Dorando Pietri: el maratoniano que perdió el oro y se llevó la gloria
Entró primero en el estadio de Londres 1908, pero apenas podía mantenerse en pie. La ayuda que le permitió cruzar la meta también le costó la victoria.
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Dorando Pietri entra en el estadio londinense de White City el 24 de julio de 1908. Lleva pantalones rojos, camiseta blanca y el dorsal 19. Va primero en el maratón olímpico, pero toma la dirección equivocada. Cuando los oficiales lo corrigen, se desploma. Aún tiene que recorrer unos cientos de metros. Su cuerpo parece haber decidido que ya son demasiados.
Lo que sigue dura alrededor de diez minutos y convierte una carrera en un drama público. Pietri cae, se incorpora, vuelve a caer. Acabará cruzando la meta antes que nadie, sostenido por quienes intentan socorrerlo. Y precisamente por eso perderá el oro.
Una meta demasiado lejos
Pietri tiene 22 años y llega de Carpi, en el norte de Italia. Es pequeño incluso para los estándares de su época: mide alrededor de 1,59 metros. Ya ha competido fuera de su país y participado en los Juegos Intercalados de Atenas de 1906, donde tuvo que abandonar el maratón. Londres le ofrece otra oportunidad.
La carrera comienza en el recinto del castillo de Windsor y termina en White City. El recorrido mide 42 kilómetros y 195 metros, una cifra que hoy parece tan inseparable del maratón como las zapatillas. En 1908 no lo es: las distancias de esta prueba todavía varían de una competición a otra.
Aquella longitud londinense terminará adoptándose como distancia oficial en 1921. Los célebres 42,195 kilómetros no proceden de una medición exacta del trayecto de un mensajero de la antigua Grecia, sino de la historia mucho más reciente de la organización deportiva.
Pero Pietri no está pensando en reglamentos futuros. En una tarde calurosa, tiene por delante una carrera que va desgastando a sus rivales. Durante buena parte del recorrido manda el sudafricano Charles Hefferon. El italiano avanza por detrás, hasta que la ventaja del líder empieza a deshacerse.
Primero llega el corredor; después, sus piernas
En el tramo final, Hefferon pierde fuerza y Pietri lo adelanta. Parece que la victoria cambia de manos. El problema es que al nuevo líder también se le están acabando las reservas. Cuando alcanza el estadio, ya no corre con normalidad: lucha por seguir orientado y en pie.
Ante las gradas, el desenlace se vuelve insoportablemente lento. Pietri cae cinco veces en el recorrido final por la pista. Los oficiales intervienen y lo ayudan a incorporarse. Entre quienes lo asisten están Jack Andrew y el médico Michael Bulger, cuyos nombres quedarán unidos a las imágenes de aquella llegada.
Los últimos 350 metros le llevan alrededor de diez minutos. A un adulto que camina sin prisa le bastarían unos pocos para cubrir esa distancia; Pietri necesita emplear en ella hasta la última energía que le queda. No es un esprint hacia la gloria. Es un cuerpo que apenas consigue avanzar.
Finalmente cruza la línea con ayuda. Su tiempo queda registrado en 2 horas, 54 minutos y 46 segundos, aproximadamente. La escena tiene todo lo necesario para fabricar un héroe, salvo un detalle que en el deporte pesa mucho: una llegada válida.
La regla que no podía emocionarse
El estadounidense Johnny Hayes entra después. Ha completado el recorrido sin recibir la asistencia que ha permitido avanzar a Pietri. La delegación de Estados Unidos presenta una reclamación: el italiano ha sido ayudado físicamente y, por tanto, no puede figurar como vencedor.
La protesta prospera. Pietri queda descalificado y Hayes obtiene la medalla de oro. No se trata de que el italiano haya tomado un atajo ni de que hubiera preparado una trampa. La ayuda es visible y nace de una situación de agotamiento extremo. Pero también ha contribuido a llevarlo hasta la meta.
Ahí está el nudo de la historia: los mismos brazos que evitan que siga cayéndose invalidan su resultado. La necesidad de atender al corredor y las condiciones para ganar una carrera son dos asuntos distintos, aunque aquella tarde resulten imposibles de separar a simple vista.
Hayes es el campeón legítimo. Sin embargo, la atención pública se concentra en el hombre al que han retirado de la clasificación. El estadounidense gana la competición; el italiano protagoniza las fotografías que acabarán explicándola al mundo.
Una reina, una copa y el creador de Sherlock Holmes
Al día siguiente, la reina Alejandra entrega a Pietri una copa de plata como reconocimiento a su esfuerzo. No revoca el resultado ni le concede una medalla olímpica alternativa. Es un premio personal que convierte la simpatía del público en un objeto que el corredor puede llevarse a casa.
Entre quienes han presenciado la carrera está Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. El escritor cuenta lo sucedido para el periódico Daily Mail e impulsa una suscripción popular a favor del italiano. La derrota empieza a producir algo que una clasificación no puede medir: lectores, donaciones y una enorme notoriedad.
Con el tiempo se difundirá que Conan Doyle fue uno de los hombres que ayudaron a Pietri en la pista. Es una confusión, no un episodio de su biografía. Su papel documentado fue el de testigo, cronista y promotor de la colecta. No hace falta colocarlo junto a la línea de meta para que tenga un lugar importante en esta historia.
El caso reúne ingredientes difíciles de mejorar: una prueba olímpica, un corredor exhausto, una decisión reglamentaria y una reina que ofrece una copa. Hasta el novelista venía incluido. Lo raro habría sido que nadie quisiera contarlo.
La revancha se vendía por entradas
La fama de Pietri no termina con los Juegos. En noviembre de 1908 vuelve a enfrentarse a Hayes, esta vez como profesional y en el Madison Square Garden de Nueva York. El escenario ya no es una carretera entre Windsor y Londres, sino una pista cubierta que obliga a dar vueltas y más vueltas.
El italiano gana esa revancha. El resultado no cambia una sola línea del palmarés olímpico, pero demuestra el atractivo comercial de aquel duelo. El público puede pagar por ver otra vez a los dos protagonistas de una carrera cuyo desenlace conoce de memoria.
Pietri continuará compitiendo como profesional y aprovechará económicamente la celebridad nacida en Londres. Su descalificación, que en términos deportivos había sido un desastre, le ha abierto un mercado al otro lado del Atlántico.
En julio, los espectadores habían aguardado su llegada sin saber si conseguiría mantenerse en pie. En noviembre, compraban entradas para verlo correr de nuevo. Aquellos últimos metros habían resultado carísimos para sus piernas y extraordinariamente rentables para la taquilla.



