Hatshepsut y los barcos que trajeron un bosque del misterioso país de Punt
Cinco naves cruzaron el mar Rojo en busca de productos de lujo. En Deir el-Bahari, sus cargamentos quedaron tallados en piedra, pero el destino de aquel viaje sigue dando que hablar.
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Unos hombres cargan árboles con los cepellones recogidos en cestos. Otros transportan mercancías hacia unos barcos que esperan junto a la costa. La escena podría pertenecer a un puerto dedicado a exportar plantas, pero lleva unos 3.500 años tallada en el templo funerario de Hatshepsut, en Deir el-Bahari, frente a la antigua Tebas. Aquellos árboles hicieron un viaje extraordinario: desde el país de Punt hasta Egipto, con las raíces a cuestas.
Los relieves permiten seguir una expedición enviada hacia 1470 a. C. por una mujer que gobernó como faraón. Hay barcos, productos de lujo y gobernantes extranjeros. Falta, eso sí, una pieza que hoy agradeceríamos muchísimo: un mapa.
Una faraona con un reino que demostrar
Hatshepsut era hija de Tutmosis I y esposa de Tutmosis II. Cuando murió su marido, el heredero, Tutmosis III, era todavía un niño. Ella asumió la regencia y, después, adoptó la titulatura y los atributos del faraón, compartiendo formalmente la realeza con el joven monarca. No se limitó a guardar el trono mientras él crecía: se convirtió en rey.
Por eso aparece en numerosas representaciones con barba ceremonial y otros símbolos masculinos del poder. No era un disfraz para ocultar que era mujer, sino una forma de expresar su cargo mediante el lenguaje visual de la monarquía egipcia. La institución tenía un vestuario muy establecido y Hatshepsut se puso sus insignias.
Su reinado, durante el siglo XV a. C., dejó una intensa actividad constructora. Entre sus grandes proyectos destaca el templo de Deir el-Bahari, encajado bajo los acantilados de la orilla occidental del Nilo. Sus terrazas y pórticos servían al culto, pero también contaban una historia política: Hatshepsut gobernaba con el respaldo de los dioses y proporcionaba prosperidad a Egipto.
Cinco barcos y un destino sin coordenadas
La expedición a Punt pertenece al noveno año de su reinado. Los relieves muestran cinco barcos de navegación marítima, con velas, remos y amplios cascos para transportar personas y carga. El destino se encontraba dentro de las redes comerciales del mar Rojo, aunque el itinerario completo de aquel viaje no puede reconstruirse con seguridad.
Punt no era un descubrimiento de Hatshepsut. Los egipcios mantenían contactos con aquella región desde muchos siglos antes: existen testimonios que se remontan al Reino Antiguo, y el faraón Sahura, de la dinastía V, ya dejó constancia de productos procedentes de allí. La expedición de la reina reactivaba una relación prestigiosa, no inauguraba el comercio exterior.
¿Qué hacía tan atractivo aquel destino? Sobre todo, productos difíciles de conseguir en el valle del Nilo: resinas aromáticas, ébano, marfil, oro y animales. Los perfumes tenían usos religiosos y estaban asociados al lujo. Quemar sustancias aromáticas ante un dios requería una cadena de suministro bastante terrenal: recolectores, intermediarios, cargadores y marineros.
En la versión oficial, la empresa respondía a la voluntad de Amón. El dios impulsaba el viaje y la soberana cumplía su mandato. Era una manera excelente de presentar una operación comercial: además de rentable y prestigiosa, tenía aprobación divina.
El cargamento que había que mantener vivo
Al llegar a Punt, los expedicionarios encontraron un paisaje que los artistas egipcios representaron con viviendas elevadas sobre postes, árboles y animales. También retrataron a su gobernante, Parehu, y a su esposa, Ati. Ella aparece con una corpulencia muy marcada, un detalle que ha generado interpretaciones médicas retrospectivas difíciles de comprobar. Su retrato no necesita un diagnóstico para resultar excepcional.
Los visitantes llevaron bienes para el intercambio y regresaron con un cargamento que los relieves exhiben con evidente orgullo. Pero, entre colmillos, maderas y sustancias aromáticas, había algo especialmente delicado: árboles vivos, transportados con sus raíces. El relato de la expedición menciona treinta y un árboles de mirra.
No bastaba con apilarlos en la bodega. Había que conservar sus raíces y mantenerlos vivos durante el traslado. Los cestos que aparecen en las escenas muestran cómo se protegían los cepellones. No llevaban únicamente perfume listo para quemar: intentaban trasladar también los organismos que lo producían.
Según el programa del templo, los árboles se plantaron en el recinto de Amón en Deir el-Bahari. Era una operación de abastecimiento con ambición botánica: hacer crecer en suelo egipcio una pequeña porción de aquella tierra lejana. El jardín también podía ser una declaración de poder.
¿Dónde estaba Punt? Las pistas tienen pelo
La ubicación exacta de Punt sigue siendo discutida. Las propuestas se han concentrado en las costas meridionales del mar Rojo y su entorno, especialmente en el Cuerno de África. Territorios que hoy pertenecen a Eritrea, Etiopía, Yibuti o Somalia aparecen en el debate, junto con posibles conexiones con la orilla arábiga.
Los productos ofrecen indicios, pero no coordenadas. Una mercancía podía recorrer varias etapas antes de llegar al puerto donde la compraban los egipcios. Encontrar marfil en un mercado no demuestra que los elefantes vivieran detrás del almacén. Además, Punt pudo designar una región comercial y no un Estado con fronteras como las actuales.
En 2020, un estudio publicado en eLife añadió una pista inesperada: babuinos momificados del antiguo Egipto conservados en museos británicos. Los investigadores analizaron isótopos en sus tejidos y los compararon con los de animales de distintas zonas. Estas señales químicas guardan información sobre el entorno en el que un animal creció.
Los resultados apoyaron un origen en torno al sur del mar Rojo y el Cuerno de África para ejemplares estudiados del Reino Nuevo. No eran pasajeros identificados de los barcos de Hatshepsut, ni el análisis colocó una chincheta definitiva sobre Punt. Sí aportó pruebas independientes sobre el alcance de las redes que llevaban animales hasta Egipto.
Un puerto convertido en propaganda de piedra
Los relieves de Deir el-Bahari son una fuente extraordinaria porque reúnen embarcaciones, cargamentos, paisajes y personas en una narración extensa. Pero no son fotografías de prensa. El templo presenta el viaje como un éxito de la soberana y de Amón; los bienes extranjeros pueden aparecer bajo el lenguaje del tributo, aunque detrás hubiera intercambios comerciales.
Décadas después, bajo Tutmosis III, muchas imágenes y nombres de Hatshepsut fueron eliminados o modificados. Las razones de aquella campaña siguen siendo objeto de debate: reducirla a una venganza familiar resulta demasiado sencillo. El ataque contra su memoria tampoco borró todo lo que había construido.
Hoy puedes contemplar todavía a los cargadores de Punt con sus árboles a hombros. No sabemos señalar con precisión el puerto del que salieron, pero reconocemos el cuidado de sus manos alrededor de las raíces. Del país se perdió la dirección; del equipaje, hasta el embalaje quedó en piedra.



