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🔬 Ciencia y naturaleza

El reloj del cielo que hizo pensar en extraterrestres y resultó ser un púlsar

Jocelyn Bell encontró una anomalía entre metros de papel. Seguir aquella pista abrió una ventana a los restos de estrellas que concentran más masa que el Sol en el tamaño de una ciudad.

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Registros de pulsos sobre una mesa, antenas al fondo y una representación de una estrella de neutrones con haces de radiación.

En el verano de 1967, Jocelyn Bell tenía ante sí una tarea poco cinematográfica: revisar metros y metros de papel con los registros de un radiotelescopio. Entre los trazos apareció una pequeña maraña que no encajaba. Podía haberla pasado por alto. En un instrumento nuevo, las rarezas y las interferencias tenían muchas papeletas para ser ruido.

Pero aquella estudiante de doctorado de Cambridge volvió sobre la anomalía. Meses después comprobó que escondía pulsos separados por unos 1,337 segundos. Algo en el cielo llevaba el compás con una regularidad desconcertante. Antes de entender qué era, su equipo llegó a plantearse una pregunta incómoda: ¿y si alguien estaba emitiendo?

Un hallazgo entre alambres y rollos de papel

Bell, conocida después como Jocelyn Bell Burnell, trabajaba bajo la dirección del radioastrónomo Antony Hewish. El instrumento se había construido cerca de Cambridge, en el Reino Unido, para estudiar cuásares mediante el centelleo de sus señales de radio: variaciones causadas por el paso de esas ondas a través del viento solar.

No tenía el aspecto de una gran antena parabólica de película. Era una extensa instalación de postes, cables y antenas que ocupaba cerca de dos hectáreas. Bell había participado en su construcción. Antes de interpretar lo que decía el universo, había que levantar el aparato que iba a escucharlo.

Los resultados quedaban impresos en papel continuo. Bell examinaba aquellos registros buscando señales de interés y aprendió a distinguir de un vistazo las irregularidades habituales. Ese conocimiento resultó decisivo: para reconocer algo extraordinario, primero tuvo que familiarizarse con lo aburrido.

La anomalía observada durante el verano reaparecía en una misma región del cielo. No se comportaba como una interferencia terrestre cualquiera. Bell insistió en estudiarla y recurrió a registros con mayor resolución temporal, capaces de mostrar detalles que quedaban apelotonados en las gráficas ordinarias.

El 28 de noviembre de 1967 aparecieron los pulsos claramente separados. Donde antes había un borrón, ahora había una secuencia. La diferencia era enorme: ya no se trataba solo de una señal extraña, sino de una señal con un ritmo que exigía explicación.

Los hombrecillos verdes entran en el laboratorio

Hoy sabemos qué estaba pasando. Ellos, entonces, no. Las fuentes astronómicas conocidas no ofrecían una explicación evidente para aquellos pulsos tan rápidos y regulares. El equipo comprobó posibles interferencias y fallos instrumentales. Una señal sorprendente no se convierte en descubrimiento por recibir un nombre bonito.

Entre las posibilidades consideradas estuvo la de una transmisión artificial de origen extraterrestre. La fuente recibió el apodo informal LGM-1, por Little Green Men: «hombrecillos verdes». Era una broma de laboratorio con una pregunta seria debajo, no el anuncio de que Cambridge hubiera establecido contacto con otra civilización.

La hipótesis extraterrestre fue provisional. Ese detalle importa porque la versión más vistosa de la historia suele comerse a la verdadera. Bell y sus compañeros no confundieron una sospecha con una prueba: estaban intentando averiguar qué podía producir una señal para la que todavía no tenían una explicación satisfactoria.

Hacia finales de diciembre, Bell encontró otra fuente con pulsaciones semejantes en una región distinta del cielo. El universo parecía repetir el truco. La segunda señal debilitó la idea de una transmisión intencionada: resultaba mucho más razonable pensar en una clase de objetos naturales que en varias civilizaciones emitiendo señales parecidas hacia nosotros.

Después llegaron más fuentes. El 24 de febrero de 1968, el equipo publicó el hallazgo en la revista Nature. El primer objeto acabaría siendo conocido como PSR B1919+21. El nombre tenía bastante menos gracia que el de los hombrecillos verdes, pero situaba la señal donde correspondía: en el catálogo de una nueva astronomía.

Un cadáver estelar que hace de faro

La explicación condujo a unos objetos que los físicos llevaban décadas considerando: las estrellas de neutrones. Se forman cuando el núcleo de una estrella masiva colapsa al final de su vida, en un proceso asociado a una explosión de supernova. La materia queda comprimida hasta alcanzar densidades extraordinarias.

Una estrella de neutrones puede concentrar más masa que el Sol en una esfera de unos veinte kilómetros de diámetro. Si pudieras colocarla sobre un mapa, cabría aproximadamente en el espacio que ocupa una ciudad. Pero no sería una ciudad muy pesada: sería una masa estelar apretada hasta una escala que nuestra experiencia cotidiana no sabe manejar.

Además, gira. Al contraerse el núcleo, la conservación del momento angular favorece una rotación más rápida, como ocurre cuando una patinadora recoge los brazos. La comparación tiene un límite evidente: ninguna patinadora termina convertida en una esfera ultradensa con un campo magnético descomunal.

Ese campo magnético interviene en la producción de haces de radiación. Si el eje magnético no coincide con el de rotación, los haces barren el espacio mientras la estrella gira. Cuando uno cruza nuestra línea de visión, recibimos un pulso. Cuando apunta hacia otro lado, dejamos de detectarlo.

El púlsar no se enciende y se apaga como una bombilla: se comporta como un faro. Lo que llega a nuestros instrumentos es el barrido de su emisión. Por eso una señal puede repetirse con tanta precisión sin que haya nadie apretando un botón.

En 1968, Thomas Gold defendió la interpretación de los púlsares como estrellas de neutrones en rotación. Franco Pacini ya había relacionado en 1967 las estrellas de neutrones giratorias y magnetizadas con la energía de las nebulosas. La nueva señal daba a aquellas ideas un objeto real al que agarrarse.

El premio y el nombre que faltaba

El descubrimiento transformó la radioastronomía. Aquellos pulsos permitían estudiar materia en condiciones imposibles de reproducir en un laboratorio y proporcionaban relojes naturales con los que investigar la gravedad. La pequeña irregularidad del papel había abierto una puerta enorme.

En 1974, el Premio Nobel de Física reconoció a Martin Ryle y Antony Hewish por sus trabajos en radioastronomía; en el caso de Hewish, destacó su papel decisivo en el descubrimiento de los púlsares. Bell no compartió el premio. Su ausencia se convirtió en uno de los episodios más discutidos de la historia de los Nobel.

El reconocimiento institucional y el trabajo concreto no siempre quedan alineados. En esta historia, la contribución de Bell está documentada: identificó la señal anómala, siguió su pista y detectó los pulsos que desencadenaron el hallazgo. No fue una visita afortunada al laboratorio, sino atención sostenida sobre datos que podían parecer desechables.

Hay una imagen mejor que la de unos científicos creyendo escuchar extraterrestres: una joven investigadora inclinada sobre una tira de papel, negándose a dar por insignificante un pequeño borrón. Aquel trazo no contenía un saludo de otra civilización. Contenía una estrella muerta que seguía dando vueltas.

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