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El telar de Jacquard: tarjetas perforadas para dibujar con hilos

Una cadena de cartones agujereados podía dirigir un dibujo de seda. Charles Babbage vio en aquel mecanismo una idea que llevaría del taller textil al cálculo automático.

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Telar de Jacquard con una cadena de tarjetas perforadas y una tela de seda con motivos vegetales.

El retrato tiene sombras, muebles y un hombre sentado junto a una mesa. Parece un grabado, pero está tejido en seda: los detalles salen del cruce de los hilos, no de la tinta. Lo realizó Michel-Marie Carquillat en Lyon en 1839 y representa a Joseph-Marie Jacquard, cuyo mecanismo había cambiado la manera de fabricar telas con dibujos complejos.

Para producirlo se utilizaron unas 24.000 tarjetas perforadas. Aquella montaña de cartón contenía las instrucciones necesarias para que el telar construyera la imagen. Charles Babbage tuvo un ejemplar del retrato y lo utilizó para mostrar las posibilidades de un sistema que le interesaba muchísimo. Antes de que hubiera pantallas, ya existía una imagen gobernada por agujeros.

Una flor de seda exige muchas decisiones

Para entender el truco, mira de cerca una tela. Hay dos grupos de hilos que se cruzan: los de la urdimbre, colocados longitudinalmente y mantenidos en tensión, y los de la trama, que atraviesan el tejido de lado a lado. Cambiar cuáles pasan por encima y cuáles por debajo permite formar dibujos.

Una tela sencilla repite una secuencia sencilla. Pero una flor con hojas, un arabesco o un retrato exige muchas combinaciones sucesivas. En cada pasada de la trama hay que levantar determinados hilos de la urdimbre y dejar los demás abajo. Un error puede convertirse en una mancha perfectamente visible: la seda tiene poca paciencia con los despistes.

Antes del mecanismo de Jacquard, los telares de tejidos labrados podían necesitar un ayudante que seleccionara y tirara de los cordones correspondientes al dibujo. El tejedor trabajaba abajo; otra persona intervenía en la selección de los hilos. Fabricar motivos elaborados requería coordinación y tiempo.

La gran idea consistió en sacar parte de esas decisiones de las manos del ayudante y fijarlas en un soporte externo. El dibujo dejaba de depender únicamente de recordar qué cordones había que mover: podía quedar codificado en una secuencia de tarjetas. El taller empezaba a tener algo parecido a una biblioteca de instrucciones.

El agujero que daba una orden

Las tarjetas de Jacquard estaban unidas formando una cadena que avanzaba por el mecanismo. Cada tarjeta presentaba una distribución de agujeros y zonas sin perforar. Al llegar a la posición de lectura, entraba en contacto con un conjunto de agujas: donde había un agujero, la aguja podía pasar; donde no lo había, el cartón la desplazaba.

Ese movimiento determinaba qué ganchos quedaban en posición para ser elevados. Los ganchos estaban conectados mediante cordones al sistema que levantaba los hilos de la urdimbre. Así se abría un espacio entre los hilos, por el que pasaba la trama. Después llegaba la siguiente tarjeta y cambiaba la selección.

La cadena describía el dibujo paso a paso. No hacía falta pintar una flor en el telar: había que traducirla a posiciones de hilos y perforar las tarjetas correspondientes. El resultado era una receta material, tan concreta que podías cogerla, ordenarla o guardarla en un almacén.

La comparación con los ceros y unos de la informática resulta tentadora: agujero o ausencia de agujero, una alternativa entre dos estados. Pero aquel telar no era un ordenador. Las tarjetas dirigían una tarea mecánica específica; no convertían la máquina en un aparato capaz de realizar cálculos generales.

Su ventaja era enorme sin necesidad de atribuirle poderes futuros. Conservando la cadena adecuada, el taller podía repetir el mismo motivo. Para producir otro dibujo, cambiaba las tarjetas, dentro de las posibilidades del telar. Era una separación muy fértil: por un lado, la maquinaria; por otro, las instrucciones que indicaban qué debía hacer.

Jacquard no empezó con una hoja en blanco

Joseph-Marie Jacquard nació en Lyon en 1752, en una ciudad profundamente ligada a la seda. Allí, mejorar el tejido no era una curiosidad de sobremesa: afectaba al trabajo y a la producción de numerosos talleres. En 1801 presentó en París un mecanismo que automatizaba la selección de hilos, y continuó perfeccionándolo durante los años siguientes.

Pero los agujeros llevaban décadas intentando mandar sobre los telares. En 1725, Basile Bouchon había utilizado una banda de papel perforado para controlar la selección de hilos. En 1728, Jean-Baptiste Falcon recurrió a tarjetas perforadas enlazadas, una solución más práctica para construir secuencias.

Jacques de Vaucanson también trabajó en la automatización del tejido durante el siglo XVIII. Jacquard aprovechó y mejoró ideas de estos predecesores hasta lograr un mecanismo de gran influencia industrial. Su mérito no fue sacar las tarjetas de la nada, sino hacer que aquel linaje de inventos funcionara con una eficacia que favoreció su adopción.

Además, el mecanismo Jacquard se instalaba sobre el telar para gobernar la selección de los hilos. No era necesario reinventar toda la máquina desde los cimientos. Esa combinación de una técnica textil conocida con un control más flexible ayudó a extenderlo.

La transformación también afectaba al reparto del trabajo. Automatizar la selección reducía la necesidad de la persona encargada de tirar de los cordones. Lo que para un fabricante suponía producir con mayor facilidad podía significar para un trabajador que su destreza dejara de ser necesaria. El cartón no cobraba jornal.

Babbage quiso que los agujeros mandaran sobre números

En la década de 1830, Charles Babbage desarrolló el proyecto de la máquina analítica. Su ambición iba más allá de automatizar un cálculo particular: concibió una máquina mecánica de propósito general, capaz de ejecutar distintas operaciones siguiendo instrucciones. El sistema de Jacquard ofrecía un precedente tangible para suministrarlas.

Babbage proyectó utilizar tarjetas perforadas para indicar operaciones y manejar los números con los que trabajaría la máquina. En lugar de seleccionar hilos, las instrucciones gobernarían el cálculo. Su diseño distinguía un almacén para conservar valores y una unidad de cálculo, conocida como el molino.

En 1843, Ada Lovelace explicó esa conexión en las notas que añadió a su traducción de un texto sobre la máquina analítica. Comparó la elaboración de patrones algebraicos con la de flores y hojas en el telar de Jacquard. La imagen señalaba lo esencial: unas instrucciones podían organizar operaciones sobre números igual que otras organizaban cruces de hilos.

La máquina analítica no llegó a construirse completa en vida de Babbage. Las tarjetas, en cambio, tuvieron una larga trayectoria práctica: Herman Hollerith las empleó para procesar información del censo estadounidense de 1890, y más adelante sirvieron para introducir datos y programas en ordenadores.

El retrato tejido de Jacquard conserva una ironía deliciosa. Miles de tarjetas ordenaron a miles de hilos que dibujaran al hombre asociado con aquel sistema. El cartón había aprendido a dar instrucciones; la seda, a devolverle la cara.

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