El falsificador que pintó un «Vermeer» para demostrar que no era un traidor
Han van Meegeren había colocado una obra falsa en la colección de Göring. Cuando lo detuvieron en 1945, su mejor defensa fue demostrar que había engañado a medio mundo.
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En 1945, Han van Meegeren se puso a pintar con una preocupación poco habitual: necesitaba que su cuadro pareciera una obra maestra antigua, pero que nadie creyera que lo era. Bajo supervisión, trabajó en una escena de Jesús entre los doctores. No preparaba una exposición. Intentaba demostrar que era un falsificador.
Lo habían detenido después de relacionarlo con un supuesto Vermeer que había acabado en la colección del dirigente nazi Hermann Göring. Si la pintura era auténtica, había vendido patrimonio neerlandés al enemigo. Si era falsa, el asunto cambiaba por completo. Para salir del aprieto, tenía que destruir su propio éxito.
Un Vermeer en casa de Göring
Van Meegeren fue arrestado el 29 de mayo de 1945, apenas unas semanas después del final de la guerra en Europa. Las investigaciones sobre las obras reunidas por los nazis habían conducido hasta él. Una pintura atribuida a Johannes Vermeer, Cristo y la adúltera, había llegado a Göring a través del marchante Alois Miedl.
El nombre del comprador pesaba tanto como el del supuesto autor. Göring, uno de los principales dirigentes del régimen nazi, había reunido una enorme colección de arte, alimentada también por el expolio. Venderle un tesoro nacional durante la ocupación no era una operación comercial cualquiera.
Pero Van Meegeren tenía una explicación extraordinaria: aquel Vermeer lo había pintado él. Y no era el único. También eran suyos otros cuadros que expertos y compradores habían aceptado como pinturas antiguas.
La confesión resolvía una amenaza y abría otra. Se reconocía responsable de un fraude considerable, pero negaba haber entregado un auténtico Vermeer. El problema era convencer a las autoridades de que un pintor contemporáneo había burlado a algunos de los mejores conocedores del arte neerlandés. Su defensa sonaba, de entrada, a una segunda estafa.
El hueco que los expertos querían llenar
Johannes Vermeer nació en Delft en 1632 y murió allí en 1675. Hoy lo asociamos con habitaciones silenciosas, ventanas laterales y figuras absortas en pequeñas tareas. Sin embargo, también pintó asuntos religiosos y mitológicos: Cristo en casa de Marta y María pertenece a su primera etapa.
Ese detalle ofrecía una oportunidad. La producción conservada de Vermeer es reducida, y su trayectoria dejaba preguntas abiertas. Una gran escena bíblica podía presentarse como la pieza que faltaba para entender al artista joven. Van Meegeren no tenía que copiar simplemente una lechera: podía fabricar una respuesta a una incógnita.
En 1937 apareció su gran golpe, Los discípulos de Emaús, conocido también como La cena de Emaús. Mostraba el episodio evangélico en el que dos discípulos reconocen a Jesús al compartir la mesa. La composición conectaba con una tradición pictórica prestigiosa, la de las escenas religiosas de Caravaggio.
Abraham Bredius, una autoridad en pintura neerlandesa, lo recibió con entusiasmo y lo presentó como un Vermeer excepcional en la revista The Burlington Magazine. El cuadro terminó en el museo Boymans de Róterdam, hoy Boijmans Van Beuningen.
La trampa no consistía solo en engañar a un ojo. Consistía en ofrecerle al experto lo que esperaba encontrar. Una obra distinta de los Vermeer más conocidos podía parecer una revelación, no una señal de alarma. El prestigio del primer dictamen ayudó después a sostener el edificio.
Una obra antigua, recién salida del horno
Van Meegeren había nacido en Deventer en 1889 y tenía formación artística. Presentó sus falsificaciones como una revancha contra los críticos que menospreciaban su talento. El relato resultaba atractivo: el artista rechazado que deja en evidencia a los entendidos. También había un incentivo bastante menos romántico: los cuadros falsos le proporcionaron mucho dinero.
Pintar con apariencia antigua era solo la mitad del trabajo. Una obra del siglo XVII debía parecer vieja en su soporte, sus materiales y su superficie. El óleo reciente conserva propiedades que pueden delatarlo; una red convincente de grietas tampoco aparece por arte de magia.
Van Meegeren utilizaba lienzos antiguos y eliminaba la pintura anterior para aprovechar el soporte. Preparaba los colores con una resina sintética del tipo de la baquelita y sometía el cuadro al calor. Así obtenía una capa endurecida que imitaba algunas características de una pintura envejecida.
Después manipulaba la superficie para producir grietas y añadía suciedad que reforzaba su aspecto antiguo. Era un envejecimiento acelerado: siglos de apariencia fabricados en un taller. La cocina del fraude tenía más de laboratorio que de inspiración ante un caballete.
El procedimiento muestra por qué autentificar una pintura exige algo más que reconocer un estilo. Un lienzo viejo no garantiza que la imagen también lo sea. Van Meegeren separaba ambas edades y confiaba en que sus compradores las confundieran.
Pintar delante de testigos
Tras su confesión, las autoridades permitieron que realizara otra pintura bajo vigilancia. Durante 1945 trabajó en Jesús entre los doctores, también citado como Cristo entre los doctores. La escena tenía que demostrar que poseía la habilidad necesaria para crear los supuestos Vermeer.
La situación daba la vuelta a la relación habitual entre un artista y su público. Si el cuadro salía demasiado mal, perjudicaba su defensa. Si resultaba convincente, respaldaba su condición de estafador. Pocas veces el dominio del oficio ha sido una prueba tan incómoda para su dueño.
Aquella demostración fue importante, pero no bastaba por sí sola para atribuirle todos los cuadros cuestionados. Había que examinar las obras, estudiar los materiales y contrastar su confesión con las pruebas. Pintar una falsificación delante de testigos demuestra capacidad; identificar las anteriores requiere investigación.
Los análisis dirigidos por el especialista belga Paul Coremans ayudaron a establecer el fraude. El estudio de los materiales y del envejecimiento artificial permitió contrastar las explicaciones de Van Meegeren. Lo que había convencido a compradores y conocedores ya no se sostenía solo por la firma invisible del prestigio.
Un año de cárcel y una victoria envenenada
El proceso terminó en 1947 con una condena por falsificación y fraude, no por haber vendido un Vermeer auténtico a los nazis. El 12 de noviembre, Van Meegeren fue condenado a un año de prisión. Murió el 30 de diciembre de ese mismo año, antes de cumplir la pena.
Su historia adquirió tintes de hazaña nacional: había engañado incluso a Göring. Pero reducirla a una travesura contra un dirigente nazi deja fuera a los demás perjudicados. Antes de que apareciera aquel comprador, ya había vendido falsificaciones y recibido el reconocimiento que pretendía ridiculizar.
El caso dejó una escena difícil de superar. Un hombre acusado de entregar una obra maestra al enemigo se defendió enseñando que la obra maestra nunca había existido. Por su parte, Los discípulos de Emaús, la falsificación adquirida por el museo de Róterdam, pasó de ser un supuesto tesoro de Vermeer a interesar por una razón opuesta: era un magnífico documento de cómo nos dejamos convencer.



