El disco de las Voyager: de Bach a Chuck Berry, rumbo a las estrellas
Dos sondas llevan una pequeña antología de la Tierra: música, saludos y hasta el ruido de un beso. El reto era elegirla y explicar cómo escucharla sin compartir idioma.
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El 20 de agosto de 1977, la Voyager 2 despegó de Cabo Cañaveral con una aguja de tocadiscos a bordo. Entre los instrumentos destinados a estudiar planetas gigantes viajaba algo que parecía pertenecer al salón de una casa: un disco de 30 centímetros, con música de Bach y Chuck Berry. Su posible oyente no tenía nombre, dirección ni, probablemente, orejas como las nuestras.
El 5 de septiembre despegó la Voyager 1 con otra copia. Las dos sondas llevaban una presentación de la humanidad preparada para durar muchísimo más que sus autores. Pero antes de enviar aquella selección al espacio hubo que resolver dos problemas bastante terrestres: qué canciones merecían representar al planeta y cómo enseñar a poner un disco a alguien que jamás hubiera visto uno.
Un encargo para presentar a todo el planeta
Las Voyager no se construyeron para buscar destinatarios extraterrestres. Su trabajo era estudiar los planetas exteriores. Ambas visitaron Júpiter y Saturno; la Voyager 2 continuó hacia Urano y Neptuno. El disco era un añadido, un mensaje para el caso extraordinariamente improbable de que alguien encontrase las sondas en un futuro remoto.
Había un precedente. Las Pioneer 10 y 11, lanzadas en 1972 y 1973, transportaban placas con dibujos de una pareja humana y referencias para identificar su lugar de origen. Las Voyager podían llevar una presentación mucho más rica. No solo mostraríamos nuestro aspecto: también haríamos ruido.
La NASA encargó la selección a un equipo dirigido por Carl Sagan, astrónomo de la Universidad de Cornell. Participaron, entre otros, Frank Drake, Ann Druyan, Timothy Ferris, Jon Lomberg y Linda Salzman Sagan. Su tarea tenía algo de museo y algo de programa de radio: condensar una civilización entera en un objeto que cabía entre las manos.
El resultado combinó 115 imágenes con sonidos naturales, saludos en 55 idiomas y unos 90 minutos de música. No era una enciclopedia completa, sino una muestra deliberadamente variada. Representar a miles de millones de personas exigía tomar decisiones; ninguna lista de canciones podía librarse de las ausencias.
Una selección sin fronteras de género
La música occidental tenía nombres reconocibles: Bach, Mozart y Beethoven. El disco comienza su selección musical con el primer movimiento del Concierto de Brandeburgo n.º 2 de Bach. Una obra presentada en 1721 al margrave de Brandeburgo terminó, más de dos siglos después, con un destino que ningún mecenas barroco habría podido ofrecer.
Pero aquello no debía convertirse en una sala de conciertos europea enviada por correo cósmico. El repertorio incluyó polifonía de Georgia, percusión de Senegal, cantos aborígenes australianos y flautas de Pan de las islas Salomón. También viajaron el mariachi mexicano de El cascabel y la voz de la cantante india Kesarbai Kerkar.
El etnomusicólogo Alan Lomax aportó recomendaciones para ampliar aquella geografía sonora. La selección mezcló tradiciones orales con composiciones escritas, conjuntos con solistas y piezas de épocas distintas. No buscaba establecer una clasificación de las mejores músicas: intentaba mostrar cuánto podía cambiar una misma actividad humana de un lugar a otro.
Entre las grabaciones elegidas está Flowing Streams, interpretada por Guan Pinghu al guqin, una cítara china de siete cuerdas. En el mismo disco aparece Johnny B. Goode, de Chuck Berry, publicada en 1958. Un instrumento ligado a una tradición de siglos compartía equipaje con una guitarra eléctrica. Las fronteras del catálogo se quedaron en tierra.
El blues que no necesitaba traducción
Una de las elecciones más singulares fue Dark Was the Night, Cold Was the Ground, grabada por Blind Willie Johnson en 1927. Johnson, músico estadounidense de blues y góspel, acompaña su guitarra con una voz que no desarrolla una letra articulada: tararea, gime, prolonga los sonidos. Para un mensaje dirigido a desconocidos absolutos, prescindir de las palabras tenía cierta elegancia.
La pieza contrasta con la energía de Chuck Berry y con la arquitectura musical de Bach. No hace falta atribuir a un extraterrestre nuestras emociones para apreciar la intención de los compiladores: querían enviar maneras distintas de expresarnos. También incluyeron la cavatina del Cuarteto de cuerda n.º 13 de Beethoven, interpretada por el Cuarteto Budapest.
Fuera de la selección musical, la Tierra también tenía mucho que decir. El montaje de sonidos reúne truenos, viento, olas, animales y ruidos de la actividad humana. Se escuchan herramientas, transportes, un latido y un beso. Era una presentación del planeta que no separaba estrictamente naturaleza y cultura: una tormenta y un tren pertenecían al mismo hogar.
Ann Druyan aportó además una grabación de su actividad cerebral, convertida en señales sonoras. El disco no ofrecía un método para reconstruir sus pensamientos. Conservaba un registro de aquella actividad, otra huella humana junto a voces y canciones. El retrato incluía incluso algo que sus propios autores no sabían traducir por completo.
La aguja era parte del mensaje
El llamado disco de oro no es una pieza maciza de ese metal: está hecho de cobre recubierto de oro y protegido por una cubierta de aluminio. Se reproduce a 16⅔ revoluciones por minuto, una velocidad inferior a las habituales de los elepés. Ese giro lento permitía almacenar más contenido en sus surcos.
La aguja y el cartucho incluidos respondían a una necesidad elemental. Encontrar un soporte no equivale a saber leerlo. Los surcos guardan variaciones que una aguja puede seguir y transformar, mediante el sistema de reproducción, en una señal. Los autores enviaron parte del mecanismo para evitar que el regalo fuese una vajilla misteriosa.
La cubierta lleva instrucciones grabadas: muestra dónde colocar la aguja y cómo recorrer el disco desde el exterior hacia el interior. También indica el tiempo de una vuelta mediante una referencia física basada en el átomo de hidrógeno. En lugar de pedir al destinatario que conociera nuestros segundos, recurrieron a un elemento común en el universo.
Las imágenes tampoco son fotografías impresas sobre el disco. Están codificadas como señales, y los diagramas explican cómo reconstruirlas en 512 líneas verticales. Una imagen de calibración con un círculo permite comprobar las proporciones. Si aparece un óvalo, algo va mal: hasta una presentación interestelar necesita instrucciones de ajuste.
Una dirección escrita con estrellas
La cubierta incluye un mapa que sitúa el Sol respecto a 14 púlsares, estrellas de neutrones que emiten pulsos regulares. Sus periodos sirven como referencias identificables. Es una dirección sin calles ni códigos postales, escrita con faros astronómicos.
En 2012, la Voyager 1 cruzó la heliopausa, la frontera donde el viento solar cede ante el medio interestelar. La Voyager 2 lo hizo en 2018. Eso no equivale a haber dejado atrás todos los dominios del sistema solar: la lejana nube de Oort queda mucho más allá. Pero ambas entraron en un entorno nuevo con sus discos intactos como carga.
Nadie preparó una entrega ni acordó una fecha de escucha. Las sondas seguirán viajando aunque sus instrumentos dejen de funcionar. Si algún día alguien consigue reproducir uno de esos discos, entre las pruebas de nuestra existencia encontrará a Chuck Berry cantando sobre un muchacho que tocaba la guitarra. Para entonces, la Tierra podría ser la parte más antigua de la historia; el rock todavía tendría una primera escucha pendiente.



