🏛️ Historia · 🤔 ¿Por qué…?
¿Por qué los romanos recogían orina para lavar la ropa?
Lo que hoy tirarías por el desagüe alimentaba un negocio de limpieza. En los talleres romanos, la química y el trabajo de los pies conseguían sacar la suciedad de los tejidos.
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En Pompeya, el edificio conocido como la fullonica de Estéfano tenía algo bastante menos relajante que un baño: instalaciones para trabajar y limpiar tejidos. Era una fullonica, un taller de bataneros, y quedó sepultada por la erupción del Vesubio del año 79. Sus pilas permiten acercarse a un oficio cuyo arsenal incluía un ingrediente que hoy cuesta asociar con una colada limpia: la orina.
La recogían porque, al envejecer, generaba compuestos amoniacales que ayudaban a desprender grasa y suciedad. No buscaban perfumar las túnicas, precisamente. Aprovechaban una transformación química barata, mucho antes de saber explicar qué hacían las bacterias.
El ingrediente necesitaba ponerse viejo
La orina recién expulsada contiene urea, un compuesto con el que el organismo elimina nitrógeno. Cuando se almacena, la actividad de microorganismos puede descomponer esa urea y producir amoniaco. El líquido se vuelve alcalino: ahí estaba buena parte de su utilidad para los bataneros.
Ese medio alcalino favorecía la eliminación de suciedad grasa, tanto en prendas usadas como en tejidos que aún estaban pasando por su acabado. La lana, por ejemplo, podía conservar grasa natural y residuos de su elaboración. Limpiar telas no era solo quitarle a una túnica las consecuencias de una cena movida.
La orina se recogía en recipientes y podía obtenerse de lugares de uso público. Después se almacenaba y se destinaba al trabajo del taller. El residuo de una persona se convertía en materia prima para otra, con una ventaja económica evidente: la ciudad lo producía a diario.
Eso no significa que cada romano llevara su ropa a un baño de orina pura. Los procedimientos incluían agua y otros materiales, como las tierras empleadas para absorber grasa. La limpieza era una sucesión de operaciones, no un único ingrediente milagroso.
La lavadora funcionaba con piernas
Los trabajadores de estos establecimientos eran los fullones. Sus talleres atendían tanto la limpieza de prendas como ciertas tareas de acabado de los tejidos. En ciudades como Pompeya se han conservado instalaciones y pinturas que ayudan a reconstruir cómo trabajaban.
Una de las operaciones más características consistía en pisar y amasar las telas dentro de pequeñas pilas con líquido limpiador. El trabajador podía apoyarse en los muretes que lo rodeaban mientras movía los pies. El esfuerzo mecánico ayudaba a que el líquido penetrara entre las fibras y la suciedad se desprendiera.
Era una especie de lavadora humana, aunque sin centrifugado y con una jornada laboral bastante más cansada. La química hacía una parte del trabajo; las piernas, otra. Una tela abandonada en un recipiente no salía limpia por arte de magia.
Después venía el aclarado, fundamental para retirar los productos empleados y la suciedad que habían soltado. Los talleres disponían de instalaciones para lavar y enjuagar, y el acabado podía incluir cepillado y otros tratamientos. Para blanquear determinados tejidos también se empleaban los gases producidos al quemar azufre, que contienen dióxido de azufre.
Vespasiano olió una oportunidad fiscal
El uso de la orina en estos oficios no fue una ocurrencia del emperador Vespasiano, que gobernó entre los años 69 y 79. Su papel en esta historia fue tributario: gravó el aprovechamiento de la orina recogida en instalaciones públicas. Una cosa era el trabajo cotidiano del batanero y otra, la caja del Estado.
El escritor romano Suetonio cuenta que Tito reprochó a su padre aquel impuesto. Vespasiano le acercó a la nariz dinero procedente de esa recaudación y le preguntó si le molestaba el olor. Cuando Tito respondió que no, el emperador le recordó de dónde salía.
Es una anécdota transmitida por una fuente antigua, no una conversación que podamos escuchar palabra por palabra. A ella quedó asociada la expresión latina pecunia non olet: el dinero no huele.
Para el batanero, el valor estaba en lo que aquel líquido hacía con la grasa. Para el emperador, en lo que podía aportar al tesoro. Entre ambos consiguieron que un mismo desecho acabara convertido en una túnica limpia y una moneda sin olor.



