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🎨 Arte y literatura · 🤔 ¿Por qué…?

¿Por qué hay varias versiones de «El grito»?

Dos pinturas, dos pasteles y una imagen que también pasó por la imprenta: para Munch, repetir aquel motivo era una forma de seguir pensando con él.

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Mesa de artista con cuatro variaciones de una figura angustiada, una piedra litográfica y una estampa en blanco y negro.

En febrero de 1994, unos ladrones robaron El grito de la Galería Nacional de Oslo. En agosto de 2004, otros se llevaron un Grito del Museo Munch. No habían robado dos veces el mismo cuadro: eran versiones distintas. Y ambas eran de Edvard Munch. El asunto parece un acertijo de detectives, pero tiene una explicación artística.

Hay varios Gritos porque Munch volvía deliberadamente a sus motivos: los pintaba de nuevo, cambiaba de técnica y los convertía en estampas. No concebía aquella figura angustiada como una imagen que solo pudiera existir una vez. Era una idea a la que todavía le quedaban muchas cosas que decir.

Cuatro versiones y una piedra que multiplicaba imágenes

La cuenta habitual distingue cuatro versiones en color: dos pinturas y dos pasteles. Las primeras son de 1893: una pintura, conservada en el Museo Nacional de Noruega, y un pastel que pertenece al Museo Munch. En 1895 llegó otro pastel, hoy en una colección privada; hacia 1910, una nueva pintura, también del Museo Munch.

No son cuatro fotocopias con distinto marco. Cambian los trazos, la intensidad del cielo, los detalles de la figura y la manera en que el color ocupa la superficie. El motivo sigue siendo reconocible: una figura en primer plano, las manos junto a la cabeza, una barandilla en diagonal y un paisaje que parece haberse puesto nervioso.

Además, las etiquetas simplifican. La célebre versión de 1893 del Museo Nacional combina temple y materiales de dibujo sobre cartón. Munch no estaba defendiendo la pureza de una técnica: utilizaba lo que necesitaba para que la imagen funcionara.

En 1895 también llevó el motivo a la litografía, una técnica de impresión que permite obtener varias estampas a partir de una matriz de piedra. El cielo perdió sus rojos, pero la angustia sobrevivió perfectamente en blanco y negro. Así, la imagen podía circular más allá de un único objeto colgado en una pared.

El grito no sale necesariamente de esa boca

El origen del motivo está ligado a una experiencia que Munch relató en un texto fechado en 1892. Recordaba un paseo con dos amigos, un cielo que se había vuelto rojo y una sensación abrumadora de angustia. Mientras los otros seguían caminando, él se quedó atrás.

En su relato, percibió un enorme grito que atravesaba la naturaleza. Ese detalle cambia la escena: la figura puede entenderse como alguien que escucha o recibe el grito, no simplemente como alguien que grita. Las manos junto a los oídos adquieren entonces otro sentido.

Munch no estaba tomando apuntes meteorológicos. Transformó aquel recuerdo en una experiencia visual: las curvas del cielo y del agua parecen transmitir la misma agitación que el cuerpo. Frente a ellas, la barandilla conserva una rigidez casi insolente. Hasta el paisaje participa; la carpintería, por lo visto, mantiene la compostura.

Una pieza dentro de un gran relato

El grito tampoco era una isla en su obra. Se integró en El friso de la vida, el conjunto con el que Munch exploró el amor, los celos, la ansiedad y la muerte. En 1902 presentó en Berlín una organización destacada de ese proyecto, con las pinturas relacionadas entre sí.

No se trataba de un friso arquitectónico continuo, como una banda tallada alrededor de un edificio. Era un conjunto de imágenes que podían dialogar al reunirse. Una escena amorosa cambiaba de resonancia junto a otra de separación o enfermedad: cada cuadro aportaba una parte de la experiencia.

Volver a un motivo encajaba con esa manera de trabajar. Munch podía reformularlo y mantenerlo vivo aunque una versión pasara a otras manos. La repetición no rebajaba la idea a copia de sí misma: la convertía en un tema con variaciones.

Por eso, preguntar cuál es el único Grito auténtico lleva a una pequeña trampa. Hay varios originales. Aquella figura parece incapaz de soportar un solo instante más, pero su autor regresó a ella durante años: hasta la angustia tuvo varias sesiones de posado.

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