🌍 Geografía · 🧐 Mito o realidad
Mito o realidad: el Sáhara es el desierto más grande del mundo
El gigante africano tiene un rival de unos 14 millones de kilómetros cuadrados. Está cubierto de hielo y demuestra que, para ser desierto, no hace falta pasar calor.
Ahora ya lo sabes3 min de lecturaCon mini-quiz

Veredicto
Mito
La Antártida ocupa unos 14 millones de kilómetros cuadrados; el Sáhara, alrededor de 9 millones. Veredicto: mito. El gigante africano no es el desierto más grande del mundo si contamos los desiertos polares. Su título auténtico lleva una palabra que suele caerse por el camino: es el mayor desierto cálido.
La diferencia no es pequeña. El continente antártico tiene aproximadamente una vez y media la superficie del Sáhara. Y, aunque esté casi por completo cubierto de hielo, cumple el requisito que importa: recibe muy pocas precipitaciones. La arena no es obligatoria; el termómetro tampoco tiene voto.
El espejismo de las dunas
Si alguien te pide que dibujes un desierto, probablemente trazarás dunas, un sol implacable y quizá un camello con cara de necesitar vacaciones. Esa asociación explica buena parte de la confusión: el paisaje sahariano se ha convertido en la imagen popular del desierto. Pero una imagen reconocible no equivale a una definición geográfica.
El Sáhara atraviesa el norte de África, desde el Atlántico hasta el mar Rojo. Su tamaño, su calor y sus grandes campos de dunas hacen comprensible que se lleve el protagonismo. Cuando se omite el apellido «cálido», una afirmación correcta se transforma en otra que ya no lo es.
Además, ni siquiera el Sáhara es una alfombra continua de arena. También tiene extensas llanuras pedregosas, mesetas rocosas y montañas. Los campos de dunas, llamados ergs, son solo una parte de su paisaje: un desierto puede parecerse más a una cantera gigantesca que al decorado de una película de aventuras.
La prueba está en lo que cae del cielo
Un desierto se caracteriza por la aridez, no por el calor. En términos generales, recibe precipitaciones escasas y dispone de poca agua para sostener una vegetación abundante. La lluvia importa, pero también la nieve: ambas cuentan como agua que llega desde la atmósfera.
Como referencia habitual, se considera desértica una región que recibe menos de unos 250 milímetros de precipitación al año. Para visualizarlo, piensa en una superficie horizontal donde se recogiera toda esa agua sin que se evaporase ni escapara: formaría una lámina de 25 centímetros de altura a lo largo de todo un año.
Esa cifra sirve de orientación, no de frontera universal. Las clasificaciones climáticas también tienen en cuenta cuánta agua puede perderse por evaporación y por la actividad de las plantas. Con el mismo aporte de lluvia, un lugar muy caluroso puede resultar más árido que otro frío.
En algunas zonas del interior antártico caen menos de 50 milímetros anuales, expresados como agua equivalente. Eso significa calcular cuánto mediría la nieve si se fundiera. Es menos de una quinta parte de aquella referencia de 250 milímetros: un paisaje blanco puede ser extraordinariamente seco.
Mucho hielo, muy poca entrega a domicilio
El 14 de diciembre de 1911, Roald Amundsen y sus cuatro compañeros alcanzaron el polo sur. Bajo sus pies no había dunas, sino una enorme masa de hielo. El escenario parece contradecir la palabra «desierto», hasta que separas dos cosas distintas: el agua almacenada y la que llega cada año.
El hielo antártico es una reserva acumulada durante muchísimo tiempo. La nieve que cae puede permanecer, compactarse y acabar convertida en hielo, porque el frío dificulta que se funda. No hacen falta nevadas abundantes cada año para construir una gran reserva si el proceso continúa durante miles de años.
Aproximadamente el 98 % de la superficie antártica está cubierto de hielo. Sus costas reciben más precipitación que el interior, y algunas zonas sin hielo, como los valles secos de McMurdo, muestran un paisaje de roca desnuda. La Antártida no tiene un único aspecto ni una sequedad uniforme.
El Sáhara conserva, por tanto, su corona entre los desiertos cálidos. Pero la corona absoluta está en el otro extremo del termómetro: sobre un continente que guarda una inmensa reserva de agua dulce y, aun así, recibe tan poca agua nueva que es un desierto.



