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Lotte Reiniger: el prodigio de animar un largometraje con siluetas de papel

Durante tres años, una directora alemana dio vida a príncipes, hechiceros y caballos voladores moviendo recortes ante una cámara. Su película de 1926 todavía puede verse.

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Mesa iluminada con siluetas articuladas, tijeras y una cámara antigua para animarlas fotograma a fotograma.

Un caballo se eleva por los aires con un príncipe a lomos. No tiene pelo, músculos ni volumen: es una silueta negra que atraviesa un fondo luminoso. Sin embargo, basta con verlo moverse para aceptar que vuela. En Las aventuras del príncipe Achmed, estrenada en 1926, un recorte consigue lo que cualquier película persigue: que olvides de qué está hecho lo que tienes delante.

Detrás de ese caballo estaba Lotte Reiniger, una directora alemana que convirtió las tijeras en una herramienta cinematográfica. Su largometraje se conserva un siglo después, mientras que otras películas pioneras de la animación se perdieron. Pero antes de llegar a esa supervivencia extraordinaria hay que acercarse a una mesa de trabajo. Allí, el cine avanzaba a pequeños empujones.

La niña que ya tenía un teatro entre las manos

Reiniger nació en Charlottenburg, hoy parte de Berlín, en 1899. De niña recortaba siluetas y preparaba representaciones para su familia, atraída por el teatro de sombras. El principio era sencillo: interponer una figura entre una luz y una superficie para que apareciera su sombra. Lo difícil era conseguir que aquella mancha oscura tuviera personalidad.

El cine añadió una posibilidad nueva. Reiniger admiraba las películas de trucos de Georges Méliès y el trabajo del actor y director alemán Paul Wegener. En 1915 asistió a una conferencia de Wegener sobre las posibilidades técnicas del cine. Sus intereses encajaban: ella tenía figuras que podían adoptar distintas poses; la cámara permitía registrar cada una y convertirlas después en movimiento.

Su habilidad con las tijeras le abrió las puertas del entorno cinematográfico de Wegener. En 1919 realizó El ornamento del corazón enamorado, su primera película de siluetas. En aquellos años conoció también a Carl Koch, con quien se casó en 1921. Koch sería un colaborador esencial en su trabajo: esta aventura de recortes necesitaba tanta imaginación como organización detrás de la cámara.

Un rodaje donde un gesto podía llevar horas

Las figuras de Reiniger no eran simples muñecos de papel colocados de una pieza. Se construían con materiales como cartón y finas láminas de plomo, y sus partes se unían mediante articulaciones. Un brazo podía girar; una rodilla, doblarse; la cabeza, inclinarse. El personaje quedaba preparado para actuar, aunque no iba a hacerlo por su cuenta.

Los recortes se disponían sobre una superficie de vidrio iluminada desde abajo, con la cámara situada encima. Reiniger ajustaba una posición y se fotografiaba un fotograma. Después desplazaba ligeramente una mano, una pierna o el cuerpo entero, y se tomaba el siguiente. El movimiento no sucedía durante la fotografía: aparecía al proyectar las imágenes una detrás de otra.

Ahí estaba la trampa y también el esfuerzo. Una mano que saludaba durante unos segundos exigía una sucesión de posiciones cuidadosamente calculadas. Si el salto entre dos de ellas era demasiado grande, el gesto podía dar un tirón. Si era demasiado pequeño, el personaje parecía moverse con una lentitud desesperante. El actor no protestaba, pero tampoco ayudaba.

Además, una silueta obliga a contar mucho con muy poco. No hay un rostro modelado que permita leer un rubor o una arruga. Una inclinación de cabeza, la curva de la espalda o la distancia entre dos personajes deben expresar miedo, deseo o desconfianza. Reiniger no se limitaba a mover recortes: dirigía interpretaciones que cabían en un contorno.

Tres años para hacer volar a Achmed

El proyecto del largometraje arrancó en 1923 gracias al apoyo económico de Louis Hagen, un banquero que conocía el trabajo de Reiniger. La producción se prolongó durante tres años. Ella dirigía y animaba las figuras; Carl Koch se ocupaba de tareas técnicas y de producción. También colaboraron artistas como Walter Ruttmann y Berthold Bartosch, vinculados al cine experimental y la animación.

La historia tomó elementos de Las mil y una noches. El príncipe Achmed, un hechicero, un caballo volador, la princesa Pari Banu y Aladino compartían una aventura de viajes y enfrentamientos mágicos. Era un terreno perfecto para las siluetas: criaturas que cambiaban de forma y escenarios imposibles podían surgir de la misma mesa que un saludo cortesano.

Para que ese universo no pareciera una colección de figuras pegadas sobre una pared, el equipo trabajó con fondos y elementos distribuidos en distintos planos. Las capas ayudaban a crear profundidad y permitían combinar movimientos. La película también utilizó efectos para sus transformaciones y escenas mágicas. El taller tenía algo de escenario teatral y algo de laboratorio.

Y las siluetas negras no significaban una película enteramente en blanco y negro. Las copias llevaban tintados que bañaban las escenas de color. Aquel mundo podía volverse azul o dorado sin dejar de estar poblado por contornos oscuros. La partitura de Wolfgang Zeller añadía otra dimensión a una película muda que, en las salas, estaba pensada para acompañarse de música.

La palabra importante no es «primero», sino «conservado»

Las aventuras del príncipe Achmed se estrenó en 1926 y encontró público en ciudades como Berlín y París. Duraba más de una hora: no era un truco breve para sorprender entre otras proyecciones, sino una historia capaz de sostener por sí sola una sesión de cine.

A menudo se la presenta como el primer largometraje de animación. Es el más antiguo que se conserva, no el primero que se realizó. La diferencia tiene un protagonista anterior: Quirino Cristiani, un italiano establecido en Argentina que dirigió El apóstol, estrenado en 1917.

Aquella película era una sátira política sobre el presidente argentino Hipólito Yrigoyen y también empleaba animación de recortes. Sus copias se perdieron en un incendio en 1926. El mismo año en que Achmed llegaba a las pantallas, desaparecía la posibilidad de volver a ver a su predecesor.

Por eso, la historia del cine no se ordena únicamente por fechas de estreno. También depende de qué materiales sobrevivieron. Reiniger ocupa un lugar excepcional porque podemos observar su trabajo, no solo leer que existió. Puedes seguir el movimiento de sus personajes y juzgar su inventiva sin tener que reconstruirla a partir de fotografías y testimonios.

Lo que sobrevivió al fuego y al olvido

La película de Reiniger tampoco llegó intacta hasta nosotros: su negativo original se perdió. Para la restauración de 1999, realizada por el Deutsches Filmmuseum, resultó esencial una copia conservada en el British Film Institute. Preservar cine puede parecer una tarea de almacén; en realidad, decide qué parte de la imaginación del pasado seguirá siendo visible.

Reiniger continuó haciendo películas de siluetas durante décadas, muchas basadas en cuentos. Tras años de desplazamientos por Europa, se instaló en el Reino Unido en 1949. Sus tijeras siguieron dando forma a personajes cuando la animación comercial ya había tomado otros caminos.

Hoy puedes ver a Achmed montar su caballo y elevarse otra vez. Sabes que está construido con piezas articuladas y que cada gesto fue colocado a mano. Da igual: cuando despega, no estás mirando cartón. Estás mirando un caballo que vuela.

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