1816: el verano que no llegó y el nacimiento de Frankenstein
Una erupción en Indonesia alteró el clima a miles de kilómetros. Junto al lago de Ginebra, la lluvia reunió a unos escritores cuyo juego de terror acabaría dejando dos monstruos literarios.
Ahora ya lo sabes5 min de lecturaCon mini-quiz

En junio de 1816, Mary Godwin tenía dieciocho años y unas vacaciones suizas bastante pasadas por agua. Había viajado hasta el lago de Ginebra con el poeta Percy Bysshe Shelley y su hermanastra Claire Clairmont. Cerca se alojaba lord Byron, acompañado por su médico, John William Polidori. Aquel grupo acabaría produciendo más pesadillas que recuerdos de excursiones.
La lluvia los empujaba a pasar horas dentro de casa. Leían historias de apariciones, conversaban sobre ciencia y buscaban entretenimiento. Entonces Byron propuso una competición: cada uno escribiría un relato de fantasmas.
Muy lejos de allí, en una isla de Indonesia, estaba una de las claves de aquel tiempo desastroso. Pero entre un volcán y Frankenstein hay bastante más que una línea recta.
El volcán que se quitó la cumbre
El Tambora se encuentra en Sumbawa, una isla del actual archipiélago indonesio. En abril de 1815 protagonizó una de las mayores erupciones de la historia documentada. La fase más violenta comenzó el día 10: explosiones, flujos de materiales abrasadores y una enorme columna eruptiva devastaron sus alrededores.
La montaña perdió buena parte de su altura. Antes de la erupción rondaba los 4.300 metros; después quedó en unos 2.850. Desapareció aproximadamente un kilómetro y medio de cumbre. En su lugar se abrió una enorme caldera: el paisaje había cambiado de forma, no solo de color.
El desastre mató a decenas de miles de personas, muchas de ellas por el hambre y las enfermedades que siguieron a la destrucción. Los campos quedaron arruinados y las comunidades cercanas perdieron recursos básicos. Antes de convertirse en un episodio climático mundial, el Tambora fue una catástrofe humana local.
Su alcance planetario dependió especialmente del dióxido de azufre que llegó a la estratosfera. Allí se transformó en aerosoles de sulfato, partículas diminutas capaces de dispersar parte de la radiación solar. La ceniza más gruesa caía; aquella neblina química podía permanecer mucho más tiempo y extenderse por grandes regiones.
La Tierra recibió menos energía del Sol y se enfrió. No hizo falta que una nube negra cubriera cada ciudad: bastaba con alterar el balance de energía de la atmósfera. El volcán había tocado el termostato del planeta desde una isla que muchos europeos ni siquiera sabrían localizar.
Junio con nieve, cosechas sin verano
En 1816, el hemisferio norte sufrió anomalías que dieron nombre al «año sin verano». La expresión no significa que desaparecieran todos los días cálidos. Describe una temporada excepcionalmente adversa en regiones de Europa y Norteamérica, con frío, lluvias persistentes y episodios de heladas fuera de época.
En Nueva Inglaterra hubo nevadas en junio. Durante el verano se registraron también heladas que dañaron los cultivos. Para un agricultor, una mañana bajo cero podía deshacer meses de trabajo: el calendario decía una cosa y el campo amanecía diciendo otra.
En distintas zonas europeas, la combinación de bajas temperaturas y exceso de lluvia perjudicó las cosechas. Escasearon alimentos, subieron los precios y hubo hambre y protestas. Europa, además, acababa de salir de las guerras napoleónicas. El mal tiempo encontró sociedades que ya llevaban años soportando golpes.
El Tambora fue un factor decisivo, pero no fabricó por sí solo cada tormenta de 1816. El clima tiene su propia variabilidad y había habido otras erupciones recientes. Lo importante es la escala: una perturbación atmosférica podía conectar una montaña indonesia con un granero europeo sin que sus habitantes conocieran el mecanismo.
En Suiza, el tiempo también trastocó los planes del pequeño círculo literario. Las excursiones competían con los aguaceros y las veladas ganaban terreno. Para ellos, aquel encierro resultó fértil; para quienes dependían de la siguiente cosecha, no tenía nada de romántico.
Una casa junto al lago y un concurso de pesadillas
Byron se alojaba en Villa Diodati, en Cologny, junto al lago de Ginebra. Mary, Percy y Claire vivían cerca, en otra casa. La distinción importa: la futura autora no residía en la célebre villa, aunque participaba en las reuniones que la convertirían en un lugar de peregrinación literaria.
Entre sus lecturas estaba Fantasmagoriana, una colección de relatos alemanes de fantasmas traducidos al francés. Aquellas historias proporcionaron combustible para el desafío de Byron. El plan parecía sencillo: inventar algo que diera miedo. Cumplirlo era otro asunto.
Mary no encontró enseguida su argumento. En el relato que publicó años después sobre el origen de la novela recordó la frustración de intentar dar con una idea. El monstruo no apareció obedientemente al recibir la orden. También las criaturas literarias se hacen esperar.
Las conversaciones del grupo incluían cuestiones sobre la naturaleza de la vida y la posibilidad de devolverla a un cuerpo. Era un asunto con una base científica reconocible para aquellos lectores: los experimentos eléctricos llevaban décadas mostrando movimientos musculares en tejidos animales.
Del reto salió más de una descendencia. Polidori escribió El vampiro, publicado en 1819 y atribuido inicialmente a Byron. Su aristócrata seductor y peligroso ayudó a configurar el vampiro moderno. Aquellas reuniones no se limitaron a fabricar un monstruo: también contribuyeron a vestir otro con modales de salón.
La criatura necesitaba algo más que una tormenta
La imagen más célebre llegó a través de Mary: un joven estudiante arrodillado junto a la criatura que había ensamblado, horrorizado cuando esta daba señales de vida. Según contó en el prólogo de 1831, la visión surgió durante un estado entre el sueño y la vigilia. Allí encontró el núcleo de su historia.
Ese testimonio se escribió quince años después de la estancia suiza. No permite fijar con seguridad una única noche en la que todo naciera de golpe. La lluvia favoreció las reuniones; las reuniones favorecieron el reto; la novela exigió después meses de trabajo. La escena fundacional no fue el libro terminado.
Mary llevaba además su propia biblioteca a cuestas. Era hija de la pensadora Mary Wollstonecraft y del filósofo y novelista William Godwin. Había crecido entre libros e ideas sobre educación, libertad y responsabilidad. Su madre había muerto poco después de su nacimiento; en 1815, Mary también había perdido una hija recién nacida.
En su diario de aquel año anotó un sueño en el que la pequeña revivía al recibir calor. Esa experiencia no explica por sí sola Frankenstein, pero revela que la pérdida y el deseo de recuperar una vida ya estaban presentes antes del viaje a Suiza.
También estaba el galvanismo. Los trabajos de Luigi Galvani habían mostrado cómo la electricidad provocaba contracciones musculares; Giovanni Aldini realizó demostraciones con cuerpos de animales y de personas ejecutadas. Mover un músculo no era resucitar a nadie, pero la frontera entre mecanismo y vida ofrecía un material formidable para la ficción.
Frankenstein o el moderno Prometeo apareció en 1818, sin el nombre de su autora. Su pregunta iba más allá de cómo fabricar vida: ¿qué debe un creador a aquello que ha creado? Mientras Víctor Frankenstein huía de su responsabilidad, el lector quedaba encerrado con ella. El verano regresó. La criatura, en cambio, ya no se marchó.



