Ibn Battuta: salió hacia La Meca y regresó veinticuatro años después
Atravesó desiertos, trabajó para un sultán y sobrevivió a viajes accidentados. Su gran aventura acabó convertida en un libro donde también hay préstamos y rutas discutidas.
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En junio de 1325, un joven de 21 años salió de Tánger sin compañeros de viaje. Dejaba atrás a sus padres y se dirigía a La Meca para cumplir la peregrinación musulmana. Se llamaba Ibn Battuta. Según recordaría después, la separación le resultó dolorosa; aun así, echó a andar. No regresaría a Marruecos hasta 1349.
Y aquella vuelta tampoco puso fin a sus desplazamientos. Todavía le quedaban al-Ándalus y un viaje al imperio de Malí. Cuando terminó de contar sus aventuras, su recorrido ocupaba buena parte del mundo conocido por los geógrafos musulmanes. La pregunta ya no era cómo había llegado tan lejos, sino cómo consiguió convertir tantos años en un libro.
La peregrinación que no encontraba el camino de vuelta
Ibn Battuta nació en 1304 en Tánger, en una familia vinculada al derecho islámico. Su formación jurídica sería una herramienta de viaje casi tan útil como el dinero: le abrió puertas y le permitió trabajar a miles de kilómetros de casa. No era un explorador enviado a dibujar territorios desconocidos, sino un peregrino que fue encadenando destinos.
Avanzó por el norte de África, pasó por Túnez y llegó a Egipto. Quiso alcanzar Arabia desde el mar Rojo, pero los conflictos de la zona frustraron aquel trayecto. Cambió de plan y tomó el camino de Siria, desde donde podía incorporarse a una caravana de peregrinos. El desvío acabaría formando parte del relato.
En 1326 llegó a La Meca. Había cumplido el propósito que lo había sacado de casa, pero no emprendió el regreso. Viajó por Irak y Persia, volvió a los lugares santos y continuó sumando etapas. La peregrinación se convirtió en una especie de bisagra: regresaba a La Meca y desde allí abría otra puerta.
Ese movimiento era posible gracias a una extensa red de ciudades, caravanas y rutas marítimas. El árabe, las instituciones religiosas y la hospitalidad facilitaban el tránsito de un musulmán instruido. Había fronteras y peligros, desde luego, pero también personas capaces de reconocer sus conocimientos y ofrecerle alojamiento o protección.
De peregrino a juez de un sultán
Su itinerario incluyó Yemen y puertos de la costa oriental africana, como Mogadiscio y Kilwa. Más adelante atravesó Anatolia y territorios de la Horda de Oro, el poder mongol asentado al norte del mar Negro y del Caspio. La Rihla también sitúa al viajero en Constantinopla, adonde habría llegado acompañando a una princesa bizantina.
Las conexiones importaban tanto como los caminos. Ibn Battuta buscaba sabios, visitaba gobernantes y aceptaba regalos. También dependía de decisiones ajenas: que una caravana partiese, que un puerto fuese seguro o que un poderoso tuviera ganas de recibirlo. El viaje medieval tenía bastante menos de libertad individual de lo que sugiere un mapa con una línea continua.
Hacia 1333 llegó a la India. En Delhi entró al servicio del sultán Muhammad bin Tughluq, que lo nombró cadí, es decir, juez. Su formación jurídica acababa de convertirse en un empleo de primera categoría, con remuneración y acceso a la corte.
Pero aquella corte tenía un reverso temible. Su narración presenta a un soberano capaz de repartir riquezas y ordenar castigos brutales. Para Ibn Battuta, prosperar allí significaba moverse cerca de una fuente de favores que también podía resultar mortal. El huésped distinguido nunca estaba completamente a salvo.
Un naufragio puede cambiarte de continente
En la década de 1340, el sultán lo envió como embajador hacia China. La misión sufrió ataques y accidentes antes de alcanzar su destino. En Calicut, en la costa india, un temporal y la pérdida de las embarcaciones desbarataron la expedición. Ibn Battuta quedó separado de buena parte de sus bienes y de su comitiva.
En lugar de volver directamente a Delhi, encadenó nuevas escalas. Vivió en las Maldivas, donde volvió a ejercer como juez, y viajó a Sri Lanka. Allí ascendió al pico de Adán, una montaña asociada a tradiciones religiosas distintas. Su libro convierte el océano Índico en lo que ya era: un espacio de conexiones, no un vacío entre continentes.
Después sitúa sus pasos en Bengala, Sumatra y China. Sin embargo, el alcance real de su viaje chino sigue siendo discutido. Algunos investigadores aceptan una estancia limitada; otros cuestionan partes importantes de esa sección. Que una ciudad aparezca en su relato no demuestra, por sí solo, que la pisara.
También plantea dificultades su supuesta visita a Bolgar, en la región del Volga: los tiempos de desplazamiento resultan problemáticos. La sospecha no invalida automáticamente el resto del viaje. Obliga a separar las etapas plausibles de aquellas donde la cronología o la descripción no terminan de encajar.
Volver a casa tampoco era llegar al final
En 1349 regresó a Marruecos, después de atravesar regiones golpeadas por la peste negra. Su padre había muerto durante su ausencia; su madre también había fallecido, poco antes de su regreso. El joven que salió a peregrinar volvía convertido en un hombre de unos 45 años, pero la familia que había dejado ya no podía recibirlo.
Aún viajó a al-Ándalus y, en 1352, emprendió la travesía del Sáhara hacia el imperio de Malí. Pasó por Taghaza, un enclave dedicado a la extracción de sal, y alcanzó la corte de Mansa Sulayman. No era el célebre Mansa Musa, sino uno de sus sucesores.
Su descripción de África occidental recoge comercio, ceremonias y costumbres que unas veces admira y otras juzga con severidad. Ibn Battuta no viajaba sin prejuicios: observaba desde su educación religiosa y jurídica. Precisamente por eso, su relato informa tanto sobre los lugares visitados como sobre el hombre que los contemplaba.
La última aventura ocurrió sobre el papel
Tras su regreso a Marruecos en 1354, el sultán meriní Abu Inan encargó poner por escrito sus recuerdos. El responsable de darles forma fue Ibn Juzayy, un literato de origen granadino. La obra quedó terminada en 1355 y hoy suele conocerse como Rihla, palabra árabe que significa «viaje» y designa también un género literario.
No estamos ante un diario conservado día a día. Es una narración retrospectiva, elaborada con intervención de un escritor. Además, contiene préstamos de otros textos, entre ellos el relato del viajero Ibn Jubayr. Algunas descripciones de lugares, por tanto, proceden de la biblioteca y no necesariamente de los ojos de Ibn Battuta.
Ahí reside parte de su interés: es testimonio y construcción literaria a la vez. El viajero aportó recuerdos; el redactor les dio una forma destinada a ser leída. Después de atravesar desiertos y mares, Ibn Battuta todavía tuvo que salvar otra distancia: la que separa una vida de la página que pretende contenerla.



