El rinoceronte de Durero: cinco siglos con una armadura inventada
Un animal llegado de la India revolucionó Lisboa en 1515. A miles de kilómetros, un artista que nunca lo vio creó la imagen que acabaría enseñando a Europa cómo era un rinoceronte.
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El 3 de junio de 1515, en Lisboa, un rinoceronte y un elefante tenían una cita organizada por el rey Manuel I de Portugal. No era precisamente una visita de cortesía: se esperaba comprobar la enemistad entre ambos animales descrita por autores antiguos como Plinio el Viejo. El espectáculo duró poco. El joven elefante huyó y dejó al rinoceronte sin contrincante.
Aquel recién llegado ya era una celebridad. Pero su mayor triunfo no ocurriría en Portugal, sino en un taller de Núremberg. Allí, Alberto Durero iba a convertirlo en una de las imágenes de animales más influyentes de la historia. Tenía un pequeño inconveniente: jamás había visto un rinoceronte.
Un regalo demasiado grande para pasar inadvertido
El animal había desembarcado en Lisboa el 20 de mayo de 1515, después de un largo viaje desde la India. Era un rinoceronte indio, una especie de un solo cuerno cuya piel forma grandes pliegues. En una Europa sin fotografías ni documentales, encontrarse con aquella mole debía de parecerse bastante a ver llegar un animal escapado de un libro de prodigios.
Su recorrido había comenzado como una operación diplomática. Muzaffar Shah II, sultán de Gujarat, lo entregó a Afonso de Albuquerque, gobernador de la India portuguesa. Albuquerque decidió enviárselo a Manuel I. Los animales exóticos eran regalos de prestigio: demostraban riqueza, contactos y capacidad para traer hasta una corte criaturas de territorios lejanos.
Lisboa era entonces uno de los grandes puntos de llegada de las rutas portuguesas por el océano Índico. Por sus muelles entraban mercancías y noticias que ensanchaban el mapa mental europeo. Pero una cosa era descargar especias y otra bajar de un barco un rinoceronte vivo, el primero documentado en Europa desde la Antigüedad romana.
Manuel I quiso aprovechar el asombro. La fallida confrontación con el elefante tenía algo de espectáculo cortesano y algo de examen práctico a los libros antiguos. Plinio había descrito al rinoceronte como enemigo del elefante, capaz de atacarle el vientre con su cuerno. En Lisboa, al menos, no hubo ocasión de comprobar aquella técnica.
A Núremberg llegó la noticia, no el animal
Las noticias viajaron mucho más deprisa que el rinoceronte. Una descripción escrita y un dibujo del animal llegaron hasta Durero, que trabajaba en Núremberg, una ciudad sin acceso al mar y muy lejos del puerto portugués. Con ese material elaboró en 1515 su propia versión: primero un dibujo y después la célebre xilografía.
Durero no era un aficionado que rellenaba huecos con entusiasmo. Era un artista consagrado, extraordinariamente atento a la naturaleza. Su acuarela de una liebre, realizada en 1502, basta para comprobar su capacidad de observación. Pero aquí faltaba precisamente lo que mejor sabía hacer: mirar al modelo directamente.
El rinoceronte impreso conserva rasgos reconocibles del animal real: el cuerpo voluminoso, las patas robustas y el gran cuerno sobre el hocico. Sin embargo, su piel parece organizada en piezas de armadura, con bordes, remaches y superficies cubiertas de dibujos. Sobre el lomo aparece incluso un pequeño cuerno retorcido que ningún rinoceronte indio lleva allí.
La invención no partía de cero. Los pliegues de esta especie producen un aspecto acorazado muy llamativo. Durero llevó esa apariencia hasta convertirla en una estructura casi mecánica: donde había piel gruesa, el ojo encuentra placas; donde había texturas difíciles de interpretar a distancia, aparecen patrones minuciosos.
La inscripción que acompaña la imagen también contribuía a su autoridad. Presentaba la llegada del animal y describía sus características, mezclando noticias recientes con ideas heredadas sobre su dureza y su rivalidad con el elefante. Aquello no parecía una fantasía: parecía una ficha informativa respaldada por un dibujo de precisión extraordinaria.
La imprenta le fabricó una segunda piel
La gran ventaja de aquel rinoceronte estaba en cómo se había hecho. Una xilografía se obtiene tallando una matriz de madera: las partes que quedan en relieve reciben tinta y se imprimen sobre papel. El dibujo deja de ser un objeto único. Puede circular en numerosos ejemplares.
Durero dominaba ese mundo de imágenes reproducibles. Su rinoceronte podía viajar sin jaula, sin comida y sin embarcar a un cuidador. Llegaba a personas que nunca tendrían la oportunidad de contemplar al animal verdadero. Y cuanto más circulaba, más posibilidades tenía de convertirse en el modelo que otros artistas y lectores daban por bueno.
Había alternativas. Hans Burgkmair realizó también en 1515 una xilografía del rinoceronte, con una apariencia menos fantástica y sin el pequeño cuerno dorsal de Durero. Pero una imagen más fiel no gana necesariamente la carrera de la difusión. La versión de Núremberg tuvo una fortuna mucho mayor.
Su autoridad se reforzó al entrar en los libros de historia natural. Conrad Gessner incorporó una versión basada en ella a su Historiae animalium, cuyo primer volumen apareció en 1551. El rinoceronte de armadura pasaba así del mercado de estampas a una obra de consulta sobre animales.
Ese salto explica buena parte del éxito. Un lector encontraba la misma figura en contextos distintos y podía interpretarlo como una confirmación. En realidad, muchas imágenes repetían un único punto de partida. No eran varios testigos: era un mismo dibujo multiplicado. Sus detalles transmitían seguridad incluso cuando esos detalles eran inventados.
El original se hundió; la copia siguió viajando
Mientras su doble de papel empezaba a circular, Manuel I decidió enviar el rinoceronte al papa León X. El animal volvió a embarcar a finales de 1515, rumbo a Italia. Durante una escala en Francia, Francisco I pudo verlo cerca de Marsella. La criatura seguía acumulando espectadores de primera fila.
Pero a comienzos de 1516 el barco naufragó durante una tormenta cerca de la costa de Liguria, en las proximidades de Porto Venere. El rinoceronte murió. Su recorrido europeo había durado apenas unos meses; el de la imagen de Durero apenas acababa de empezar.
La estampa siguió copiándose y adaptándose durante siglos. No hizo falta que todos sus usuarios creyeran literalmente en cada placa o en el cuerno adicional: su silueta se había vuelto reconocible. Para representar un rinoceronte, resultaba cómodo recurrir al rinoceronte que el público ya identificaba.
Los nuevos animales llegados a Europa fueron ofreciendo oportunidades para corregirlo. En el siglo XVIII, Clara, una rinoceronta india exhibida por numerosas ciudades, permitió que artistas y espectadores observaran un ejemplar vivo. Jean-Baptiste Oudry la pintó en 1749 a tamaño natural: piel de rinoceronte, sin necesidad de convertirla en una coraza de caballero.
Durero había muerto mucho antes, en 1528, sin conocer a su modelo. Su criatura, en cambio, conservó una vida formidable. El animal real no sobrevivió a un viaje por el Mediterráneo; el de madera y tinta cruzó cinco siglos con un cuerno que nunca había existido.



