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Mito o realidad: los murciélagos son ciegos
Volar a oscuras no exige renunciar a la vista. Estos mamíferos combinan sentidos de formas distintas, y algunos encuentran su comida sin recurrir al sonar.
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Veredicto
Mito
A finales del siglo XVIII, el naturalista italiano Lazzaro Spallanzani comprobó que unos murciélagos privados de visión seguían esquivando obstáculos. Aquello parecía un truco imposible. Pero el veredicto es claro: es un mito que los murciélagos sean ciegos. Tienen ojos funcionales; lo extraordinario es que muchos pueden orientarse incluso sin utilizarlos.
El experimento que dejó la vista en segundo plano
Spallanzani investigaba cómo conseguían estos animales volar en la oscuridad. En sus experimentos de la década de 1790, comprobó que la falta de visión no impedía que evitaran obstáculos. Eran pruebas duras, con procedimientos que hoy resultarían inaceptables, pero plantearon una pregunta enorme: ¿qué sentido estaba haciendo el trabajo?
El naturalista suizo Louis Jurine aportó una pista decisiva: cuando se les taponaban los oídos, los murciélagos perdían esa capacidad de orientarse. La explicación apuntaba al oído, aunque todavía faltaba entender qué escuchaban. El ser humano no oía las señales que ellos emitían.
Hubo que esperar al siglo XX y a instrumentos capaces de detectar ultrasonidos. En 1938, Donald Griffin y el físico George Washington Pierce registraron esas emisiones. Después, Griffin y Robert Galambos realizaron experimentos que ayudaron a establecer cómo las utilizaban los murciélagos para orientarse.
La creencia popular mezcla dos observaciones ciertas: muchos murciélagos salen de noche y pueden moverse sin depender de la vista. El salto equivocado consiste en convertir «no necesitan ver para esquivar esto» en «no pueden ver». Sería como concluir que eres sordo porque puedes leer una carta sin escucharla.
Ecolocalización: escuchar el rebote del mundo
La ecolocalización consiste en emitir sonidos y analizar los ecos que regresan. Un murciélago envía una señal; esa señal rebota en una polilla, una rama o una pared, y vuelve a sus oídos. El tiempo que tarda en regresar proporciona información sobre la distancia.
Pero no se trata solo de localizar un bulto. Las características del eco también aportan información sobre el movimiento y otras propiedades del objetivo. Para un cazador de insectos, eso permite distinguir y perseguir una presa en pleno vuelo. Su cena no suele quedarse quieta esperando el tenedor.
Muchas especies emplean sonidos ultrasónicos, demasiado agudos para el oído humano. Mientras tú percibes una noche aparentemente silenciosa, puede estar desarrollándose un intenso intercambio de señales y rebotes. Griffin acuñó el término «ecolocalización» en 1944.
La mayoría de los murciélagos que utilizan este sistema producen las señales en la laringe. Sin embargo, el murciélago frugívoro egipcio, Rousettus aegyptiacus, tiene otra solución: genera chasquidos con la lengua. También ve. Su caso desmonta de golpe la falsa elección entre ojos y ecos: puede contar con ambos.
Ojos pequeños, una idea demasiado grande
Los murciélagos pertenecen al orden Chiroptera, un nombre de origen griego que alude a sus «manos aladas». Dentro de ese grupo, las capacidades visuales varían entre especies. Tener ojos pequeños no equivale a tener ojos inútiles, igual que una cámara diminuta puede captar imágenes.
En muchas especies nocturnas, la visión está adaptada a condiciones de poca luz. Puede servir para reconocer el entorno y orientarse a mayor escala, mientras los ecos aportan información cercana durante el vuelo. No son sistemas rivales: cada uno ofrece información que el otro puede complementar.
Los zorros voladores, grandes murciélagos frugívoros, destacan por sus ojos desarrollados y se orientan principalmente mediante la vista y el olfato. No utilizan el sonar laríngeo característico de muchos cazadores de insectos. Para encontrar fruta, ver el entorno y captar sus olores resulta una combinación muy útil.
Así que, cuando veas un murciélago cruzar bajo una farola, sus ojos no están de adorno. Y si además ecolocaliza, puede estar recibiendo algo que a ti te falta: el eco de una polilla que todavía no has visto.



