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Capadocia: el paisaje de cuento que esconde ciudades bajo tierra

La roca que el viento y el agua tallaron en forma de torres también permitió excavar refugios de varios pisos. En Derinkuyu, los refugios se distribuyeron en varios niveles de un complejo cuya profundidad máxima se estima en unos 85 metros.

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Ilustración en corte de Capadocia, con chimeneas de hadas sobre una ciudad subterránea de varios niveles.

Bajo el suelo de Anatolia hay un complejo de habitaciones, pasadizos y una iglesia distribuido en varios niveles, cuya profundidad máxima se estima en unos 85 metros. No pertenecen a una mina ni a un búnker moderno: forman parte de Derinkuyu, una ciudad subterránea de Capadocia, en el centro de Turquía. Sobre ella se extiende una región de valles y torres de roca que parecen decorados de una película. Debajo, generaciones de habitantes organizaron una arquitectura de supervivencia.

El contraste tiene truco geológico. La misma piedra que permitió al agua esculpir las llamadas chimeneas de hadas se dejaba trabajar con herramientas manuales. Allí, construir una casa podía consistir en hacer justo lo contrario de lo habitual: en vez de levantar paredes, retirar todo lo que sobraba entre ellas.

Primero llegaron los volcanes; después, los escultores

Antes de las iglesias y los túneles hubo erupciones. Durante millones de años, la actividad volcánica de Anatolia central depositó cenizas y otros materiales sobre grandes extensiones del terreno. Entre los volcanes que participaron en esa historia figuran el Erciyes y el Hasan, dos montañas que todavía dominan el horizonte regional.

Parte de aquellos depósitos se consolidó y formó toba volcánica, una roca compuesta por fragmentos expulsados durante las erupciones. No toda la toba tiene la misma dureza: las diferencias entre unas capas y otras resultarían decisivas tanto para el paisaje como para sus futuros habitantes.

Después entraron en escena la lluvia, las corrientes de agua, el hielo y el viento. La erosión fue abriendo surcos y separando columnas. Donde una capa más resistente protegía el material blando situado debajo, la columna sobrevivía más tiempo. Así nacieron muchas de esas torres con sombrero que parecen setas gigantes, aunque conviene no confundirlas con algo comestible.

El resultado no apareció de una vez ni está terminado. Cuando la cubierta protectora se desprende, el cuerpo de la chimenea queda más expuesto y se desgasta. El paisaje cambia a una velocidad que rara vez encaja con nuestras prisas: lo que para una fotografía parece una escultura inmóvil es, para la geología, una obra en marcha.

Una casa que se construye quitando piedra

Para quienes se instalaron en Capadocia, aquella roca ofrecía una oportunidad extraordinaria. Podían abrir estancias dentro de las laderas, ampliar una cavidad o comunicarla con otra sin transportar grandes cantidades de materiales. El terreno era, a la vez, solar y almacén de paredes. Eso no hacía el trabajo sencillo, pero sí permitía una arquitectura distinta.

Además, una habitación rodeada de roca amortigua las variaciones de temperatura del exterior. En una región de veranos calurosos e inviernos fríos, esa inercia térmica era una ventaja para las personas y para las provisiones. Las cavidades servían como viviendas, almacenes y lugares donde mantener alimentos en condiciones relativamente estables.

Las comunidades cristianas llevaron esa técnica mucho más allá de lo doméstico. En el entorno de Göreme excavaron iglesias, capillas y dependencias monásticas. Algunas conservan pinturas murales con escenas bíblicas: sobre la superficie irregular de una antigua acumulación de ceniza aparecieron rostros, vestiduras y relatos religiosos.

La arquitectura excavada tampoco renunció a imitar la construida. Dentro de la roca se tallaron columnas, arcos y bóvedas, elementos que organizaban el espacio y reproducían formas familiares. El escultor y el albañil casi se daban la mano, con una diferencia importante: aquí, un error al quitar piedra no se arreglaba colocando de nuevo el bloque.

Derinkuyu: una ciudad con el techo sobre la cabeza

En Derinkuyu, la excavación no se limitó a ocupar una pared rocosa. Descendió por debajo de la superficie hasta alcanzar unos 85 metros de profundidad. Para hacerte una idea, es una distancia comparable a la altura de un edificio de más de veinte plantas, pero recorrida hacia abajo y entre pasadizos.

El conjunto incluye espacios identificados como establos, almacenes, cocinas, bodegas y recintos religiosos. No era una simple sucesión de escondites independientes: había una organización que permitía alojar personas, guardar recursos y mantener ciertas actividades cuando permanecer fuera resultaba peligroso. Los animales también tenían sitio; una comunidad refugiada necesitaba algo más que camas.

Los conductos verticales ayudaban a renovar el aire. Los pozos proporcionaban acceso al agua, otro requisito esencial para resistir bajo tierra. Sin ventilación ni abastecimiento, cualquier refugio profundo se convertiría rápidamente en una trampa. La parte menos vistosa de esta arquitectura era, precisamente, la que hacía posible utilizarla.

La defensa también estaba incorporada al diseño. Grandes piedras circulares podían desplazarse para cerrar pasos desde el interior. Los corredores estrechos dificultaban el avance de un atacante y limitaban cuántas personas podían entrar a la vez. No hacía falta una muralla visible en el horizonte: la propia circulación se convertía en obstáculo.

Derinkuyu se abrió a las visitas en 1969, aunque solo una parte del complejo resulta accesible. Las cifras sobre cuántas personas pudo albergar son estimaciones, no un censo conservado. Su verdadero tamaño se aprecia mejor en otra pregunta: ¿cuánto trabajo hizo falta para sacar toda esa roca, dejar paredes estables y conectar los espacios sin maquinaria moderna?

Muchos siglos, muchas manos y ningún plano definitivo

Buscar un único fundador para estas ciudades conduce a un problema: fueron excavadas, ampliadas y reutilizadas durante largos periodos. Los orígenes exactos de varios complejos siguen siendo discutidos. Una galería antigua podía integrarse después en un refugio mayor, y una estancia cambiar de función sin dejar una fecha escrita en la puerta.

Su utilización por comunidades cristianas durante la época bizantina está bien documentada. Las incursiones y los conflictos favorecieron el aprovechamiento de refugios donde protegerse temporalmente. Conviene pensar en ellos como parte de un territorio habitado también en superficie, no como mundos completamente separados cuyos vecinos jamás vieran el sol.

Derinkuyu tampoco es una rareza aislada: Kaymaklı es otro de los grandes conjuntos subterráneos de Capadocia. En 1985, la Unesco inscribió el parque nacional de Göreme y los sitios rupestres de Capadocia en la Lista del Patrimonio Mundial. El reconocimiento reunió el paisaje y la huella humana, inseparables en este rincón de Anatolia.

Arriba, la erosión quitó roca hasta dejar torres. Abajo, las personas quitaron roca hasta dejar habitaciones. La diferencia entre una chimenea de hadas y una ciudad subterránea está, en buena medida, en quién se llevó la piedra.

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