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La piedra de Rosetta: tres escrituras y una lengua que volvió a hablar

Un bloque hallado durante una obra militar puso a prueba a los mejores lectores de Europa. La clave no estaba solo en comparar signos: también había que escuchar al copto.

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Ilustración de una estela oscura con tres franjas de signos sobre una mesa de estudio, junto a una lupa y papiros.

En julio de 1799, unos soldados franceses trabajaban en las fortificaciones de un fuerte cerca de Rashid, la ciudad egipcia que los europeos llamaban Rosetta. Entre los materiales apareció un bloque oscuro cubierto de inscripciones. El oficial Pierre-François Bouchard reconoció su interés: aquella piedra no era un cascote cualquiera.

Tenía tres franjas de escritura. Arriba, jeroglíficos; en medio, signos demóticos; abajo, letras griegas. Y el griego todavía podía leerse. Era como encontrar una carta escrita en dos códigos desconocidos con una versión comprensible al pie. La llave parecía estar allí. Lo difícil era averiguar cómo girarla.

Un decreto real disfrazado de cascote

La piedra no había nacido para ayudar a los arqueólogos. Su inscripción recogía un decreto aprobado por sacerdotes reunidos en Menfis en el año 196 a. C., durante el reinado de Ptolomeo V. El texto celebraba los beneficios concedidos por el rey a los templos y establecía honores para él. Propaganda institucional, con impuestos y ceremonias de por medio.

Egipto estaba entonces gobernado por la dinastía ptolemaica, de origen macedonio. El griego tenía un papel destacado en la administración, mientras que el egipcio seguía siendo la lengua de la población y de las tradiciones religiosas. El decreto ordenaba que se grabara en distintas escrituras y se colocara en los templos.

Aquí está el primer detalle que conviene llevarse a la sobremesa: tres escrituras no significan tres lenguas. Los jeroglíficos y el demótico representaban el egipcio; la tercera versión estaba en griego. El demótico era una escritura cursiva utilizada en documentos y otros textos, con signos mucho más abreviados que las figuras monumentales.

El bloque conservado es un fragmento de una estela mayor. La parte jeroglífica está especialmente dañada, así que tampoco ofrecía una tabla completa de equivalencias. Además, las versiones transmitían el mismo decreto, pero no eran copias mecánicas palabra por palabra. Nada de colocar tres columnas y unirlas con flechas.

La piedra también cambió de manos. Tras la derrota francesa en Egipto en 1801, pasó a poder británico y llegó al Museo Británico en 1802. Entretanto, copias de sus inscripciones circulaban entre estudiosos europeos. Para trabajar en el problema no hacía falta tener el bloque delante: el rompecabezas ya viajaba en papel.

Los dibujos que también tenían sonido

Durante siglos, muchos intérpretes habían tratado los jeroglíficos como símbolos cargados de significados misteriosos. Un pájaro debía representar una idea; una serpiente, otra. Esa expectativa desviaba la búsqueda: se intentaba interpretar una alegoría donde también había palabras, sonidos y reglas de escritura.

El sistema era bastante más ingenioso. Algunos signos podían representar palabras; otros, sonidos. También había signos llamados determinativos, que no se pronunciaban y ayudaban a reconocer la clase de significado: una persona, un lugar, una acción. Un mismo repertorio combinaba funciones distintas según el contexto.

Los signos fonéticos podían representar una, dos o tres consonantes. Las vocales, por lo general, no se escribían. Si esperabas un alfabeto como el nuestro, con cada dibujo convertido en una letra, el egipcio te cambiaba las reglas a mitad de la partida.

Una pista especialmente útil eran los cartuchos: marcos ovalados que rodeaban nombres reales. El texto griego mencionaba a Ptolomeo, y en la parte jeroglífica aparecían grupos de signos encerrados en esos óvalos. Los nombres propios ofrecían un punto de apoyo: se podía intentar relacionar sus sonidos con los signos repetidos.

El británico Thomas Young logró avances importantes en la década de 1810. Estudió el demótico, reconoció su relación con los jeroglíficos y asignó valores fonéticos a varios signos del nombre de Ptolomeo. Pero todavía mantenía una limitación decisiva: tendía a considerar que ese empleo fonético estaba ligado sobre todo a nombres extranjeros.

El copto: una voz que no se había apagado

Jean-François Champollion tenía otra herramienta. Nacido en Francia en 1790, se había dedicado desde joven al estudio de lenguas y sentía una particular atracción por el copto. No era una curiosidad lateral: acabaría siendo el puente entre los signos antiguos y una lengua que podía estudiar.

El copto es la última etapa histórica de la lengua egipcia. Se escribe principalmente con letras del alfabeto griego, más algunos signos procedentes del demótico. Aunque había dejado de ser la lengua habitual de la población, seguía vivo en la liturgia de la Iglesia copta y en sus textos.

Eso cambiaba el problema. Champollion no estaba ante una lengua borrada sin descendencia: disponía de una forma posterior de ella, con vocabulario y estructuras que conservaban vínculos con el pasado. Era como intentar leer una inscripción medieval contando con un pariente moderno de su idioma, aunque separado por muchos siglos.

Comparó nombres reales y utilizó también inscripciones de otros monumentos, entre ellas las de un obelisco de Filas, asociado a los nombres de Ptolomeo y Cleopatra. Las coincidencias entre signos permitían comprobar valores sonoros. Cada nombre añadía piezas, pero la gran pregunta seguía pendiente: ¿funcionaría aquello con faraones anteriores a los griegos?

Al estudiar nombres de antiguos reyes egipcios, como Ramsés, Champollion combinó signos fonéticos con el conocimiento del copto. El signo del sol podía relacionarse con la palabra copta para «sol», re. Ya no estaba leyendo únicamente nombres extranjeros adaptados: los sonidos formaban parte del sistema egipcio desde mucho antes.

La llave abrió más de una puerta

El 27 de septiembre de 1822, Champollion presentó sus resultados ante la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de París. Su célebre Carta a Dacier, dirigida al secretario de la institución, exponía el avance. No contenía todavía una traducción universal de cualquier pared egipcia, pero establecía una base decisiva para el desciframiento.

La piedra había proporcionado el punto de comparación; Young había conseguido resultados fundamentales; el copto y el trabajo de Champollion permitieron ampliar la explicación. No fue un acertijo resuelto de un vistazo. Hubo años de ensayos, correspondencias incompletas y comprobaciones con inscripciones que ni siquiera estaban en Rosetta.

La pérdida de la lectura tampoco había sucedido de golpe. En Filas se conserva una inscripción jeroglífica fechada en el año 394 d. C., cuando aquella tradición estaba llegando a su final. Con el declive de los antiguos cultos y de las instituciones que formaban escribas, se perdió el conocimiento necesario para leerla.

Recuperarlo permitió acceder a textos funerarios, relatos, cuentas y declaraciones reales. Los muros dejaron de ser únicamente galerías de figuras. Detrás de cada ave podía haber un sonido; junto a una palabra, un signo silencioso que orientaba al lector.

La ironía está en el contenido de la piedra: no guardaba una revelación secreta, sino un decreto de honores a un monarca. Para devolver la voz a todo un mundo, hizo falta aprender a leer su burocracia.

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