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Mito o realidad: en la Edad Media todo el mundo creía que la Tierra era plana
Muchos estudiosos medievales conocían la forma de nuestro planeta. La leyenda del disco y del navegante que se atrevió a desafiarlo se hizo popular siglos después.
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Veredicto
Mito
Hacia 1230, Johannes de Sacrobosco escribió un manual de astronomía que explicaba que la Tierra era una esfera. Se convirtió en una obra de referencia en las universidades europeas. Veredicto: es un mito que en la Edad Media todo el mundo creyera que la Tierra era plana. El planeta redondo no era un secreto reservado a un puñado de rebeldes: formaba parte del saber de numerosos autores y estudiosos.
Una esfera mucho antes de las carabelas
La idea venía de lejos. Aristóteles, en el siglo IV a. C., defendió la esfericidad terrestre con argumentos como la sombra curva que proyecta la Tierra durante los eclipses de Luna. Un siglo después, Eratóstenes calculó su circunferencia comparando la altura del Sol en dos lugares de Egipto. Sin satélites, pero con geometría.
Ese conocimiento no desapareció al terminar la Antigüedad. En el siglo VIII, el monje inglés Beda el Venerable describió la Tierra como una bola, no como un disco. Su interés por la astronomía tenía una aplicación muy concreta: entender el calendario y calcular la fecha de la Pascua. La ciencia del cielo también organizaba la agenda del monasterio.
Más tarde, el De sphaera mundi de Sacrobosco reunió conocimientos astronómicos que circularon durante siglos. Para explicar la curvatura terrestre, recurría, entre otros argumentos, a lo que observa quien se aproxima por mar a una costa: los elementos elevados aparecen antes que los bajos. El horizonte daba pistas sin necesidad de abandonar el planeta.
También los estudiosos del mundo islámico trabajaron con una Tierra esférica y desarrollaron métodos para medirla. El conocimiento medieval no cabía en una sola biblioteca europea: circulaba por distintas lenguas y centros de estudio.
¿Pensaba así cada campesino, artesano o mercader? No tenemos una encuesta medieval que permita responder. Lo que sí tenemos son textos suficientes para desmontar el «todo el mundo». Hubo autores que defendieron modelos planos, como Cosmas Indicopleustes en el siglo VI, pero su existencia no convierte esa postura en la doctrina general de una época.
Colón no discutía sobre caerse por el borde
La escena resulta irresistible: Colón propone navegar hacia occidente y unos sabios aterrados le advierten de que caerá al vacío. Tiene aventura, suspense y un protagonista dispuesto a llevar la contraria. Solo le falla una cosa: no refleja el verdadero núcleo de la discusión.
Las objeciones al proyecto colombino tenían mucho que ver con la distancia hasta Asia. Colón manejaba una estimación demasiado pequeña del tamaño terrestre y situaba las tierras asiáticas demasiado cerca por la ruta occidental. Sus críticos tenían buenos motivos para considerar que la travesía excedería la autonomía de sus barcos.
En 1492 encontró tierras americanas antes de llegar a Asia. América no demostró que el planeta fuera redondo: permitió que una expedición basada en cálculos equivocados encontrara tierra antes de agotar sus recursos. El golpe de suerte fue geográfico, no geométrico.
Tampoco un mapamundi medieval circular prueba que su autor creyera vivir sobre un disco. Muchos mapas organizaban lugares con criterios religiosos y simbólicos. Dibujar el mundo en una superficie plana no equivale a declarar plano el planeta, igual que tu mapa de carreteras no constituye una teoría cosmológica.
El mito se hizo grande en el siglo XIX
En 1828, Washington Irving publicó una biografía de Colón que mezclaba historia con recreaciones literarias. Su relato dramatizó el enfrentamiento entre el navegante y sus adversarios y ayudó a popularizar la imagen del héroe que combatía una ignorancia medieval dominada por prejuicios religiosos.
Después, obras de John William Draper, en 1874, y Andrew Dickson White, en 1896, reforzaron un relato de conflicto permanente entre ciencia y religión. La Tierra plana encajaba perfectamente: ofrecía un pasado oscuro contra el que hacer brillar el progreso.
Pero basta abrir la Divina comedia, escrita a comienzos del siglo XIV, para que el decorado se venga abajo. Dante sitúa su viaje en una Tierra esférica: al atravesar su centro, cambia la dirección de la bajada y comienza la subida. El poeta medieval ya había convertido el planeta redondo en escenario de una aventura mientras el supuesto borde del mundo seguía sin aparecer.



