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La madre de todas las demos: los 90 minutos que enseñaron el futuro

En 1968, Douglas Engelbart convirtió una conferencia en una ventana al ordenador que hoy usas. Detrás del espectáculo había un equipo y una ambición mucho mayor que mover un cursor.

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Ilustración de una demostración informática de los años sesenta, con ratón, teclado y una gran pantalla de colaboración remota.

El 9 de diciembre de 1968, Douglas Engelbart se sentó ante una consola en el Brooks Hall de San Francisco. Tenía un teclado, una pequeña caja con botones bajo la mano derecha y un dispositivo de cinco teclas a la izquierda. Sobre él, una enorme pantalla mostraba lo que hacía. Durante unos 90 minutos, aquella conferencia de informática pareció recibir una visita del futuro.

Engelbart movía un cursor, corregía texto, saltaba entre documentos y trabajaba con un colega situado a decenas de kilómetros. No enseñaba una película sobre lo que algún día podrían hacer los ordenadores: estaba utilizando un sistema real, conectado con su laboratorio.

La sesión acabaría siendo conocida como «La madre de todas las demos». El apodo llegó después; aquel día, el reto era bastante más terrenal: conseguir que una compleja cadena de ordenadores, cámaras y conexiones funcionara delante del público.

Un ordenador que no obligara a esperar

Para entender el sobresalto, conviene recordar cómo se trabajaba entonces con muchas máquinas. Preparabas un programa, lo entregabas para su ejecución y esperabas los resultados. Las tarjetas perforadas eran habituales. Si habías cometido un error, tocaba corregirlo y repetir el viaje. La conversación con el ordenador tenía bastante de intercambio de correspondencia.

Ya existían sistemas interactivos y pantallas; Engelbart no apareció en un desierto tecnológico. Lo extraordinario fue reunir tantas posibilidades en un entorno coherente y mostrarlas funcionando. En lugar de entregar instrucciones y retirarse, el usuario podía actuar sobre la información y ver la respuesta al momento.

Pero su obsesión no era fabricar una máquina de escribir más rápida. Engelbart quería que las personas pudieran enfrentarse mejor a problemas complejos. En 1962 había expuesto ese programa en el informe Augmenting Human Intellect: A Conceptual Framework: ampliar la capacidad intelectual mediante herramientas, métodos y nuevas formas de trabajar.

Entre sus antecedentes estaba Vannevar Bush, que en 1945 había descrito el memex, una máquina hipotética para consultar información y establecer recorridos entre documentos. Engelbart llevó esa aspiración hacia los ordenadores. La cuestión no era solo cuánto calculaban, sino qué podían permitirnos pensar y hacer juntos.

En el Stanford Research Institute, en Menlo Park, dirigió el Augmentation Research Center. Su equipo desarrolló NLS, abreviatura de oN-Line System. El nombre sonaba menos vistoso que la misión: convertir el ordenador en un espacio de trabajo intelectual compartido.

La caja de madera que aprendió a señalar

El objeto que más fama se llevaría fue el ratón. Engelbart concibió el dispositivo, pero el ingeniero Bill English construyó el primer prototipo en 1964. Tenía una carcasa de madera y dos ruedas perpendiculares que registraban el movimiento sobre la mesa. No llevaba la bola que muchos lectores recuerdan ni el sensor óptico de los modelos actuales.

Su funcionamiento permitía traducir un desplazamiento físico en una posición en pantalla. Hoy parece obvio porque llevas años haciéndolo. Entonces había que decidir incluso cuál era la mejor manera de señalar: se probaron alternativas, entre ellas el lápiz óptico. El ratón no llegó con una etiqueta que dijera «ganador».

En la demostración, Engelbart utilizó una versión con tres botones. Mientras una mano señalaba, la otra podía manejar el teclado convencional o el pequeño teclado de cinco teclas. Este último permitía introducir órdenes mediante combinaciones de pulsaciones, como acordes. Era potente, aunque exigía aprendizaje: el futuro también tenía deberes.

Con esas herramientas, Engelbart editaba palabras sin rehacer una página entera, reorganizaba información y recorría documentos estructurados. Una lista de la compra servía para mostrar operaciones que el público podía comprender sin conocer los detalles del sistema. Pan y verduras como vehículos para explicar una revolución informática.

Los enlaces permitían saltar de una parte de la información a otra. No era la web, que llegaría mucho después, pero sí una demostración práctica del hipertexto. La pantalla dejaba de ser una hoja inmóvil: se convertía en una red de caminos que el usuario podía recorrer.

El otro protagonista estaba a unos 50 kilómetros

La parte más delicada estaba fuera del escenario. El ordenador que ejecutaba NLS, un SDS 940, permanecía en Menlo Park, a unos 50 kilómetros de San Francisco. El sistema utilizaba tiempo compartido: repartía sus recursos entre distintos usuarios para que pudieran trabajar de forma interactiva.

Hasta el auditorio llegaban imágenes y comunicaciones mediante una infraestructura preparada para la ocasión, que incluía enlaces de microondas. Cámaras, conexiones y equipos de proyección debían coordinarse. Bill English tuvo un papel central en la producción técnica. La aparente sencillez del cursor escondía un considerable trabajo entre bastidores.

En un momento de la sesión apareció en pantalla Bill Paxton, miembro del equipo que estaba en el laboratorio. Engelbart y Paxton podían conversar y colaborar sobre la información del sistema. El público veía al interlocutor remoto y el trabajo que realizaban: una combinación reconocible para cualquiera que haya compartido pantalla durante una videollamada.

No estaban conectando dos portátiles por internet. Utilizaban una instalación especializada, con el ordenador central y las comunicaciones de aquel proyecto. Precisamente por eso impresionaba: habían construido las condiciones necesarias para enseñar una forma de trabajar que todavía no estaba al alcance cotidiano de una oficina.

La colaboración no era un número añadido para provocar aplausos. Encajaba con la idea de Engelbart: los problemas difíciles requieren que varias personas intercambien información, revisen argumentos y construyan sobre el trabajo ajeno. El ordenador debía ayudar a ese proceso, no limitarse a entregar una respuesta.

El futuro no tenía un único autor

La grabación invita a imaginar a Engelbart inventándolo todo sobre la marcha. Sería una historia cómoda, pero equivocada. NLS era el resultado de años de trabajo colectivo, apoyado por financiación pública, incluida la de ARPA, la agencia estadounidense de investigación avanzada.

Tampoco todos los conceptos nacieron allí. Ivan Sutherland había mostrado en 1963, con Sketchpad, posibilidades extraordinarias de interacción gráfica. Ted Nelson había acuñado el término «hipertexto» en la década de 1960. La informática interactiva tenía varias raíces; la fuerza de aquella sesión estuvo en reunir herramientas y demostrar cómo podían apoyarse unas en otras.

Su influencia continuó por distintas vías. Investigadores que habían trabajado con Engelbart, entre ellos English, pasaron después a Xerox PARC, otro centro decisivo en el desarrollo de interfaces gráficas. Pero no hubo una transferencia instantánea desde el auditorio hasta el escritorio de cada casa. Convertir una visión en un producto cotidiano llevó años.

Además, Engelbart aspiraba a algo más exigente que una interfaz fácil de usar. Quería transformar herramientas y hábitos de trabajo a la vez. El pequeño teclado de acordes lo deja claro: no pretendía eliminar todo aprendizaje, sino ofrecer capacidades nuevas a quien estuviera dispuesto a dominarlas.

Hoy puedes ver la grabación en un ordenador, saltar a otro documento mediante un enlace y comentarla por videollamada. Lo desconcertante llega cuando vuelves a mirar la fecha: mientras tú usas esas herramientas para observar el pasado, en la pantalla de 1968 alguien ya está señalando hacia tu mesa.

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