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Bustrófedon: cuando las letras daban la vuelta al llegar al margen

En la antigua Grecia, algunas inscripciones se recorrían como un campo arado: una línea de ida y otra de vuelta. Hasta las letras podían mirar hacia el lado contrario.

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Piedra con signos alternados que se transforma en surcos recorridos por un buey con arado.

En Gortina, en la isla de Creta, una pared de piedra guarda unas seiscientas líneas de leyes antiguas. Hablan de herencias, matrimonios, divorcios y esclavitud. Pero, antes de averiguar qué le correspondía a cada cual, tienes que resolver un problema mucho más inmediato: hacia dónde seguir leyendo.

La inscripción, del siglo V a. C., está escrita en bustrófedon. Una línea avanza en una dirección; la siguiente regresa en la contraria. Al llegar al margen, los ojos no vuelven al otro extremo del texto: bajan y cambian de marcha. Es una carretera de doble sentido, pero sin señales de tráfico.

Unas leyes que se leen haciendo eses

El llamado Código de Gortina es uno de los grandes testimonios del derecho griego antiguo. Su texto se distribuye en doce columnas y conserva normas sobre asuntos que podían acabar en una disputa muy seria: quién heredaba, cómo se repartían determinados bienes o qué ocurría cuando se discutía la condición libre o esclava de una persona.

No era un código completo en el sentido de los actuales. Tampoco un tratado para leer cómodamente en casa. Era una inscripción pública: la ley expuesta en piedra, con la autoridad y la resistencia que proporciona un material bastante menos fácil de corregir que una hoja de papel.

Los bloques que conservan el texto quedaron incorporados a un edificio romano posterior, un odeón. Esa reutilización permitió que las palabras sobrevivieran muchos siglos después de que desapareciera el mundo que las había redactado. Una pared podía cambiar de función sin perder lo que llevaba grabado.

En 1884, los trabajos de los arqueólogos Federico Halbherr y Ernst Fabricius dieron a conocer la gran inscripción, de la que ya se habían localizado fragmentos. Para estudiarla no bastaba con reconocer el griego antiguo: había que seguir correctamente el itinerario de cada línea.

La piedra plantea una buena pregunta. Si hoy nos parece tan natural leer de izquierda a derecha, ¿por qué aquellos escribas se tomaron la molestia de alternar? La respuesta empieza por desmontar esa supuesta naturalidad: la dirección de escritura es una convención aprendida, no una orden que venga instalada en los ojos.

El buey que puso nombre al recorrido

Bustrófedon procede del griego y alude al giro del buey. La comparación es muy concreta: un animal tira del arado hasta el extremo del campo, da la vuelta y abre el siguiente surco en sentido contrario. El terreno se trabaja mediante pasadas consecutivas, no regresando siempre al punto de salida.

En una inscripción bustrófedon sucede algo parecido. Si una línea va de izquierda a derecha, la siguiente va de derecha a izquierda. También puede comenzar por la derecha. Lo que define el sistema no es el punto de partida, sino la alternancia.

La imagen agrícola explica el nombre y describe el recorrido. No demuestra que un escriba lo inventara una mañana después de observar a un agricultor. No conocemos a un inventor del bustrófedon ni una escena fundacional con buey, arado y súbita inspiración.

Además, la vuelta podía afectar a los propios signos. Muchas letras aparecían invertidas de una línea a otra, como si estuvieran reflejadas en un espejo. Las formas asimétricas cambiaban de orientación para acompañar el sentido de la escritura; las simétricas, naturalmente, no tenían mucho que girar.

Conviene separar ambas cosas: alternar el recorrido y reflejar las letras. El primer rasgo define el bustrófedon; el segundo aparece en muchas de sus inscripciones. No se trataba simplemente de escribir una línea normal y exigir que el lector la recorriera al revés.

Para ti puede resultar desconcertante porque llevas años practicando otro sistema. Un lector familiarizado con aquella convención sabía qué esperar al llegar al borde. El margen no era el final de una pequeña carrera: era una curva.

Cuando el alfabeto griego aún buscaba su rumbo

El bustrófedon encaja en una etapa en la que la escritura griega todavía no había fijado todas sus costumbres. Los griegos adaptaron el alfabeto fenicio durante el primer milenio a. C.; los primeros testimonios claros del alfabeto griego se sitúan en el siglo VIII a. C.

La adaptación introdujo una innovación decisiva: utilizar signos para representar vocales de manera sistemática. El alfabeto fenicio anotaba fundamentalmente consonantes. Los griegos aprovecharon algunas letras que representaban sonidos innecesarios para su lengua y les dieron una nueva tarea.

Pero adoptar un alfabeto no equivale a recibir un manual único de instrucciones. Durante la época arcaica hubo variantes locales de las letras y diferencias en sus usos. También convivieron inscripciones escritas de derecha a izquierda, otras de izquierda a derecha y otras en bustrófedon.

El fenicio se escribía de derecha a izquierda. Esa orientación aparece en los primeros textos griegos, junto con las otras soluciones. Con el tiempo, la escritura griega de izquierda a derecha se impuso y el recorrido alternante quedó atrás.

Por eso sería engañoso presentar el bustrófedon como la forma de escribir de todos los griegos antiguos. Fue una de las posibilidades empleadas, especialmente visible en inscripciones arcaicas, y tuvo una vida más prolongada en algunos lugares, como demuestra Gortina.

La piedra hace especialmente visibles estas decisiones. Cada letra conserva la orientación que le dio quien la grabó. Donde nosotros vemos un detalle extraño, un especialista puede encontrar pistas sobre la tradición de escritura y el contexto de una inscripción.

Hay algo estupendo en esa variedad: el alfabeto griego no apareció con todo decidido de antemano. Antes de convertirse en una referencia para otras escrituras, sus usuarios también tuvieron que establecer por dónde empezaba una línea y qué ocurría al terminarla.

Una vuelta más: el latín también lo probó

El recorrido alternante no fue exclusivo del griego. En el Foro Romano, el conjunto arqueológico conocido como Lapis Niger, o «piedra negra», conserva bajo su pavimento una inscripción latina arcaica grabada en un cipo, un pequeño monumento de piedra.

Habitualmente se fecha en el siglo VI a. C. Está incompleta y su interpretación presenta dificultades, pero contiene un texto de carácter sagrado y muestra escritura en bustrófedon. El latín, que hoy asociamos con líneas perfectamente alineadas hacia la derecha, también tuvo sus curvas.

No es una simple curiosidad gráfica. Estos ejemplos permiten ver las escrituras antes de que sus convenciones quedaran asentadas. El alfabeto latino se formó a partir de una variante del alfabeto griego a través de los etruscos: las letras viajaban, y con ellas podían viajar las maneras de disponerlas.

Queda la tentación de declarar que el bustrófedon era más práctico porque ahorraba el salto de los ojos hasta el principio de la siguiente línea. El recorrido, efectivamente, continúa desde el mismo extremo. Eso, por sí solo, no demuestra que se leyera más deprisa: reconocer signos invertidos también exige costumbre.

Lo seguro es más sencillo y más sugerente. Hubo lectores para quienes cambiar de dirección no era una extravagancia, sino parte del acto de leer. En Gortina, incluso una disputa por una herencia podía obligarte a seguir el paso de un buey: llegar al borde, girar y continuar por el siguiente surco de piedra.

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