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Mito o realidad: Napoleón era excepcionalmente bajito
La propaganda contribuyó a encoger al emperador en la memoria popular; la confusión entre unidades es otra de las explicaciones propuestas. Su talla histórica cuenta otra historia.
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Veredicto
Mito
Napoleón murió en Santa Elena el 5 de mayo de 1821. Su cuerpo dejó de librar batallas; su estatura, por lo visto, no. Veredicto: mito. Las medidas históricas más citadas lo sitúan alrededor de 1,68 o 1,69 metros: nada excepcionalmente bajo para un hombre de su época. El emperador diminuto pertenece más a la caricatura que a la cinta métrica.
Un pie no siempre era un pie
Buena parte del embrollo cabe en una anotación: cinco pies y dos pulgadas. Leída con las unidades británicas, equivale aproximadamente a 1,57 metros. Aplicando las antiguas unidades francesas, el resultado ronda 1,68 metros. Los números parecen los mismos; la persona que dibujan, no.
Antes de que el sistema métrico pusiera orden, compartir el nombre de una unidad no garantizaba compartir su tamaño. El pie francés equivalía aproximadamente a 32,5 centímetros; el británico, a 30,48. Esa diferencia, repetida cinco veces y acompañada por las pulgadas correspondientes, bastaba para quitarle al emperador unos once centímetros sobre el papel.
¿Y los 1,69 metros que también aparecen en numerosas biografías? Las medidas atribuidas a Napoleón incluyen pequeñas diferencias y, a veces, subdivisiones adicionales del pie. Lo importante no es elegir un centímetro como si decidiéramos una final olímpica: las cifras habituales no describen a un hombre extraordinariamente pequeño.
Compararlo con un adulto actual puede despistar. Las poblaciones europeas de comienzos del siglo XIX eran, en general, más bajas que las actuales, aunque había diferencias entre regiones y grupos sociales. Su altura encajaba en las tallas corrientes de entonces. Para desmentir el tópico no hace falta convertirlo en un gigante: basta con devolverle sus centímetros.
El lápiz británico también medía
La confusión entre unidades es una explicación popular del mito, aunque su papel histórico no está bien establecido. El Napoleón diminuto ya circulaba en la propaganda británica durante su vida. Mientras sus ejércitos trastocaban el mapa europeo, los caricaturistas encontraron una forma económica de rebajar al enemigo: hacerlo pequeño. La tinta salía bastante más barata que los cañones.
Uno de los grandes responsables de esa imagen fue James Gillray. Sus caricaturas presentaban a Bonaparte como un personaje pequeño y de ambiciones desmesuradas, conocido en la sátira británica como Little Boney. El contraste tenía intención política: aquel militar que aspiraba a dominar Europa podía quedar reducido a un crío furioso.
En 1805, Gillray publicó The Plumb-pudding in Danger, una de sus estampas más célebres. En ella, el primer ministro británico William Pitt y Napoleón se reparten un globo terráqueo servido como un pudin. Pitt aparece larguirucho; Bonaparte, mucho menor. Aquello no era un reconocimiento médico: era una cuchillada política con mantel.
La distinción importa. Una caricatura exagera rasgos para que reconozcas al personaje y entiendas el chiste de inmediato. Repetida durante años, puede acabar funcionando como un retrato en la memoria colectiva. En este caso, el hombre menudo sobrevivió al adversario militar y terminó instalado en la cultura popular.
Pequeño entre gigantes de uniforme
También se ha propuesto una explicación visual: Napoleón se dejaba ver junto a miembros de su Guardia Imperial, cuyas unidades incluían soldados seleccionados por su elevada estatura. Al lado de hombres especialmente altos, una persona de talla corriente parece menor. Añade los grandes gorros de pelo de los granaderos y el encuadre hace buena parte del trabajo.
También estaba el apodo de le Petit Caporal, el Pequeño Cabo, una denominación afectuosa asociada a su relación con los soldados. Tomarla como una ficha antropométrica sería confundir familiaridad con centímetros. Ni el apodo ni la escolta bastan para explicar el mito, pero ambos podían reforzar una imagen que ya tenía magníficos publicistas enemigos.
Así llegó hasta nosotros un Napoleón encogido por la sátira política, una imagen que también se ha intentado explicar por la confusión entre unidades y las comparaciones visuales. Gillray no necesitó demostrar cuánto medía su adversario. Le bastó con sentarlo ante un planeta convertido en postre: el comensal más pequeño de la mesa quería llevarse un trozo descomunal.



