala

En 2018, Tyler Watts, Greg Duncan y Haonan Quan publicaron una revisión empírica con datos de más de 900 niños. Utilizaron una tarea de demora de la gratificación y analizaron su relación con resultados posteriores, prestando especial atención a menores cuyas madres no habían terminado estudios universitarios.

Encontraron una asociación entre esperar más y obtener mejores resultados académicos después. Pero esa relación se reducía mucho al incorporar información sobre el entorno familiar, las capacidades cognitivas tempranas y las características del hogar. Las conexiones con problemas de conducta posteriores eran bastante más débiles.

El mensaje no era que el autocontrol careciera de importancia. Era que el tiempo de espera también recogía diferencias que ya existían entre los niños. Una prueba breve podía reflejar parte de su historia, no solamente una supuesta cantidad interior de fuerza de voluntad.

El estudio tampoco era una reproducción exacta de todas las condiciones originales. Servía, sobre todo, para comprobar hasta dónde llegaba la interpretación más famosa. Y llegaba menos lejos de lo que prometía el relato del dulce capaz de anunciar el éxito.

¿Y si el adulto no cumple?

Otra pieza apareció en 2013. Celeste Kidd, Holly Palmeri y Richard Aslin, de la Universidad de Rochester, estudiaron a 28 niños. Antes de presentarles el malvavisco, hicieron que un adulto se mostrara fiable o poco fiable mediante promesas sobre materiales para actividades: en un grupo cumplía; en el otro, no.

Después llegó la oferta de esperar para conseguir más golosinas. Los niños que habían tratado con el adulto fiable esperaron, de media, unos doce minutos. Los del grupo poco fiable, unos tres. La diferencia era enorme para una manipulación tan sencilla.

Era un estudio pequeño, pero mostraba algo concreto: la confianza en quien promete puede cambiar la decisión de esperar. Si acabas de comprobar que sus ofertas se evaporan, aceptar lo que ya tienes al alcance puede ser una decisión razonable, no un derrumbe del carácter.

El experimento del malvavisco sigue siendo una ventana ingeniosa a la conducta infantil. Lo que no ofrece es una sentencia sobre quién serás dentro de veinte años. A veces, para entender por qué desaparece una golosina, hay que mirar menos al niño y más al adulto que acaba de salir por la puerta.

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