Theremín: música entre dos antenas y una vida de película
Lev Termén convirtió un efecto eléctrico en un instrumento sin teclas ni cuerdas. Sus antenas conquistaron a virtuosos y compositores de cine, mientras su creador acababa trabajando para el espionaje soviético.
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La mano derecha se acerca a una antena vertical y el sonido trepa hacia el agudo. La izquierda baja hacia otra antena, doblada como un lazo, y la nota se apaga. El músico no ha pulsado una tecla, frotado una cuerda ni soplado por ninguna boquilla. Está tocando el espacio que rodea una caja.
Eso es un theremín: uno de los primeros instrumentos electrónicos y uno de los pocos que se interpretan sin contacto físico. Visto desde una butaca, su intérprete parece dirigir una orquesta invisible. La diferencia es que aquí un gesto impreciso no despista a los violinistas: desafina directamente.
Dos antenas y un truco que no es magia
En la disposición clásica, las dos antenas tienen trabajos distintos. La vertical controla la altura del sonido, es decir, si la nota es grave o aguda; la antena en forma de lazo controla el volumen. Al acercar la mano a la primera, el sonido se vuelve más agudo. Al acercarla a la segunda, disminuye el volumen hasta llegar al silencio.
El instrumento no ve las manos ni mide el viento que producen. Aprovecha que el cuerpo humano conduce la electricidad y modifica la capacitancia del sistema: su capacidad para almacenar carga eléctrica. La mano y la antena se comportan como partes de un pequeño condensador cuya configuración cambia con la distancia.
Para generar la nota, el theremín clásico combina dos oscilaciones eléctricas de alta frecuencia. Una permanece fija y la otra cambia con la proximidad de la mano. Al mezclarlas se obtiene una señal cuya frecuencia es la diferencia entre ambas, ya dentro del rango audible. Es la técnica llamada heterodinación, también utilizada en radio.
El resultado es un tono que puede deslizarse sin escalones entre notas. No hay trastes ni teclas que indiquen dónde está un do. El músico debe encontrarlo con el oído y repetirlo con el cuerpo. Un ligero balanceo puede alterar la afinación: aquí, incluso estar quieto forma parte de tocar.
De Petrogrado al salón de Lenin
El inventor fue Lev Serguéievich Termén, conocido internacionalmente como Léon Theremin. En 1920 trabajaba en Petrogrado, la actual San Petersburgo, en el entorno del Instituto Físico-Técnico dirigido por Abram Ioffe. Sus investigaciones con circuitos y mediciones eléctricas desembocaron en aquel aparato capaz de cantar cuando alguien se acercaba.
Termén tenía formación musical y tocaba el violonchelo. Esa combinación importaba: donde otro investigador habría oído una interferencia molesta, él reconoció una posibilidad instrumental. Su invento recibió inicialmente el nombre de eterófono, antes de quedar asociado al apellido de su creador.
En 1922 se lo presentó a Lenin. El dirigente soviético no se limitó a contemplar la demostración: recibió indicaciones para tocarlo. El instrumento encajaba en la imagen de una sociedad que quería exhibir su dominio de la electricidad y de la tecnología. Una caja que producía música sin tocarla era un escaparate difícil de superar.
Tras mostrarlo por Europa, Termén llegó a Estados Unidos en 1927. Patentó allí el instrumento en 1928 y RCA empezó a comercializarlo en 1929. Parecía una invitación a llevar el futuro al salón de casa, pero había una pega bastante terrenal: producir un sonido era fácil; tocar una melodía afinada, muchísimo menos. La Gran Depresión tampoco ayudó a convertirlo en un electrodoméstico musical de masas.
Clara Rockmore: ponerle afinación al aire
Si Termén construyó el instrumento, Clara Rockmore demostró hasta dónde podía llegar. Nacida en Vilna en 1911, había sido una niña prodigio del violín. Los problemas físicos que dificultaron su carrera violinística la llevaron hacia un instrumento que no exigía apretar cuerdas contra un mástil.
Rockmore desarrolló una técnica de posiciones y movimientos de los dedos para controlar los intervalos con precisión. No consistía en agitar los brazos a ver qué pasaba. Sus gestos eran pequeños y calculados, una especie de digitación sin diapasón. También colaboró con Termén en mejoras del instrumento.
En sus manos, el theremín podía interpretar repertorio clásico con fraseo, vibrato y una afinación cuidadosamente trabajada. Su sonido recordaba por momentos a una voz o a un instrumento de cuerda, aunque no fuera exactamente ninguna de esas cosas. Dejaba de ser una curiosidad de laboratorio para convertirse en una herramienta expresiva.
Ahí está la dificultad que las demostraciones más teatrales suelen ocultar. El theremín permite pasar de una nota a otra sin interrupción, pero también obliga a decidir cómo recorrer ese camino. La mano del volumen articula las frases y puede silenciar los desplazamientos. Sin ese control, una melodía corre el riesgo de sonar como una sirena buscando aparcamiento.
El inventor que también fabricó oídos secretos
La vida de Termén tomó un giro mucho más oscuro que su música. Regresó a la Unión Soviética en 1938 y fue detenido en 1939. Después acabó trabajando en una sharashka, uno de los laboratorios del sistema penitenciario soviético donde científicos e ingenieros presos desarrollaban tecnología para el Estado.
Entre sus trabajos estuvo un dispositivo de escucha extraordinario: un micrófono pasivo que no necesitaba una batería propia. Se activaba mediante una señal de radio enviada desde el exterior. Era un parentesco tecnológico sugerente: la misma carrera que había convertido movimientos en música terminaba convirtiendo conversaciones en información secreta.
En 1945, un ejemplar quedó escondido en una talla de madera del Gran Sello de Estados Unidos, entregada como regalo al embajador estadounidense Averell Harriman. El objeto acabó colgado en la residencia del embajador en Moscú. El dispositivo permaneció allí hasta que fue localizado en 1952: unos siete años de decoración con doble función.
Conocido como The Thing, aquel aparato figura entre las creaciones más célebres de Termén. No era un theremín disfrazado, sino otro invento basado en su dominio de la electrónica. Su biografía reúne así dos usos casi opuestos del sonido: uno para llenar una sala de música y otro para escucharla sin permiso.
Cuando Hollywood oyó algo que no era de este mundo
El cine encontró en el theremín una voz difícil de situar. En 1945, Miklós Rózsa lo incorporó a las bandas sonoras de Recuerda, de Alfred Hitchcock, y Días sin huella, de Billy Wilder. Servía para evocar perturbaciones psicológicas: aquel sonido continuo parecía escapar de las reglas habituales de la orquesta.
En 1951, Bernard Herrmann lo utilizó en Ultimátum a la Tierra. Su asociación con lo extraterrestre quedó reforzada. El instrumento no había nacido para anunciar platillos volantes, pero su timbre ofrecía una solución estupenda cuando una película necesitaba que el público oyera algo ajeno a la experiencia cotidiana.
Hay una confusión famosa: el sonido de Good Vibrations, de los Beach Boys, publicado en 1966, no procede de un theremín tradicional. Lo produjo Paul Tanner con un electrotheremin, un instrumento distinto que permitía controlar la altura mediante un mecanismo deslizante. Sonaba emparentado, pero no se tocaba moviendo las manos entre dos antenas.
El theremín auténtico conserva esa extrañeza visual que ninguna grabación puede transmitir por completo. Al terminar una frase, el intérprete acerca la mano al lazo y la sala queda en silencio. No ha soltado una cuerda ni cerrado una tapa. Ha apagado una nota poniendo la palma sobre un pedazo de aire.



